domingo, 17 de mayo de 2026

 

LA LLAVE


En la mesa del bar había tres cafés, dos móviles y una conversación repetida desde hacía años.

—No hay derecho —dijo uno—. Mi hija no puede alquilar nada.

—Mi hijo tampoco —añadió otro—. Le piden nómina, aval, riñón izquierdo y una carta manuscrita prometiendo no respirar demasiado fuerte.

Yo removía el azúcar aunque no le había puesto azúcar al café. Costumbres tontas. Como votar siempre lo mismo y luego sorprenderse de que el paisaje no cambie.

En la televisión del bar hablaban de la crisis de la vivienda. Otra vez. La palabra “crisis” ya no parecía una alarma, sino un mueble viejo del comedor. Estaba allí, molestaba, ocupaba sitio, pero nadie se atrevía a sacarlo porque igual debajo aparecía algo peor: nuestra responsabilidad.

—Esto lo tiene que arreglar alguien —dijo el primero.

Alguien.

Esa palabra es magnífica. Sirve para todo. Para bajar la basura, cuidar a los mayores, reformar la Constitución, limpiar las aceras y solucionar que un joven necesite dos vidas laborales para pagar una entrada de piso.

Entonces pregunté, sin levantar mucho la voz:

—¿Y quién ha gobernado estos años?

Se hizo un silencio pequeño, de esos que no salen en los informativos porque no cotizan.

—Bueno, sí, pero la culpa también es de los fondos, de los bancos, de los ayuntamientos, de las comunidades, del turismo, de los especuladores…

Tenía razón. La culpa era una comunidad de propietarios con demasiados vecinos y nadie quería ser presidente.

Pero sobre la mesa, junto a los cafés, apareció de pronto una papeleta doblada. Nadie supo de dónde salió. Tal vez la había traído el camarero entre la cuenta y los palillos. Tal vez llevaba años allí, debajo del azucarero, esperando que alguien la mirase sin entusiasmo de hincha.

La papeleta no decía “solución”. Decía “delegación”.

Y debajo, en letra pequeña, casi notarial, ponía:

No se admiten reclamaciones si usted renueva el contrato cada cuatro años y luego finge que el casero entró por la ventana.

Nadie dijo nada.

Pagamos los cafés.

Al salir, uno de ellos miró un anuncio pegado en una farola: Se alquila habitación interior. 750 euros. Abstenerse parejas, mascotas y personas con futuro.

—Esto no puede seguir así —murmuró.

Y yo pensé que quizá tenía razón.

Pero también pensé que, a veces, una sociedad no pierde la casa de golpe.

Primero entrega la llave.

«Cuando se tienen veinte años, se pide a la vida algo más.» (En la época en que vivió la autora de la frase, Carmen de Icaza y de León nacida el 17 de mayo de 1899, no se pedía vivienda ni en propiedad ni en alquiler, solo una cama donde caerse dormid@)

Vangelis, hace 4 años que ya no compone canciones. Lástima porque el tema de amor de Blade Runner, en el vídeo, me lleva a un sueño difícil de explicar. 


La pluja no sap mentir

La ciutat plovia com si algú hagués oblidat tancar el cel. Ella em va mirar amb ulls de neó cansat i em va preguntar si estimar també caducava.

No vaig saber què dir. Jo només era un home amb massa records i una gabardina que feia veure que protegia.

Ens vam besar sota un anunci de colònies japoneses. Durant tres segons, els cotxes van callar, els androides van respirar i Déu va perdre el paraigua.

Després ella va marxar.

La pluja, educada, va continuar fingint que no havia vist res.


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