LA
LLAVE
En la mesa del bar había tres
cafés, dos móviles y una conversación repetida desde hacía años.
—No hay derecho —dijo uno—. Mi
hija no puede alquilar nada.
—Mi hijo tampoco —añadió
otro—. Le piden nómina, aval, riñón izquierdo y una carta manuscrita
prometiendo no respirar demasiado fuerte.
Yo removía el azúcar aunque no
le había puesto azúcar al café. Costumbres tontas. Como votar siempre lo mismo
y luego sorprenderse de que el paisaje no cambie.
En la televisión del bar
hablaban de la crisis de la vivienda. Otra vez. La palabra “crisis” ya no
parecía una alarma, sino un mueble viejo del comedor. Estaba allí, molestaba,
ocupaba sitio, pero nadie se atrevía a sacarlo porque igual debajo aparecía algo
peor: nuestra responsabilidad.
—Esto lo tiene que arreglar
alguien —dijo el primero.
Alguien.
Esa palabra es magnífica.
Sirve para todo. Para bajar la basura, cuidar a los mayores, reformar la
Constitución, limpiar las aceras y solucionar que un joven necesite dos vidas
laborales para pagar una entrada de piso.
Entonces pregunté, sin
levantar mucho la voz:
—¿Y quién ha gobernado estos
años?
Se hizo un silencio pequeño,
de esos que no salen en los informativos porque no cotizan.
—Bueno, sí, pero la culpa
también es de los fondos, de los bancos, de los ayuntamientos, de las
comunidades, del turismo, de los especuladores…
Tenía razón. La culpa era una
comunidad de propietarios con demasiados vecinos y nadie quería ser presidente.
Pero sobre la mesa, junto a
los cafés, apareció de pronto una papeleta doblada. Nadie supo de dónde salió.
Tal vez la había traído el camarero entre la cuenta y los palillos. Tal vez
llevaba años allí, debajo del azucarero, esperando que alguien la mirase sin
entusiasmo de hincha.
La papeleta no decía
“solución”. Decía “delegación”.
Y debajo, en letra pequeña,
casi notarial, ponía:
No se admiten reclamaciones si
usted renueva el contrato cada cuatro años y luego finge que el casero entró
por la ventana.
Nadie dijo nada.
Pagamos los cafés.
Al salir, uno de ellos miró un
anuncio pegado en una farola: Se alquila habitación interior. 750 euros.
Abstenerse parejas, mascotas y personas con futuro.
—Esto no puede seguir así
—murmuró.
Y yo pensé que quizá tenía
razón.
Pero también pensé que, a
veces, una sociedad no pierde la casa de golpe.
Primero entrega la llave.
«Cuando se tienen veinte años,
se pide a la vida algo más.» (En la época en que vivió la autora de la frase, Carmen
de Icaza y de León nacida el 17 de mayo de 1899, no se pedía vivienda ni en
propiedad ni en alquiler, solo una cama donde caerse dormid@)
La pluja no sap mentir
La ciutat plovia com si algú
hagués oblidat tancar el cel. Ella em va mirar amb ulls de neó cansat i em va
preguntar si estimar també caducava.
No vaig saber què dir. Jo
només era un home amb massa records i una gabardina que feia veure que
protegia.
Ens vam besar sota un anunci
de colònies japoneses. Durant tres segons, els cotxes van callar, els androides
van respirar i Déu va perdre el paraigua.
Després ella va marxar.
La pluja, educada, va
continuar fingint que no havia vist res.

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