NO
DESEMBARCARÁN LOS SANOS
El folleto decía expedición.
No decía pasillo 3B cerrado
con cinta amarilla. No decía médico con gafas empañadas. No decía señoras
alemanas llorando en silencio frente a una máquina de té. No decía capitán
hablando por megafonía con esa voz de hombre que intenta parecer tranquilo mientras
por dentro está haciendo cuentas con el desastre.
El folleto decía naturaleza
virgen, horizonte limpio, aventura polar, experiencia única.
Y era verdad. Única estaba
siendo.
Álvaro había pagado aquel
viaje como quien paga una absolución. Setenta y un años, dos prótesis, una
pensión razonable, tres hijos que le llamaban los domingos con cariño
administrativo y una viudedad reciente que le había dejado la casa demasiado
ordenada. Su mujer, Clara, siempre quiso hacer un crucero de esos donde la
gente mira el mundo como si fuera suyo durante diez días.
—Cuando me jubilemos —decía
ella.
Lo decía mal a propósito. “Me
jubilemos”. Como si la jubilación fuera una enfermedad matrimonial.
Pero Clara se murió antes. Una
mañana cualquiera. Ni épica ni justa. Se levantó, dejó una taza en el
fregadero, dijo “luego compro pan” y luego no compró nada. Desde entonces,
Álvaro había aprendido que la muerte no avisa porque es muy maleducada o porque
tiene mucho trabajo.
Así que reservó el crucero.
—Hazlo por mamá —le dijo su
hija mayor.
Eso significaba: hazlo para
que no tengamos que verte triste en Nochebuena.
Y allí estaba. En un barco con
nombre extranjero, camarote interior, suplemento individual y una ventana falsa
en la televisión que mostraba un mar perfecto aunque fuera de noche.
El primer día todos caminaron
por cubierta con chaquetas técnicas recién estrenadas. Parecían exploradores
financiados por una tienda de deportes. Se hicieron fotos mirando al horizonte,
sujetando tazas térmicas, señalando aves que no sabían nombrar.
Un señor de Valencia dijo:
—Esto sí que es vida.
Álvaro pensó que la vida, si
era aquello, venía con demasiadas cremalleras.
El tercer día hubo un rumor.
Los rumores en un barco no
corren: rebotan. Salen de un camarote, chocan con un ascensor, bajan a
recepción, suben al comedor y se sientan en todas las mesas antes que la sopa.
Que si uno de la cubierta dos
estaba malo.
Que si eran dos.
Que si habían traído algo de
una excursión.
Que si unas heces de roedor.
Que si un virus raro.
Que si no era grave.
Que si precisamente por eso no
dejaban acercarse a nadie.
En el comedor, la tripulación
seguía sonriendo con esa disciplina que tienen los trabajadores que cobran para
parecer paisaje. Ponían panecillos, retiraban platos, servían agua, decían
“enjoy” mientras los pasajeros miraban las manos de los demás como si cada dedo
pudiera declarar la guerra.
Álvaro se sentó con el
matrimonio de Zaragoza. Él se llamaba Félix y llevaba una gorra con visera
incluso dentro. Ella, Marisa, había comprado cinco excursiones antes de
embarcar y ahora repasaba el programa con cara de notaria traicionada.
—A mí lo que me molesta —dijo
Marisa— es la falta de información.
—A mí lo que me molesta es
morirme —dijo Félix.
—No seas bruto.
—Es que has empezado tú con lo
importante.
Álvaro sonrió. No porque
tuviera gracia, sino porque todavía quedaba una costumbre humana en la mesa.
Aquella tarde hablaron por
megafonía.
La voz del capitán pidió
calma. La calma fue solicitada en inglés, español, francés y alemán, lo cual le
dio a la alarma un aire de congreso internacional. Dijo que había una situación
sanitaria bajo evaluación. Dijo que las autoridades competentes estaban
coordinando los pasos necesarios. Dijo que algunos pasajeros serían atendidos
de forma preventiva. Dijo muchas palabras largas, de esas que se ponen delante
del miedo para que no se vea desnudo.
No dijo “problema”.
No dijo “peligro”.
No dijo “ratas”.
No dijo “Canarias” hasta el
final.
Cuando lo dijo, la cubierta se
quedó rara. Como si alguien hubiera encendido tierra firme a lo lejos.
Canarias.
Hasta ese momento, Canarias
era sol, hoteles, jubilados del norte de Europa caminando con calcetines
blancos, camareros veloces, playas de postal y terrazas donde pedir lo de
siempre con acento de fuera.
Ahora Canarias era otra cosa.
Una puerta.
O una frontera.
O un lugar al que quizá no les
dejarían bajar.
—¿Nos van a evacuar? —preguntó
una mujer a nadie.
Nadie contestó, que es una de
las respuestas favoritas del mundo cuando las cosas se complican.
Álvaro volvió a su camarote.
La pantalla mostraba un mar azul inventado. Apagó la televisión. El cuarto se
quedó sin ventana. Se sentó en la cama y abrió el móvil.
Tenía siete mensajes de sus
hijos.
“Papá, ¿estás bien?”
“Acabamos de ver algo en
internet.”
“Llámame cuando puedas.”
“¿Pero qué crucero es ese?”
Eso le molestó. No el miedo de
ellos. El tono. Esa manera de preguntar como si él, a los setenta y un años, se
hubiera apuntado voluntariamente a una negligencia familiar.
Les escribió: “Estoy bien. No
exageréis.”
Luego borró el mensaje.
Les escribió: “Hay un
protocolo.”
Lo volvió a borrar.
Al final puso: “Estoy en el
barco. Os aviso.”
Era una frase pobre, pero
exacta. En la vida, a veces solo se puede informar de la ubicación del cuerpo.
A las ocho, dejaron una
bandeja frente a la puerta. Sándwich, fruta, una botella de agua y una
chocolatina. La comida tenía el aspecto triste de lo que alguien deja sin
querer tocarte.
Álvaro abrió, recogió la
bandeja y vio al final del pasillo a una camarera joven, con mascarilla,
guantes y una bolsa negra en la mano. La chica parecía filipina o quizá
latinoamericana, pero Álvaro no quiso decidirle la biografía con la ignorancia
puesta. Tenía los ojos cansados. Muy cansados. Ojos de quien había aprendido a
sonreír por turnos.
—Gracias —dijo él.
Ella levantó la mano.
—Please stay inside, sir.
Lo dijo con suavidad. No era
una orden. Era una súplica vestida de uniforme.
Álvaro cerró.
Comió medio sándwich. La
chocolatina entera. Hay decadencias que se afrontan mejor con azúcar.
Después oyó golpes en el
camarote de al lado. Una discusión amortiguada. Una voz masculina exigía hablar
con “alguien responsable”. Como si, en el fondo, todos no estuviéramos siempre
buscando a alguien responsable desde que nacemos.
—¡Yo he pagado por este viaje!
—gritó el vecino en inglés.
Álvaro apoyó la cabeza en la
pared.
Claro que había pagado.
Todos habían pagado.
Habían pagado para que el frío
pareciera limpio, para que el mar pareciera suyo, para poder contar en una cena
que habían estado lejos, muy lejos, allí donde el mundo todavía no tiene
centros comerciales. Habían pagado por una aventura con seguro de cancelación.
Pero el miedo no venía
incluido en letra pequeña. El miedo no aceptaba reclamaciones.
A la mañana siguiente les
permitieron salir por grupos a cubierta. Distancia. Mascarilla. Nada de
aglomeraciones. El barco parecía una residencia de ancianos con vistas al
apocalipsis.
El cielo estaba claro. El mar
tenía esa indiferencia brillante de las cosas que no opinan. A lo lejos, quizá,
había costa. O una nube con vocación de esperanza.
Félix apareció con su gorra.
—Dicen que si no hay más casos
nos dejan seguir.
—¿Seguir adónde? —preguntó
Álvaro.
Félix se encogió de hombros.
—Al programa.
El programa. Esa palabra lo
sostuvo todo durante unos segundos. El programa, como si la vida fuera una
carpeta plastificada. Desayuno a las ocho. Conferencia sobre aves marinas a las
diez. Posible evacuación de contactos estrechos a las doce. Cena temática a las
nueve. Muerte opcional no incluida.
Marisa se acercó por detrás.
—Yo no pienso hacer ninguna
excursión más.
—No te preocupes —dijo Félix—.
Igual no nos dejan hacer ni la digestión.
Álvaro miró el horizonte.
Pensó en Clara. En cómo se habría reído de todo aquello. Ella habría dicho que
tanto pagar por ver naturaleza salvaje y al final lo salvaje era el pasillo de
los camarotes cuando se acababa la información.
—Clara habría pedido otro
folleto —dijo Álvaro sin darse cuenta.
—¿Quién? —preguntó Marisa.
—Mi mujer.
No añadió que estaba muerta.
Hay muertos que no necesitan presentación porque ya ocupan bastante.
Marisa bajó la mirada.
—A mí estos viajes me dan
miedo desde siempre —dijo—. Pero una se apunta porque parece que si no haces
cosas, envejeces más rápido.
Álvaro no respondió.
Eso sí era verdad. La vejez
contemporánea venía con deberes. Viajar. Aprender idiomas. Hacer pilates.
Sonreír en fotos de familia. No molestar. No parecer acabado. Consumir
experiencias antes de que el cuerpo presentara la dimisión definitiva.
Una sirena sonó a lo lejos. No
era del barco. Venía de una embarcación pequeña que se acercaba despacio, con
personal sanitario o técnico o administrativo o todo a la vez. En cubierta, la
gente empezó a grabar con el móvil.
Eso también era moderno:
temblar y documentarlo.
La megafonía pidió que nadie
grabara. Nadie obedeció del todo. Algunos bajaron los móviles un poco, como si
la vergüenza también tuviera modo discreto.
Álvaro vio a la camarera de la
noche anterior. Estaba junto a una puerta, sosteniendo una caja de guantes. La
reconoció por los ojos. Nadie la grababa. Nadie preguntaba si ella estaba bien.
Los pasajeros eran la noticia. La tripulación era el mecanismo.
Se acercó lo justo.
—¿Tú puedes bajar? —preguntó
en español, sabiendo que quizá no le entendería.
Ella tardó un segundo.
—No, señor.
—¿Y tu familia?
La chica miró hacia el mar.
Luego hacia las personas con móviles. Luego otra vez a él.
—Mi familia está lejos.
Álvaro asintió. No se le
ocurrió nada útil. La mayor parte de la compasión humana consiste en asentir
tarde.
—Lo siento —dijo.
Ella hizo un gesto pequeño.
—Todos quieren bajar
—respondió—. Pero no todos tienen casa abajo.
Y se fue.
La frase quedó allí, de pie,
más firme que el barco.
Todos quieren bajar. Pero no
todos tienen casa abajo.
Álvaro pensó en su piso de
Barcelona, con la taza que Clara dejó en el fregadero aquel día y que él lavó
tres veces, como si pudiera borrar el hueco. Pensó en sus hijos escribiendo
mensajes desde sofás seguros. Pensó en el vecino que gritaba porque había
pagado. Pensó en Canarias esperando con mascarilla, formularios y una paciencia
de isla usada a recibir necesidades ajenas.
Aquella noche anunciaron que
evacuarían a unos pocos. Sintomáticos, contactos, personal necesario. El resto
permanecería a bordo hasta nueva valoración.
El vecino volvió a gritar.
Una mujer rezó en alemán.
Alguien preguntó si habría
cena caliente.
Álvaro apagó el móvil. Se
tumbó vestido. Durante un rato escuchó el zumbido del barco, ese corazón
industrial que no duerme nunca. Fuera, el mar seguía moviéndose sin consultar a
nadie.
En la pantalla apagada vio su
reflejo: un hombre viejo en una habitación sin ventana, dentro de un barco que
prometía mundo y ahora solo ofrecía espera.
Entonces entendió que no había
viajado para ver paisajes remotos.
Había viajado para descubrir
una verdad bastante menos turística: que todos queremos aventura hasta que la
aventura llama a la puerta con guantes de látex y nos deja la comida en el
suelo.
A medianoche encendió el móvil
y escribió a sus hijos:
“Estoy bien. No sé cuándo
bajaremos.”
Luego añadió:
“Cuando vuelva, venid a comer
un domingo sin prisa.”
Lo envió.
Después se levantó, abrió
apenas la puerta y dejó la chocolatina de la cena en el pasillo, junto a la
pared, donde la camarera pudiera verla al pasar.
No era heroísmo.
Era solo azúcar.
Pero en aquel barco, aquella
noche, casi todo lo humano cabía en gestos pequeños.
A la mañana siguiente, desde
cubierta, vieron las luces de tierra.
Canarias parecía cerca.
Tan cerca que dolía.
El capitán volvió a hablar.
Pidió calma.
La palabra cruzó el barco como
una sábana demasiado corta.
Y nadie aplaudió.
«Yo no llevaba disfraz: solo
un sombrero de copa; hablaba con todos con normalidad mientras los demás decían
disparates.» (Horace de Vere Cole fue un provocador social con gracia. E ironía
como se transluce en la frase: el más falso de tod@s y el único que “iba de si
mismo”. Nació el 5 de mayo de 1881 y era irlandés)
Ya se que a Adele la felicitamos el año pasado pero tengo debilidad por ella y por lo que dice en sus canciones. Hoy cumple 38 años y seguiré (espero) felicitándola el año que viene.
La trucada que no volia ningú
Vaig dir “hola” i el silenci
va fer aquella ganyota de qui encara et coneix massa. A l’altra banda, ella
respirava com si obrís un calaix ple de fotografies mal guardades.
—Arribes tard —va dir.
—Ja ho sé.
No vaig afegir excuses. Les
excuses, amb els anys, fan olor de moble vell encara que les perfumis.
Ella va riure fluix, sense
alegria.
—Almenys aquesta vegada no has
mentit.
I vam quedar així: dos
desconeguts amb memòria, sostenint un telèfon com qui aguanta una tassa
esquerdada perquè encara escalfa.

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