lunes, 4 de mayo de 2026

        PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (y III)


A los pocos días había firmas. No una multitud épica. En los pueblos la épica suele coincidir con la fiesta mayor o con la apertura de un supermercado. Pero había firmas: vecinos, comerciantes, dos maestros, un guardia jubilado, el farmacéutico, tres mujeres que no se hablaban entre ellas pero firmaron en la misma hoja por fastidiar a la cuarta.

El asunto llegó al pleno.

El salón estaba lleno. Eso ya era raro. Normalmente al pleno iban los concejales, un periodista local y un señor que protestaba por las cacas de perro desde 1997.

Julián defendió la posición municipal.

—No estamos ante un problema de libertad religiosa, sino de gestión responsable de recursos. La prioridad nacional no excluye, solo ordena.

Puri, sentada al fondo, susurró:

—Como los cementerios. Ordenan mucho. Por filas.

El alcalde le lanzó una mirada.

Samira pidió la palabra.

—Mi padre no quiere pasar delante de nadie. Solo quiere que no le cierren la puerta después de cuarenta años aquí.

—No se le cierra la puerta —dijo Julián.

—Está muerto en una sala refrigerada mientras ustedes discuten cómo llamarle a la puerta.

El secretario bajó la vista. El alcalde también. Julián no. Julián era más resistente a la vergüenza; seguramente por entrenamiento.

Entonces habló Tomasa.

Nadie la había invitado, pero a ciertas edades una invitación es solo una opinión ajena.

—Yo no sé de leyes —empezó—. Ni de musulmanes. Ni de Cataluña. Ni de esas prioridades que se inventan los políticos cuando no saben arreglar una acera. Pero sé una cosa: si un hombre ha vivido aquí, ha trabajado aquí, ha saludado aquí, ha pagado aquí y se ha muerto aquí, algo de aquí será. Aunque rece mirando para otro lado.

Se oyó un murmullo.

Tomasa siguió:

—Mi marido era ateo. Pero ateo pesado. De esos que en las bodas decían “yo entro por compromiso, pero no participo”. Pues lo enterraron al lado de la capilla porque era el hueco que quedaba. Y no vino nadie a decir que se rompía España.

Paco, desde la puerta, añadió:

—España aguanta cosas peores.

El alcalde golpeó suavemente la mesa.

—Orden, por favor.

Tomasa levantó el bastón.

—Orden ya tienen ustedes demasiado. Lo que les falta es vergüenza.

El pleno se suspendió diez minutos.

Durante el receso, el alcalde, el secretario y Julián se encerraron en el despacho.

—Esto se nos va —dijo el alcalde.

—Jurídicamente —dijo el secretario—, lo prudente es rehacer el expediente, completar informes reales y no denegar con frases huecas. La sentencia del TSJ de Cataluña no nos obliga automáticamente a conceder una parcela, pero sí deja claro que una negativa floja es mala defensa.

—¿Y políticamente?

—Políticamente, alcalde, enterrar a un vecino no debería ser un suicidio.

Julián insistió:

—Pero nuestros votantes…

El secretario lo cortó.

—Sus votantes también se mueren.

Fue el argumento definitivo. No por profundo. Por electoral.

La nueva resolución salió dos semanas después. No era hermosa. Ninguna resolución municipal lo es, salvo para quien cobra por recurrirla. Pero al menos tenía algo de decencia escondida entre los considerandos.

Se acordaba completar los informes técnicos, estudiar una zona compatible para enterramientos conforme al rito musulmán, abrir audiencia a la familia y valorar expresamente la libertad religiosa. También se eliminó la referencia a la prioridad nacional funeraria.

Julián protestó.

—Es una renuncia ideológica.

Puri, que estaba archivando copias, dijo:

—No. Es una pala haciendo su trabajo.

Finalmente, Yusef fue enterrado.

No hubo invasión. No se hundió el cementerio. No aparecieron grietas en la identidad municipal. Ningún difunto pidió traslado por objeción cultural. El cielo siguió igual de indiferente, que es una de las formas más antiguas de la sabiduría.

Samira permaneció junto a la tumba con las manos quietas. No lloró mucho. A veces, cuando una persona ha tenido que pelear demasiado por lo evidente, el llanto se queda sin presupuesto.

Paco terminó de cubrir la tierra con una delicadeza que no pegaba con sus botas.

—Era buena persona tu padre —dijo.

—¿Lo conocía?

—Me arregló una puerta una vez.

—Era mecánico.

—Ya. Pero aquí todos acabamos arreglando cosas que no son de nuestro ramo.

Puri cerró el registro.

—Sepultura concedida —dijo.

Samira la miró.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Esto debería haber sido más fácil.

—Pero no lo fue.

—Aquí nada lo es. Ni morirse.

Al salir, el alcalde se acercó para hacerse presente sin parecer oportunista. Lo logró a medias, que en política local ya es bastante.

—Villanueva es un pueblo de convivencia —dijo.

Puri murmuró:

—Desde hace veinte minutos.

Paco se agachó a recoger una pala.

—Alcalde, ¿sabe cuál es la verdadera prioridad nacional?

El alcalde temió la respuesta.

—¿Cuál?

—No hacer el ridículo delante de los muertos.

Nadie contestó.

Esa noche, en el cementerio, los cipreses se movieron apenas. Dicen que fue el viento. Puede ser. El viento tiene la ventaja de no levantar acta.

Tomasa, que había ido a dejar flores a su marido, se detuvo ante la tumba nueva de Yusef.

—Bienvenido —dijo—. Aquí se está tranquilo, salvo cuando gobiernan los vivos.

Luego miró la fila de nichos, las lápidas, las cruces, las fechas, los nombres partidos por el tiempo. Todo aquello parecía muy ordenado desde fuera. Pero debajo había gallegos, murcianos, andaluces, catalanes, ateos, beatas, emigrantes, retornados, cornudos, santos de cocina, ladrones pequeños, buenas personas insoportables y algún patriota con dinero en Suiza.

La nación entera, vamos.

Solo que más sincera.

Puri apagó la luz de la caseta y cerró la verja.

Antes de irse, miró la parcela nueva y pensó que la tierra tenía una forma muy sencilla de resolver los debates identitarios: no preguntaba de dónde venía nadie, no exigía certificados de arraigo, no pedía pactos, no salía en rueda de prensa.

Solo esperaba.

Y cuando llegaba alguien, abría sitio.

La prioridad nacional se quedó fuera, pegada a la puerta del cementerio como un cartel mojado.

Dentro, por fin, descansaban todos. No porque los vivos hubieran entendido la igualdad. Sino porque la tierra llevaba siglos practicándola sin necesidad de concejalía.

«El valor del hombre no reside en su saber, sino en su querer.» (Johann Friedrich Herbart nacido el 4 de mayo de 1766 inmortalizó aquello de ‘querer es poder’… aunque no siempre. El añadido es mío)

Como veréis en el vídeo, Dick Dale le daba muy bien a la guitarra eléctrica desde el 4 de mayo de 1937 (un poco más tarde) hasta el 2019 que ya se marchó con la música "yasabéisdónde".


La dona que corria dins la guitarra

Ella va entrar al bar com si l’hagués perseguit el mar. Ningú va preguntar-li el nom; feia massa soroll la guitarra, mossegant les parets, aixecant la pols, posant nerviosos els gots.

Jo servia copes i fracassos amb gel.

—D’on vens? —li vaig dir.

—D’un lloc on els homes confonen amor amb propietat.

Va somriure. Després va ballar sola, ràpida, impossible, com una notícia dolenta ben vestida.

Quan la música va acabar, ja no hi era.

Només quedava sorra damunt la barra. I jo, clar, escombrant el miracle.


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