PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (y III)
A los pocos días había firmas. No una multitud
épica. En los pueblos la épica suele coincidir con la fiesta mayor o con la
apertura de un supermercado. Pero había firmas: vecinos, comerciantes, dos
maestros, un guardia jubilado, el farmacéutico, tres mujeres que no se hablaban
entre ellas pero firmaron en la misma hoja por fastidiar a la cuarta.
El asunto llegó al pleno.
El salón estaba lleno. Eso ya era raro.
Normalmente al pleno iban los concejales, un periodista local y un señor que
protestaba por las cacas de perro desde 1997.
Julián defendió la posición municipal.
—No estamos ante un problema de libertad
religiosa, sino de gestión responsable de recursos. La prioridad nacional no
excluye, solo ordena.
Puri, sentada al fondo, susurró:
—Como los cementerios. Ordenan mucho. Por filas.
El alcalde le lanzó una mirada.
Samira pidió la palabra.
—Mi padre no quiere pasar delante de nadie. Solo
quiere que no le cierren la puerta después de cuarenta años aquí.
—No se le cierra la puerta —dijo Julián.
—Está muerto en una sala refrigerada mientras
ustedes discuten cómo llamarle a la puerta.
El secretario bajó la vista. El alcalde también.
Julián no. Julián era más resistente a la vergüenza; seguramente por
entrenamiento.
Entonces habló Tomasa.
Nadie la había invitado, pero a ciertas edades
una invitación es solo una opinión ajena.
—Yo no sé de leyes —empezó—. Ni de musulmanes. Ni
de Cataluña. Ni de esas prioridades que se inventan los políticos cuando no
saben arreglar una acera. Pero sé una cosa: si un hombre ha vivido aquí, ha
trabajado aquí, ha saludado aquí, ha pagado aquí y se ha muerto aquí, algo de
aquí será. Aunque rece mirando para otro lado.
Se oyó un murmullo.
Tomasa siguió:
—Mi marido era ateo. Pero ateo pesado. De esos
que en las bodas decían “yo entro por compromiso, pero no participo”. Pues lo
enterraron al lado de la capilla porque era el hueco que quedaba. Y no vino
nadie a decir que se rompía España.
Paco, desde la puerta, añadió:
—España aguanta cosas peores.
El alcalde golpeó suavemente la mesa.
—Orden, por favor.
Tomasa levantó el bastón.
—Orden ya tienen ustedes demasiado. Lo que les
falta es vergüenza.
El pleno se suspendió diez minutos.
Durante el receso, el alcalde, el secretario y
Julián se encerraron en el despacho.
—Esto se nos va —dijo el alcalde.
—Jurídicamente —dijo el secretario—, lo prudente
es rehacer el expediente, completar informes reales y no denegar con frases
huecas. La sentencia del TSJ de Cataluña no nos obliga automáticamente a
conceder una parcela, pero sí deja claro que una negativa floja es mala
defensa.
—¿Y políticamente?
—Políticamente, alcalde, enterrar a un vecino no
debería ser un suicidio.
Julián insistió:
—Pero nuestros votantes…
El secretario lo cortó.
—Sus votantes también se mueren.
Fue el argumento definitivo. No por profundo. Por
electoral.
La nueva resolución salió dos semanas después. No
era hermosa. Ninguna resolución municipal lo es, salvo para quien cobra por
recurrirla. Pero al menos tenía algo de decencia escondida entre los
considerandos.
Se acordaba completar los informes técnicos,
estudiar una zona compatible para enterramientos conforme al rito musulmán,
abrir audiencia a la familia y valorar expresamente la libertad religiosa.
También se eliminó la referencia a la prioridad nacional funeraria.
Julián protestó.
—Es una renuncia ideológica.
Puri, que estaba archivando copias, dijo:
—No. Es una pala haciendo su trabajo.
Finalmente, Yusef fue enterrado.
No hubo invasión. No se hundió el cementerio. No
aparecieron grietas en la identidad municipal. Ningún difunto pidió traslado
por objeción cultural. El cielo siguió igual de indiferente, que es una de las
formas más antiguas de la sabiduría.
Samira permaneció junto a la tumba con las manos
quietas. No lloró mucho. A veces, cuando una persona ha tenido que pelear
demasiado por lo evidente, el llanto se queda sin presupuesto.
Paco terminó de cubrir la tierra con una
delicadeza que no pegaba con sus botas.
—Era buena persona tu padre —dijo.
—¿Lo conocía?
—Me arregló una puerta una vez.
—Era mecánico.
—Ya. Pero aquí todos acabamos arreglando cosas
que no son de nuestro ramo.
Puri cerró el registro.
—Sepultura concedida —dijo.
Samira la miró.
—Gracias.
—No me dé las gracias. Esto debería haber sido
más fácil.
—Pero no lo fue.
—Aquí nada lo es. Ni morirse.
Al salir, el alcalde se acercó para hacerse
presente sin parecer oportunista. Lo logró a medias, que en política local ya
es bastante.
—Villanueva es un pueblo de convivencia —dijo.
Puri murmuró:
—Desde hace veinte minutos.
Paco se agachó a recoger una pala.
—Alcalde, ¿sabe cuál es la verdadera prioridad
nacional?
El alcalde temió la respuesta.
—¿Cuál?
—No hacer el ridículo delante de los muertos.
Nadie contestó.
Esa noche, en el cementerio, los cipreses se
movieron apenas. Dicen que fue el viento. Puede ser. El viento tiene la ventaja
de no levantar acta.
Tomasa, que había ido a dejar flores a su marido,
se detuvo ante la tumba nueva de Yusef.
—Bienvenido —dijo—. Aquí se está tranquilo, salvo
cuando gobiernan los vivos.
Luego miró la fila de nichos, las lápidas, las
cruces, las fechas, los nombres partidos por el tiempo. Todo aquello parecía
muy ordenado desde fuera. Pero debajo había gallegos, murcianos, andaluces,
catalanes, ateos, beatas, emigrantes, retornados, cornudos, santos de cocina,
ladrones pequeños, buenas personas insoportables y algún patriota con dinero en
Suiza.
La nación entera, vamos.
Solo que más sincera.
Puri apagó la luz de la caseta y cerró la verja.
Antes de irse, miró la parcela nueva y pensó que
la tierra tenía una forma muy sencilla de resolver los debates identitarios: no
preguntaba de dónde venía nadie, no exigía certificados de arraigo, no pedía
pactos, no salía en rueda de prensa.
Solo esperaba.
Y cuando llegaba alguien, abría sitio.
La prioridad nacional se quedó fuera, pegada a la
puerta del cementerio como un cartel mojado.
Dentro, por fin, descansaban todos. No porque los
vivos hubieran entendido la igualdad. Sino porque la tierra llevaba siglos
practicándola sin necesidad de concejalía.
«El valor del hombre no reside
en su saber, sino en su querer.» (Johann Friedrich Herbart nacido el 4 de mayo
de 1766 inmortalizó aquello de ‘querer es poder’… aunque no siempre. El añadido
es mío)
Como veréis en el vídeo, Dick Dale le daba muy bien a la guitarra eléctrica desde el 4 de mayo de 1937 (un poco más tarde) hasta el 2019 que ya se marchó con la música "yasabéisdónde".
La dona que corria dins la
guitarra
Ella va entrar al bar com si
l’hagués perseguit el mar. Ningú va preguntar-li el nom; feia massa soroll la
guitarra, mossegant les parets, aixecant la pols, posant nerviosos els gots.
Jo servia copes i fracassos
amb gel.
—D’on vens? —li vaig dir.
—D’un lloc on els homes
confonen amor amb propietat.
Va somriure. Després va ballar
sola, ràpida, impossible, com una notícia dolenta ben vestida.
Quan la música va acabar, ja
no hi era.
Només quedava sorra damunt la
barra. I jo, clar, escombrant el miracle.

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