CAPRICHOS
Estoy de mal
humor.
No ha ocurrido
ninguna tragedia. Nadie ha muerto, no me han embargado la casa y, que yo sepa,
mi vida continúa instalada en esa confortable «situación privilegiada» que
algunos utilizan para explicarme cómo debo sentirme.
—Lo tuyo es un
capricho —me han dicho.
Al parecer,
quienes disfrutamos de cierta estabilidad tenemos la obligación moral de
levantarnos cada mañana con una sonrisa beatífica, dar gracias al universo y
soportar las estupideces ajenas con la serenidad de un monje tibetano bien
alimentado.
¡Hay que
joderse!
Ahora resulta
que mi posición social no solo determina lo que puedo comprar, sino también las
emociones que tengo permitidas. Puedo pagar una cena, pero no enfadarme si me
sirven la insensatez en el primer plato y la impertinencia de postre. Tengo
derecho a una vivienda, a vacaciones y quizá hasta a un plan de pensiones, pero
no a un cabreo decente cuando alguno de mis congéneres me patea la paciencia y
después me explica que no debería dolerme porque hay gente mucho peor.
Como sigamos
así, acabarán creando un impuesto sobre los sentimientos. Quien supere cierto
nivel de renta deberá presentar una declaración complementaria cada vez que se
irrite. La tristeza tributará como lujo. La indignación llevará recargo. Y para
tener una mala tarde habrá que acreditar previamente una desgracia homologada
por la Administración.
Mientras
tanto, los desheredados de la tierra —que, por lo visto, son todos los que me
rodean— conservarán la exclusiva de la queja, la irritación, la bondad, la
pureza, la ingenuidad y, por supuesto, la verdad absoluta. Ellos no tienen mal
humor: tienen conciencia social. No sufren berrinches: padecen legítimas
indignaciones. Sus caprichos, al contrario que los míos, siempre vienen con
certificado de pobreza.
Debe de ser
otro privilegio.
El de poder
juzgar la vida de los demás sin haberla vivido.
«Multitudes de individuos buscan a un profeta, pero casi
siempre encuentran a un Führer» (La frase que es exactamente lo que sucede
cuando se ponen “prietas las filas” en determinados congresos de los partidos
políticos, es de Slawomir Mrozek nacido el 29 de junio de 1930. Su carácter lo
define otra de sus célebres frases: “El mundo me estorba para vivir”)
Ian Paice, baterista británico, de la banda Deep Purple le metía decibelios a much@s que conducían por la autopista y seguían su ritmo. El debe ser prudente porque hoy cumple 78 años.
L’últim revolt
En Pau conduïa
com si la carretera li degués una explicació. El motor rugia, els fars
esquinçaven la nit i cada revolt deixava enrere una promesa incomplerta.
A l’última
recta va veure una dona fent autoestop. Va frenar. Ella va pujar sense dir res.
—On vas?
—Al mateix
lloc que tu.
Pau va riure i
va accelerar.
Quan va mirar
pel retrovisor, el seient era buit. Al davant, un cartell anunciava:
Pau Riera,
1964-2026. Descansa en pau.
Per primera
vegada, va aixecar el peu de l’accelerador.

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