martes, 2 de junio de 2026

 

EL ÚLTIMO CALMANTE


A mi padre, en los últimos días, dejaron de visitarlo los médicos y empezaron a visitarlo los muertos.

No lo digo en plan místico. En la habitación seguían entrando enfermeras con zuecos blandos, auxiliares con cara de final de turno y un oncólogo que hablaba como si cada frase tuviera que pedir permiso. Pero mi padre, que ya casi no podía con su cuerpo, empezó a dormirse de otra manera. Dormía hondo, con una expresión rara de hombre que por fin ha encontrado algo. Y al despertar no preguntaba por la morfina ni por el agua ni por la hora. Preguntaba por su madre.

—Ha estado aquí —decía.

Su madre llevaba cuarenta años muerta.

También habló de un hermano al que perdió de niño, de un perro que tuvo en el pueblo, de una verbena de agosto y de una mujer con vestido azul que yo no conocí, pero que por la forma en que sonreía al nombrarla debió de enseñarle algo importante sobre la vida o sobre el deseo, que a veces es casi lo mismo.

Mi hermana decía que eran alucinaciones. Yo también lo pensé. El cerebro, acorralado por el dolor y por el miedo, haciendo sus fuegos artificiales de despedida. Una descarga final de memoria emocional. El viejo truco neurológico de envolver el espanto con papel de regalo. Nada sobrenatural. Solo química, electricidad y nostalgia trabajando horas extra.

Pero una noche me pidió que le incorporara un poco la almohada. Miró hacia la butaca vacía que había junto a la ventana y me dijo, muy serio, casi ofendido:

—No pongas esa cara. La gente viene a buscar a quien quiere.

Luego se quedó dormido con una paz que no le había visto en meses. Ni siquiera respiraba como un enfermo terminal. Respiraba como un hombre que ya no tenía que defenderse de nada.

Yo me senté a su lado y entendí algo que no me gustó, quizá porque era verdad: cuando la muerte se acerca, el cerebro no se vuelve religioso; se vuelve doméstico. No abre puertas al más allá. Abre cajones. Saca voces, olores, manos antiguas, tardes intactas. Reúne a los nuestros en silencio y nos los pone alrededor de la cama para que el miedo no entre solo.

Mi padre murió dos días después.

Desde entonces, cuando alguien habla del viaje al otro lado, yo asiento por educación.

Pero en el fondo creo otra cosa.

Creo que, al final, no nos salva la fe.

Nos salva la memoria haciendo de anestesia.

«Hay que corregir lo extraño, pero conservar lo espontáneo.» (La frase de Segismundo Moret nacido el 2 de junio de 1833 es magnífica: educar no quiere decir domesticar hasta dejar a todos igual de obedientes y aburridos. Es lo que dijo)

Marvin Hamlisch (2 de junio de 1944 a 2 de agosto de 2012) se pasó toda su vida profesional componiendo y recibiendo premios por ello: los Grammy, Emmy, Tony y Oscar por "Tal como éramos" y "El golpe" (geniales ambas). Con la del vídeo, sorpresivamente, ganó el Pulitzer. 


El pas que faltava

A la prova tots somreien igual, com si la felicitat vingués amb instruccions i mitges brillants. La Marta va oblidar la coreografia al tercer gir. Va quedar-se quieta, sola, mentre la resta picava el terra amb dents de claqué. El director va aixecar una cella.

—Continua.

Ella va fer un pas petit, seu, ridícul i perfecte. No servia per a la línia. Massa humana, potser.

La van descartar.

Aquella nit, davant del mirall, va aplaudir-se sense públic. I va sonar millor.


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