EL
ÚLTIMO CALMANTE
A mi padre, en los últimos
días, dejaron de visitarlo los médicos y empezaron a visitarlo los muertos.
No lo digo en plan místico. En
la habitación seguían entrando enfermeras con zuecos blandos, auxiliares con
cara de final de turno y un oncólogo que hablaba como si cada frase tuviera que
pedir permiso. Pero mi padre, que ya casi no podía con su cuerpo, empezó a
dormirse de otra manera. Dormía hondo, con una expresión rara de hombre que por
fin ha encontrado algo. Y al despertar no preguntaba por la morfina ni por el
agua ni por la hora. Preguntaba por su madre.
—Ha estado aquí —decía.
Su madre llevaba cuarenta años
muerta.
También habló de un hermano al
que perdió de niño, de un perro que tuvo en el pueblo, de una verbena de agosto
y de una mujer con vestido azul que yo no conocí, pero que por la forma en que
sonreía al nombrarla debió de enseñarle algo importante sobre la vida o sobre
el deseo, que a veces es casi lo mismo.
Mi hermana decía que eran
alucinaciones. Yo también lo pensé. El cerebro, acorralado por el dolor y por
el miedo, haciendo sus fuegos artificiales de despedida. Una descarga final de
memoria emocional. El viejo truco neurológico de envolver el espanto con papel
de regalo. Nada sobrenatural. Solo química, electricidad y nostalgia trabajando
horas extra.
Pero una noche me pidió que le
incorporara un poco la almohada. Miró hacia la butaca vacía que había junto a
la ventana y me dijo, muy serio, casi ofendido:
—No pongas esa cara. La gente
viene a buscar a quien quiere.
Luego se quedó dormido con una
paz que no le había visto en meses. Ni siquiera respiraba como un enfermo
terminal. Respiraba como un hombre que ya no tenía que defenderse de nada.
Yo me senté a su lado y
entendí algo que no me gustó, quizá porque era verdad: cuando la muerte se
acerca, el cerebro no se vuelve religioso; se vuelve doméstico. No abre puertas
al más allá. Abre cajones. Saca voces, olores, manos antiguas, tardes intactas.
Reúne a los nuestros en silencio y nos los pone alrededor de la cama para que
el miedo no entre solo.
Mi padre murió dos días
después.
Desde entonces, cuando alguien
habla del viaje al otro lado, yo asiento por educación.
Pero en el fondo creo otra
cosa.
Creo que, al final, no nos
salva la fe.
Nos salva la memoria haciendo
de anestesia.
«Hay que corregir lo extraño,
pero conservar lo espontáneo.» (La frase de Segismundo Moret nacido el 2 de
junio de 1833 es magnífica: educar no quiere decir domesticar hasta dejar a
todos igual de obedientes y aburridos. Es lo que dijo)
El pas que faltava
A la prova tots somreien
igual, com si la felicitat vingués amb instruccions i mitges brillants. La
Marta va oblidar la coreografia al tercer gir. Va quedar-se quieta, sola,
mentre la resta picava el terra amb dents de claqué. El director va aixecar una
cella.
—Continua.
Ella va fer un pas petit, seu,
ridícul i perfecte. No servia per a la línia. Massa humana, potser.
La van descartar.
Aquella nit, davant del
mirall, va aplaudir-se sense públic. I va sonar millor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario