EL
ÚLTIMO CUARTO
El gorro llegó a casa un
martes, en una caja blanca, limpia, casi clínica, como si dentro no viniera un
aparato sino una disculpa.
En la tapa ponía: PIENSA.
NOSOTROS ESCRIBIMOS.
Lo compré por trabajo y por
vanidad, que suelen venir juntos. Llevaba meses diciéndome que perdía demasiado
tiempo tecleando informes, correos, notas, recursos, borradores de artículos
que luego corregía tres veces porque una cosa es escribir y otra muy distinta
parecer que uno sabe lo que piensa. El anuncio prometía comodidad, rapidez, una
nueva forma de productividad. También prometía libertad. Esa palabra. Siempre
la ponen en los inventos que te atan.
El manual decía que bastaba
con ajustarlo a la cabeza, calibrarlo durante unos minutos y dejar que el
sistema aprendiera tu habla interna. “Habla interna”. Me hizo gracia el
eufemismo. Toda la vida llamándolo pensamiento y ahora resultaba que dentro de
nosotros había un locutor técnico, una especie de becario del alma.
Me lo probé esa misma noche,
en el despacho pequeño donde trabajo y me escondo. La pantalla del portátil
permanecía en blanco. El gorro me apretaba un poco las sienes, como una
conciencia bien peinada.
Pensé: esto es ridículo.
Y en la pantalla apareció:
Esto es ridículo.
No tardé ni un segundo en
pensar otra cosa:
Hostia.
Y salió:
Hostia.
La precisión me asustó menos
de lo que debería. Al contrario: me excitó. No sexualmente —aunque con la
tecnología nueva nunca se sabe—, sino de esa forma un poco miserable en que
excita todo lo que nos ahorra esfuerzo. Pensaba y aparecía. Dudaba y aparecía.
Maldije dos veces al programa, tres a mí mismo, y el documento iba creciendo
como crecen algunas discusiones: con una mezcla de verdad, basura y velocidad.
Durante una semana fui feliz.
Redacté informes enteros sin
tocar el teclado. Contesté correos del trabajo en la mitad de tiempo. Esbocé un
relato en el metro mientras una pareja discutía en voz baja y una niña devoraba
galletas como si el mundo fuese a acabarse en la siguiente estación. Incluso
pensé que tal vez aquel gorro me ayudaría por fin a escribir en serio. Sin
excusas. Sin el cansancio de las manos. Sin la coartada del cuerpo.
Mi mujer, Clara, dijo que
parecía contento.
—Es cómodo —le expliqué—.
Pienso y ya está.
—Eso me preocupa un poco —dijo
ella, sirviéndose agua—. Tú pensando ya eres peligroso. Tú pensando con wifi,
más.
Se rió. Yo también. Llevábamos
dieciséis años juntos y habíamos aprendido esa clase de humor matrimonial que
parece una caricia y a veces es una radiografía.
Clara no quiso probárselo.
Dijo que bastante tenía con escuchar lo que decía la gente como para empezar a
leer lo que no se atrevían a decir. Me pareció una frase buena. Estuve a punto
de ponérmela de título para algo. El gorro, por cierto, la registró en el
borrador abierto del portátil porque yo lo estaba llevando en ese momento.
Empezaron los problemas el
jueves siguiente, a las ocho y cuarto de la tarde, mientras preparábamos la
cena.
Yo seguía con el aparato
puesto porque había llegado del despacho con prisa y no me lo quité. Es curioso
lo rápido que uno integra una intromisión cuando le resulta útil. Clara cortaba
calabacín. Yo abría una cerveza. Sonó el móvil de su hermana. Ella puso los
ojos en blanco. Yo pensé, sin querer pensar, una de esas frases pequeñas, feas,
domésticas, que a veces cruzan por la cabeza sin pedir permiso:
Otra vez la pesada de Marta.
Lo dijo el ordenador desde el
comedor, con su voz sintética de secretaria del apocalipsis:
—Otra vez la pesada de Marta.
Clara dejó el cuchillo sobre
la encimera. No hizo teatro. No levantó la voz. Casi preferiría que lo hubiera
hecho.
—¿Perdón?
Yo fui hacia el despacho,
demasiado deprisa, como si la velocidad pudiera corregir la estupidez.
—No era para decirlo.
—Ya veo. Era para pensarlo.
Hay frases que llegan a casa
para quedarse. Esa fue una.
Intenté explicarle que pensar
no es lo mismo que sostener una idea, que la cabeza produce residuos,
exageraciones, impaciencias, crueldades de usar y tirar. Intenté decirle que
uno no es cada cosa que le pasa por dentro, igual que no es cada sueño ni cada
arrebato ni cada miedo absurdo cuando se despierta a las tres de la mañana.
Pero mientras hablaba comprendí algo peor: quizá sí somos también eso. No del
todo. No siempre. Pero también eso.
Clara no se enfadó por su
hermana. Se enfadó por la facilidad con que el aparato había dejado la verdad
en medio de la casa, todavía caliente, como un vaso roto.
A partir de entonces empezó
una vigilancia absurda.
Yo me quitaba el gorro antes
de entrar en la cocina, antes de acostarme, antes de hablar con nadie. Lo
dejaba sobre la mesa del despacho como se deja un arma descargada que sigue
dando miedo. Pero ya era tarde. El daño no lo había hecho la frase sobre Marta.
El daño consistía en que, desde aquella tarde, los dos supimos que mi cabeza
podía abrirse por error.
Y cuando supimos eso, todo
cambió de tamaño.
Porque luego pensé, viendo a
Clara dormida en el sofá, con la boca apenas abierta y un brazo colgando, que
estaba preciosa así, vencida, real, sin pose. Pensé también que yo no la
merecía. Y que a veces me cansaba nuestra vida. Y que otras veces me salvaba.
Pensé que la quería. Pensé que hubo días en que no. Pensé que me daba miedo
envejecer a su lado y más miedo aún no hacerlo. Pensé demasiadas cosas
verdaderas, incompatibles, sucias o limpias, y comprendí que ningún matrimonio
resiste una transcripción completa del pensamiento. Tampoco ninguna amistad. Ni
una familia. Ni una democracia, seguramente.
Lo peor no era que el gorro
leyera.
Lo peor era que no sabía
editar.
Lo devolví el lunes siguiente.
La empresa me envió un mensaje
amable, casi ofendido, preguntando el motivo. Contesté a mano, en una hoja,
porque me pareció una forma decente de defenderme.
Escribí: “Su producto funciona
demasiado bien”.
No era toda la verdad.
La verdad completa era otra:
después de devolverlo, entré en la cocina y vi a Clara buscando las gafas por
todas partes. Las llevaba puestas sobre la cabeza. Estuve a punto de decírselo
y me detuve un segundo a mirar la escena. El gesto cansado. La camiseta vieja.
El pelo mal cogido. La vida compartida haciendo de las suyas. Entonces pensé
algo que nadie debía registrar, ni vender, ni archivar en la nube: que el amor
quizá consista en eso, en seguir eligiendo a alguien incluso después de saber
que una cabeza humana se parece más a un cuarto de trastos que a un templo.
Luego le señalé las gafas.
Ella se echó a reír.
Y por primera vez en muchos
días agradecí el antiguo privilegio de que ciertas cosas solo sucedan dentro de
uno y mueran allí, en silencio, como mueren las mejores oraciones y las peores
tentaciones.
Porque al final no necesitamos
que nos lean la mente.
Necesitamos, de vez en cuando,
que nos la perdonen.
«Lo que realmente queremos es
algo más y distinto de aquello que, en un momento determinado, somos
conscientes de querer.» (Esa diferencia entre el deseo momentáneo y aquello
que, después de reflexionar, reconocemos como nuestra voluntad más profunda, se
condensa en esa frase de Bernard Bosanquet filósofo nacido el 14 de junio de
1848)
Bruno Lomas, nacido Emilio Baldoví Menéndez el 14 de junio de 1940, tenía gran afición a los coches. Eso fue su perdición: a los 50 años ya no pudo volver a ser como ayer.
La clau d’ahir
Va tornar amb les mateixes
flors i aquella frase gastada:
—Tot serà com ahir.
Ella va mirar el gerro buit,
la cadira arraconada, la marca pàl·lida de l’anell. Ahir ell arribava tard,
prometia aviat i estimava quan li convenia.
Va obrir la porta. Ell va
somriure, convençut que era una invitació.
—Passa. Has deixat una cosa.
Li va donar la clau.
Després va tancar.
Aquesta vegada, des de dins.

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