LA PAZ
SEGÚN SE MIRE
El mercado estaba tan lleno
que alguien debió anunciar paz mundial gratis, con entrega inmediata y sin
letra pequeña. Nadie se creyó la oferta —estábamos en 2026—, pero todos
empujaron por si quedaba alguna.
Desde que la OMS dejó de
considerar la COVID-19 una emergencia internacional, la humanidad había hecho
balance. Aprendimos a lavarnos las manos, mantener las distancias, hablar por
videollamada y llamar resiliencia a seguir pagando facturas. Lo de convertirnos
en mejores personas quedó para una segunda fase que nunca recibió presupuesto.
Un vendedor de naranjas, con
la sonrisa de quien había visto demasiados vídeos sobre liderazgo emocional,
voceaba su mercancía:
—¡Naranjas de la paz! ¡Sin
sanciones, sin mediadores y con mucha vitamina C!
—¿Funcionan con Ucrania y
Rusia? —preguntó un cliente.
—Solo si los dos aceptan
pelarlas por el mismo lado.
—¿Y para Gaza?
El vendedor cogió una naranja,
la abrió y separó los gajos con cuidado.
—Para Gaza, de momento, solo
podemos servirla así. La paz entera lleva años agotada.
—¿Y para Estados Unidos e
Irán?
El hombre dejó la naranja
sobre el mostrador y suspiró.
—Esas vienen por el estrecho
de Ormuz. Llevan meses bloqueadas.
—Pero Trump ha dicho que el
conflicto ha terminado.
—Sí. Unas cuarenta veces.
—Entonces será verdad.
—Claro. Como cada vez que uno
dice «esta es la última» mientras se sirve otra copa.
Algunos rieron. Después
miraron el móvil para comprobar si el chiste coincidía con su ideología. El
vendedor aprovechó para colocar un cartel nuevo:
NARANJAS DE LA PAZ CON IRÁN.
PRÓXIMA APERTURA.
SUJETA A FIRMA, ALTO EL FUEGO, DESMINADO Y CAMBIO DE OPINIÓN.
Una niña tiró de la manga de
su madre.
—Mamá, ¿qué sabor tiene la
paz?
El vendedor le ofreció un
gajo.
—Prueba.
La niña lo mordió.
—Está dulce.
—Claro —dijo él—. Todavía no
has tenido que repartirla.
Detrás de ellas, dos hombres
comenzaron a discutir por el turno. Uno acusó al otro de invadir su espacio. El
otro alegó que llevaba toda la vida comprando en aquel puesto y tenía derechos
históricos sobre la cola. En menos de un minuto, los clientes tomaron partido,
aparecieron varios teléfonos grabando y alguien pidió la dimisión del encargado
del mercado.
Durante la discusión, una
naranja cayó al suelo y rodó hasta el centro del pasillo. Nadie se agachó a
recogerla. Hacerlo suponía apartarse de la fila y perder la posición.
—¿Y cuánto cuesta la paz?
—preguntó la niña.
El vendedor miró la naranja,
que acababa de aplastar un carrito de la compra.
—Muy poco.
—¿Cuánto?
—Ceder el turno.
La madre tiró de ella.
—No le hagas caso, cariño.
La cola avanzó unos
centímetros. Todos defendieron el suyo.
Donald Trump volvió a anunciar
que la guerra había terminado. Esta vez parecía la definitiva.
La número cuarenta.
La paz seguía sin abrir el
estrecho.
«Toda opinión debe indicar los
hechos en los que se apoya.» (No se sabe si el autor de la frase, Ernst Laas nacido
el 16 de junio de 1837, indicó los hechos en que se apoyaba para pronunciarla.
En cualquier caso la frase es completamente trasladable a nuestros días)
Y por lo menos durante unas semanas allá por junio de 1970 a Norman Greenbaum lo escuchamos y, sobre todo, bailamos al ritmo de la canción del vídeo.
L’últim ascensor
Quan va morir, l’avi va trobar
un ascensor al mig dels núvols.
—Cel o infern? —preguntà
l’ascensorista.
—Depèn. On es juga a cartes?
L’home consultà una tauleta.
—Al cel, però no s’hi pot fer
trampes.
L’avi va prémer el botó de
l’infern.
Les portes es tancaven quan
una veu tronà des de dalt:
—Joan, encara em deus
cinquanta euros!
L’avi somrigué, canvià de
planta i es cordà l’americana.
Al capdavall, morir no era tan
greu.
El problema era trobar-se amb
els creditors eterns.

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