EL
HUNDIMIENTO
En el Putxet no se abrió un
socavón: la ciudad se sinceró.
Durante años, Barcelona había
vivido convencida de que bastaba con adornar la realidad con palabras hermosas
para que dejara de oler a atasco, retraso, sobrecoste y chapuza. Todo era
sostenible, inclusivo, resiliente y transformador. Incluso las obras eternas
parecían menos eternas si se explicaban con una infografía amable y un concejal
señalando un plano con cara de futuro.
Hasta que el suelo dijo basta.
Primero fue una grieta. Luego
otra. Después, el baño de una vecina decidió independizarse del edificio e
iniciar su descenso hacia la línea 9, quizá harto de esperar a que el metro
llegara a alguna parte.
Los vecinos fueron desalojados
con rapidez. Es decir, con esa rapidez que la Administración solo descubre
cuando ya hay cámaras delante. Antes, las grietas habían sido “incidencias
menores”. Después, el agujero fue “un episodio puntual”. La diferencia entre
una cosa y otra, como siempre, la marcó el telediario.
Llegaron técnicos,
responsables, portavoces y frases de emergencia.
—La situación está controlada.
Era tranquilizador. En
Barcelona, que algo esté controlado no significa que no se hunda; significa que
se hunde con expediente abierto.
También prometieron investigar
hasta las últimas consecuencias. Los vecinos se calmaron poco, porque en
política las últimas consecuencias suelen vivir muy lejos: más abajo que la
tuneladora, más abajo que el socavón, más abajo incluso que la vergüenza.
Al día siguiente, el agujero
seguía allí. Limpio. Profundo. Sincero. Sin gabinete de prensa.
Y entonces todos comprendieron
el problema: no se había hundido una calle.
Se había hundido el relato.
«Los hombres sienten celos de
cualquier mujer, incluso cuando no tienen el menor interés por ella.» (Jan
Neruda nacido el 9 de julio de 1834 escribió esta frase breve y amarga muy de
su estilo. Por cierto éste era checo así que no debe confundirse con el otro
Neruda)
A Bonnie Tyler hoy se le apagó el sol para siempre y a much@s de nosotr@s nos dejó el corazón eclipsado.
Quan es va apagar el sol
Va estimar-lo quan encara hi
havia llum, quan les ombres no sabien mentir. Després ell va marxar deixant les
finestres obertes i totes les promeses tremolant al menjador. Ella no va
plorar; només va esperar que el cel fes el que no s’atrevia a fer el seu pit.
Quan l’eclipsi ho va cobrir
tot, va entendre que no era el sol qui s’havia apagat.
Era el cor, cansat de fer veure que encara clarejava.

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