EL SECRETO DE LAS HELENAS

Ni
bótox, ni cremas antiarrugas, ni láseres capaces de plancharte hasta los
recuerdos. Tampoco operaciones que te dejan la cara tersa, inmóvil y con cierto
parecido a una prima lejana de ti misma.
El
secreto para ser joven —no para parecerlo, que eso es cosa de espejos y
presupuestos— ya lo conocían las helenas.
En
la antigua Grecia, o eso se cuenta, algunas mujeres comenzaban a calcular su
edad desde el día de su matrimonio, no desde el de su nacimiento.
Así,
una mujer nacida hacía cuarenta años, pero casada hacía diez, tenía diez.
No
habían descubierto la eterna juventud.
Habían
hecho algo mucho más inteligente: cambiar el calendario.
Porque
el tiempo, cuando no se puede detener, siempre admite una buena contabilidad.
«Todos somos casas
encantadas; siempre hay algún fantasma llamando a la puerta o acechando en el
crepúsculo.» (El mundo de Edward Frederic Benson siempre estaba lleno de
fantasmas -fue escritor de novelas de terror. Much@s de nosotr@s tampoco nos libramos de ellos. El autor de la
frase hubiese cumplido hoy 159 pero con 73 se convirtió en fantasma)
El
noi del mirall
Cada
aniversari, l’avi es fotografiava davant del mateix mirall. Als vint, somreia.
Als quaranta, dissimulava. Als setanta, ja no hi apareixia: només retratava la
cadira buida.
Quan
va morir, la neta ordenà les fotografies i descobrí que, al fons del mirall, hi
havia sempre el mateix noi, quiet, esperant.
Va
girar l’última imatge. Al darrere, amb la lletra tremolosa de l’avi, deia:
«No
volia viure per sempre. Només saber quin dels dos envelliria primer.»
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