VISTAS
AL MAR
Primero fueron las quejas.
Que si las ramas tapaban el
horizonte. Que si habían pagado una fortuna por un piso con vistas y ahora solo
veían pinos. Que si los árboles crecían sin respetar la escritura de
compraventa.
Nadie se atrevió a recordarles
que los pinos estaban allí antes que las casas, antes que las hipotecas y,
probablemente, antes que el primer imbécil decidiera poner precio al azul.
Una noche agujerearon los
troncos e introdujeron el veneno. Lo hicieron en silencio, con la minuciosidad
de quien cuida un jardín. Después regresaron a sus viviendas y durmieron
tranquilos, convencidos de que la propiedad privada también incluía el horizonte.
Los árboles tardaron semanas
en morir.
Primero amarillearon las
copas. Después dejaron caer las agujas sobre la acera como pequeñas cartas de
despedida. Finalmente quedaron desnudos, inmóviles, con ese aspecto que tienen
los muertos cuando aún nadie se ha atrevido a retirarlos.
Desde los balcones, los
propietarios celebraron la victoria.
—Ahora sí —dijo uno,
descorriendo las cortinas—. Por fin se ve el mar.
El ayuntamiento colocó en cada
tronco un cartel explicando que aquellos árboles habían sido envenenados. Lo
escribió en catalán, castellano, francés e inglés para que la vergüenza fuese
internacional y ningún turista se marchara sin comprender del todo nuestra
especie.
Los carteles quedaron frente a
las ventanas.
Cada mañana, al abrir las
persianas, los vecinos seguían viendo el mar. Azul, brillante, inmenso.
Pero delante estaban los
cadáveres.
Intentaron mirar entre ellos.
Luego por encima. Algunos cambiaron los muebles de sitio. Otros dejaron las
persianas bajadas.
El mar continuaba allí, al
alcance de sus ojos.
La vista, sin embargo, se les
había muerto.
«La inquietud en el amor
significa que algo no es como debe ser; el amor mismo es alegre y
despreocupado.» (Nikolái Gavrílovich Chernishevski nació el 12 de julio de 1828
para ser todo esto: escritor, periodista, crítico literario, filósofo
materialista y uno de los principales pensadores del socialismo ruso anterior
al marxismo y, sin embargo, hablaba del amor como Raphael)
Eric Carr hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en 41 y su grupo, Kiss, sin baterista. La verdad es que llamarse así, tener ese aspecto y cantar que nacieron para amarnos, como que me da algo de repelús.
Defecte de fabricació
Quan la fàbrica anuncià
androides capaços d’estimar, ell en va encarregar una feta a mida. Va triar-li
els ulls, la veu, les manies i fins i tot la manera de riure quan mentia.
En despertar-la, ella
l’observà llargament.
—T’han fabricat per estimar-me
—va dir ell.
—No —respongué—. M’han
fabricat perquè pugui estimar.
Aquella nit, mentre ell
dormia, l’androide sortí al carrer. A la cantonada, un vell robot escombrava
fulles sota la pluja.
Ella s’hi acostà i li oferí la
mà.


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