EL
COLECCIONISTA DE DESPEDIDAS
En el cajón de la mesita
guardaba servilletas de bares cerrados, billetes de tren ya inválidos, entradas
de cine con la tinta comida por los años, tarjetas de hoteles donde no había
dormido bien y una colección bastante absurda de notas escritas con prisas.
No eran recuerdos exactamente.
Los recuerdos tienen algo de turismo sentimental, de postal bien colocada en la
nevera del alma. Aquello era otra cosa. Restos. Migas. Las pruebas pequeñas de
que alguien, alguna vez, se había ido.
A Daniel le gustaba decir que
coleccionaba despedidas. Lo decía en voz baja, porque en voz alta parecía una
enfermedad de esas que acaban en documental sueco o en terapia de grupo con
sillas plegables.
La primera despedida la guardó
a los nueve años. Fue una piedra lisa que su abuelo le puso en la mano en la
estación de Francia.
—Para que no te olvides de
volver —le dijo.
Su abuelo se marchaba a
Zaragoza, a casa de una hermana, porque en Barcelona empezaba a sobrar espacio
donde antes faltaba. Cosas de la edad. Cosas de la familia. Cosas de esas que
se dicen para no decir: “ya no podemos cuidarte sin enfadarnos contigo”.
Daniel no entendió nada. Solo
vio a su abuelo subir al tren con una bolsa marrón, una boina triste y una
dignidad excesiva para aquel vagón de segunda. Guardó la piedra en el bolsillo.
Durante años creyó que servía para traerlo de vuelta.
No sirvió.
Desde entonces, cada pérdida
dejó un objeto.
De Marta conservaba una
cucharilla de un bar de Gràcia. Ella se fue después de decirle que lo quería
mucho, frase peligrosa donde las haya. Cuando alguien te quiere “mucho”,
conviene ponerse a cubierto. El “mucho” suele ser el recibidor del “pero”.
—No eres tú —le dijo ella.
—Menos mal —contestó Daniel—.
Ya empezaba a preocuparme.
Ella sonrió sin ganas. Él
también. A veces dos personas sonríen justo antes de romperse, como quien firma
un documento que no ha leído.
De su padre guardaba el ticket
del parking del hospital. Tres horas y doce minutos. Seis euros con cuarenta.
Le pareció una precisión obscena para una muerte. Su padre había tardado
setenta y ocho años en irse y la máquina lo resumía todo en una tarifa.
De Laura, su hija, conservaba
una llave pequeña. No era una pérdida, se repetía. Se había ido a estudiar
fuera. Eso hacen los hijos: se van para demostrar que los has criado bien y
vuelven para pedirte que no opines. Pero la noche en que ella cerró la maleta,
Daniel sintió el mismo vacío que dejan los cuerpos cuando abandonan una
habitación donde todavía queda su forma.
—Papá, no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de perro abandonado con
hipoteca.
—Es mi cara normal.
Laura lo abrazó. Olía a champú
barato, a juventud organizada a última hora, a miedo disimulado. Daniel no le
dijo nada de eso. Los padres tenemos esa manía ridícula de callarnos lo
importante para no estropear las salidas.
Cuando ella bajó al taxi, él
encontró en la mesa la copia de la llave de casa.
La guardó con las demás
despedidas.
Con los años, la colección
creció hasta ocupar una caja de zapatos, luego dos, luego un armario entero. Su
mujer, Clara, toleraba aquella manía con la paciencia de quien ya ha decidido
no pelear por todo.
—Un día nos van a echar de
casa tus muertos —le dijo una mañana.
—No exageres.
—No exagero. Tienes más
objetos de gente que se ha ido que calcetines.
—Los calcetines también se
van. Sobre todo los izquierdos.
—Qué gracioso eres cuando
quieres evitar hablar.
Clara tenía esa habilidad
cruel de acertar sin levantar la voz. Llevaban treinta y dos años juntos. Una
cantidad de tiempo suficiente para saber cuándo el otro se esconde detrás de
una broma, de una compra pendiente o de una supuesta urgencia laboral. En el
caso de Daniel, casi siempre se escondía detrás del orden. Ordenaba las
despedidas por años, por personas, por tipo de pérdida. Había etiquetado cajas
con una precisión casi administrativa. “Amores”. “Familia”. “Amigos”.
“Lugares”. “Cosas que no supe decir”.
Esa última era la más llena.
Una tarde de noviembre, Clara
entró en el dormitorio mientras él revisaba la caja de “Lugares”. Había
encontrado una postal de Cadaqués, un mapa doblado de Lisboa y una ficha de
guardarropa de un teatro donde habían visto una obra espantosa.
—¿Te acuerdas? —preguntó él—.
Nos fuimos en el descanso.
—No. Te fuiste tú. Yo quería
quedarme.
—Era malísima.
—Sí. Pero yo quería quedarme.
Daniel levantó la vista. Clara
estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba una bata vieja, las gafas
caídas en la punta de la nariz y una expresión que no encajaba con la
conversación.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Ese “nada” ocupó la habitación
entera.
—Clara.
Ella entró despacio, se sentó
en la cama y cogió una de las cajas. Leyó una etiqueta.
—“Cosas que no supe decir”
—dijo—. Bonito título. Muy literario. Muy inútil también.
—No empieces.
—No empiezo. Precisamente ese
es el problema. Que tú nunca empiezas. Guardas finales.
Daniel cerró la caja.
—Todos guardamos cosas.
—Sí. Pero tú no guardas cosas.
Las embalsamas.
La frase cayó sobre la colcha.
No hizo ruido, pero lo desordenó todo.
Clara le contó entonces que
había pedido cita con una abogada. No para divorciarse, aclaró, porque la vida
aún no le había quitado el sentido del ridículo. Pero sí para informarse. Para
saber qué pasaría si un día decidía marcharse.
—¿Marcharte dónde?
—A algún sitio donde todavía
esté yo.
Daniel sintió el impulso de
contestar con una ironía. Algo sobre retiros espirituales, divorcios modernos o
esa moda de encontrarse a una misma cuando una ya debería saber por dónde anda.
Pero no dijo nada. Por una vez, tuvo el buen gusto de callarse.
—No es que no te quiera
—añadió Clara.
Otra frase peligrosa.
Daniel miró el armario. Miró
las cajas. Allí estaban todas sus despedidas, ordenadas, quietas, obedientes.
Ninguna le pedía explicaciones. Ninguna le reprochaba llegar tarde. Ninguna le
exigía vivir en presente. Eran cómodas, las pérdidas. Dolían, sí, pero no
discutían.
Clara, en cambio, seguía allí.
Eso era lo difícil.
—¿Y qué quieres que haga?
—preguntó él.
—No lo sé. Pero podrías
empezar por no guardarme antes de que me vaya.
Aquella noche Daniel no
durmió. Fue al comedor, abrió el armario y sacó todas las cajas. Las puso sobre
la mesa como quien prepara una junta de acreedores de la memoria. Había
demasiadas. Demasiados nombres. Demasiados objetos convertidos en coartada.
A las tres de la madrugada
encontró una servilleta doblada. Era de un restaurante de la Barceloneta. Clara
había escrito en ella, hacía muchos años: “Compra pan. Y no te olvides de
besarme al volver”.
Daniel no recordaba si compró
pan.
Tampoco recordaba si la besó.
Eso fue lo que le dolió.
No la gran tragedia. No el
desamor con música de violines. No la amenaza de una abogada ni el posible
reparto de los libros, los platos y la cafetera. Le dolió no recordar si había
cumplido una frase sencilla escrita en una servilleta. La vida, al final, no se
pierde en los grandes incendios. Se pierde en encargos pequeños que dejamos
para luego.
Al amanecer, Clara lo encontró
en la cocina. Había preparado tostadas. Mal, como siempre. Quemadas por un
lado, blandas por el otro. El equilibrio matrimonial, pensó Daniel, también era
eso: saber qué defectos del otro ya no merecen comentario.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Desayuno.
—Ya veo. Me refiero a todo
esto.
Sobre la mesa había una bolsa
grande de basura. Dentro estaban las cajas.
Clara la miró sin acercarse.
—¿Vas a tirarlo todo?
—No.
Daniel sacó la piedra de su
abuelo, la llave de Laura, el ticket del hospital de su padre y la servilleta
de Clara.
—Voy a quedarme con cuatro
cosas.
—¿Por qué cuatro?
—Porque cinco ya parecería una
colección.
Clara no sonrió. Pero casi.
—¿Y lo demás?
—Lo demás lo bajo al
contenedor.
—¿Tú solo?
—Sí.
—Te va a dar un ataque de
nostalgia en el ascensor.
—Probablemente.
—Pues baja en dos viajes. No
seas héroe.
Daniel cogió la bolsa. Pesaba
mucho menos de lo que esperaba. Esa fue la primera sorpresa. La segunda fue
que, al abrir la puerta, Clara lo llamó.
—Daniel.
Él se giró.
—Cuando vuelvas, compra pan.
La frase quedó suspendida
entre los dos. No era una reconciliación. No era una promesa. No era una escena
de película, gracias a Dios, porque a cierta edad uno ya no está para correr
bajo la lluvia ni para besar contra una pared como si Hacienda no existiera.
Era algo más pequeño.
Y por eso mismo, más serio.
Daniel bajó al contenedor con
la bolsa. La dejó dentro sin mirar demasiado. Luego fue a la panadería de la
esquina. Compró una barra normal, de las de toda la vida, de esas que llegan a
casa con una punta menos porque todavía conservamos alguna forma menor de
felicidad.
Al volver, Clara estaba en la
cocina.
Daniel dejó el pan sobre la
mesa.
Y esta vez la besó antes de
que aquello también se convirtiera en recuerdo.
«La fuerza moral y política
del socialismo continuará viva mientras haya desigualdades, injusticias,
discriminaciones y humillaciones.» (La frase es de mi profesor de derecho
político, Jordi Solé Tura nacido el 23 de mayo de 1930 para ser un ilustre
fundador del PSUC -Partido Socialista Unificado de Catalunya- y de los llamados
“padres de la Constitución de 1978. Falleció en 2009 como miembro del PSC-PSOE:
no consta relación de causalidad entre su pertenencia al partido y su óbito)
Quan ella va entrar,
l’orquestra va fer veure que afinava. Ell també. Tenia setanta anys, dues
pròtesis i una dignitat massa planxada. Ella li va oferir la mà com qui ofereix
una sortida d’emergència. Van ballar. O això va dir la gent. En realitat, es van
moure tan poc que només els records van suar. A cada pas, ell preguntava en
silenci qui seria capaç de voler-lo encara. Ella va somriure:
—No preguntis tant.
Balanceja’t.




