sábado, 23 de mayo de 2026

 

EL COLECCIONISTA DE DESPEDIDAS


En el cajón de la mesita guardaba servilletas de bares cerrados, billetes de tren ya inválidos, entradas de cine con la tinta comida por los años, tarjetas de hoteles donde no había dormido bien y una colección bastante absurda de notas escritas con prisas.

No eran recuerdos exactamente. Los recuerdos tienen algo de turismo sentimental, de postal bien colocada en la nevera del alma. Aquello era otra cosa. Restos. Migas. Las pruebas pequeñas de que alguien, alguna vez, se había ido.

A Daniel le gustaba decir que coleccionaba despedidas. Lo decía en voz baja, porque en voz alta parecía una enfermedad de esas que acaban en documental sueco o en terapia de grupo con sillas plegables.

La primera despedida la guardó a los nueve años. Fue una piedra lisa que su abuelo le puso en la mano en la estación de Francia.

—Para que no te olvides de volver —le dijo.

Su abuelo se marchaba a Zaragoza, a casa de una hermana, porque en Barcelona empezaba a sobrar espacio donde antes faltaba. Cosas de la edad. Cosas de la familia. Cosas de esas que se dicen para no decir: “ya no podemos cuidarte sin enfadarnos contigo”.

Daniel no entendió nada. Solo vio a su abuelo subir al tren con una bolsa marrón, una boina triste y una dignidad excesiva para aquel vagón de segunda. Guardó la piedra en el bolsillo. Durante años creyó que servía para traerlo de vuelta.

No sirvió.

Desde entonces, cada pérdida dejó un objeto.

De Marta conservaba una cucharilla de un bar de Gràcia. Ella se fue después de decirle que lo quería mucho, frase peligrosa donde las haya. Cuando alguien te quiere “mucho”, conviene ponerse a cubierto. El “mucho” suele ser el recibidor del “pero”.

—No eres tú —le dijo ella.

—Menos mal —contestó Daniel—. Ya empezaba a preocuparme.

Ella sonrió sin ganas. Él también. A veces dos personas sonríen justo antes de romperse, como quien firma un documento que no ha leído.

De su padre guardaba el ticket del parking del hospital. Tres horas y doce minutos. Seis euros con cuarenta. Le pareció una precisión obscena para una muerte. Su padre había tardado setenta y ocho años en irse y la máquina lo resumía todo en una tarifa.

De Laura, su hija, conservaba una llave pequeña. No era una pérdida, se repetía. Se había ido a estudiar fuera. Eso hacen los hijos: se van para demostrar que los has criado bien y vuelven para pedirte que no opines. Pero la noche en que ella cerró la maleta, Daniel sintió el mismo vacío que dejan los cuerpos cuando abandonan una habitación donde todavía queda su forma.

—Papá, no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de perro abandonado con hipoteca.

—Es mi cara normal.

Laura lo abrazó. Olía a champú barato, a juventud organizada a última hora, a miedo disimulado. Daniel no le dijo nada de eso. Los padres tenemos esa manía ridícula de callarnos lo importante para no estropear las salidas.

Cuando ella bajó al taxi, él encontró en la mesa la copia de la llave de casa.

La guardó con las demás despedidas.

Con los años, la colección creció hasta ocupar una caja de zapatos, luego dos, luego un armario entero. Su mujer, Clara, toleraba aquella manía con la paciencia de quien ya ha decidido no pelear por todo.

—Un día nos van a echar de casa tus muertos —le dijo una mañana.

—No exageres.

—No exagero. Tienes más objetos de gente que se ha ido que calcetines.

—Los calcetines también se van. Sobre todo los izquierdos.

—Qué gracioso eres cuando quieres evitar hablar.

Clara tenía esa habilidad cruel de acertar sin levantar la voz. Llevaban treinta y dos años juntos. Una cantidad de tiempo suficiente para saber cuándo el otro se esconde detrás de una broma, de una compra pendiente o de una supuesta urgencia laboral. En el caso de Daniel, casi siempre se escondía detrás del orden. Ordenaba las despedidas por años, por personas, por tipo de pérdida. Había etiquetado cajas con una precisión casi administrativa. “Amores”. “Familia”. “Amigos”. “Lugares”. “Cosas que no supe decir”.

Esa última era la más llena.

Una tarde de noviembre, Clara entró en el dormitorio mientras él revisaba la caja de “Lugares”. Había encontrado una postal de Cadaqués, un mapa doblado de Lisboa y una ficha de guardarropa de un teatro donde habían visto una obra espantosa.

—¿Te acuerdas? —preguntó él—. Nos fuimos en el descanso.

—No. Te fuiste tú. Yo quería quedarme.

—Era malísima.

—Sí. Pero yo quería quedarme.

Daniel levantó la vista. Clara estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba una bata vieja, las gafas caídas en la punta de la nariz y una expresión que no encajaba con la conversación.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Ese “nada” ocupó la habitación entera.

—Clara.

Ella entró despacio, se sentó en la cama y cogió una de las cajas. Leyó una etiqueta.

—“Cosas que no supe decir” —dijo—. Bonito título. Muy literario. Muy inútil también.

—No empieces.

—No empiezo. Precisamente ese es el problema. Que tú nunca empiezas. Guardas finales.

Daniel cerró la caja.

—Todos guardamos cosas.

—Sí. Pero tú no guardas cosas. Las embalsamas.

La frase cayó sobre la colcha. No hizo ruido, pero lo desordenó todo.

Clara le contó entonces que había pedido cita con una abogada. No para divorciarse, aclaró, porque la vida aún no le había quitado el sentido del ridículo. Pero sí para informarse. Para saber qué pasaría si un día decidía marcharse.

—¿Marcharte dónde?

—A algún sitio donde todavía esté yo.

Daniel sintió el impulso de contestar con una ironía. Algo sobre retiros espirituales, divorcios modernos o esa moda de encontrarse a una misma cuando una ya debería saber por dónde anda. Pero no dijo nada. Por una vez, tuvo el buen gusto de callarse.

—No es que no te quiera —añadió Clara.

Otra frase peligrosa.

Daniel miró el armario. Miró las cajas. Allí estaban todas sus despedidas, ordenadas, quietas, obedientes. Ninguna le pedía explicaciones. Ninguna le reprochaba llegar tarde. Ninguna le exigía vivir en presente. Eran cómodas, las pérdidas. Dolían, sí, pero no discutían.

Clara, en cambio, seguía allí.

Eso era lo difícil.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó él.

—No lo sé. Pero podrías empezar por no guardarme antes de que me vaya.

Aquella noche Daniel no durmió. Fue al comedor, abrió el armario y sacó todas las cajas. Las puso sobre la mesa como quien prepara una junta de acreedores de la memoria. Había demasiadas. Demasiados nombres. Demasiados objetos convertidos en coartada.

A las tres de la madrugada encontró una servilleta doblada. Era de un restaurante de la Barceloneta. Clara había escrito en ella, hacía muchos años: “Compra pan. Y no te olvides de besarme al volver”.

Daniel no recordaba si compró pan.

Tampoco recordaba si la besó.

Eso fue lo que le dolió.

No la gran tragedia. No el desamor con música de violines. No la amenaza de una abogada ni el posible reparto de los libros, los platos y la cafetera. Le dolió no recordar si había cumplido una frase sencilla escrita en una servilleta. La vida, al final, no se pierde en los grandes incendios. Se pierde en encargos pequeños que dejamos para luego.

Al amanecer, Clara lo encontró en la cocina. Había preparado tostadas. Mal, como siempre. Quemadas por un lado, blandas por el otro. El equilibrio matrimonial, pensó Daniel, también era eso: saber qué defectos del otro ya no merecen comentario.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Desayuno.

—Ya veo. Me refiero a todo esto.

Sobre la mesa había una bolsa grande de basura. Dentro estaban las cajas.

Clara la miró sin acercarse.

—¿Vas a tirarlo todo?

—No.

Daniel sacó la piedra de su abuelo, la llave de Laura, el ticket del hospital de su padre y la servilleta de Clara.

—Voy a quedarme con cuatro cosas.

—¿Por qué cuatro?

—Porque cinco ya parecería una colección.

Clara no sonrió. Pero casi.

—¿Y lo demás?

—Lo demás lo bajo al contenedor.

—¿Tú solo?

—Sí.

—Te va a dar un ataque de nostalgia en el ascensor.

—Probablemente.

—Pues baja en dos viajes. No seas héroe.

Daniel cogió la bolsa. Pesaba mucho menos de lo que esperaba. Esa fue la primera sorpresa. La segunda fue que, al abrir la puerta, Clara lo llamó.

—Daniel.

Él se giró.

—Cuando vuelvas, compra pan.

La frase quedó suspendida entre los dos. No era una reconciliación. No era una promesa. No era una escena de película, gracias a Dios, porque a cierta edad uno ya no está para correr bajo la lluvia ni para besar contra una pared como si Hacienda no existiera.

Era algo más pequeño.

Y por eso mismo, más serio.

Daniel bajó al contenedor con la bolsa. La dejó dentro sin mirar demasiado. Luego fue a la panadería de la esquina. Compró una barra normal, de las de toda la vida, de esas que llegan a casa con una punta menos porque todavía conservamos alguna forma menor de felicidad.

Al volver, Clara estaba en la cocina.

Daniel dejó el pan sobre la mesa.

Y esta vez la besó antes de que aquello también se convirtiera en recuerdo.

«La fuerza moral y política del socialismo continuará viva mientras haya desigualdades, injusticias, discriminaciones y humillaciones.» (La frase es de mi profesor de derecho político, Jordi Solé Tura nacido el 23 de mayo de 1930 para ser un ilustre fundador del PSUC -Partido Socialista Unificado de Catalunya- y de los llamados “padres de la Constitución de 1978. Falleció en 2009 como miembro del PSC-PSOE: no consta relación de causalidad entre su pertenencia al partido y su óbito)

Rosemary Clooney hubiese cumplido 98 años y aún se estaría preguntando quién sería el que la quisiera a ella y le diera su amor. Solo se lo preguntó hasta los 74. Cantaba "Sway" y Fred Astaire y Ginger Rogers no se balanceaban del todo mal a su canción. Y si, me ha pillado el día "retro" en grado superlattivo.

La cadira que sabia

Quan ella va entrar, l’orquestra va fer veure que afinava. Ell també. Tenia setanta anys, dues pròtesis i una dignitat massa planxada. Ella li va oferir la mà com qui ofereix una sortida d’emergència. Van ballar. O això va dir la gent. En realitat, es van moure tan poc que només els records van suar. A cada pas, ell preguntava en silenci qui seria capaç de voler-lo encara. Ella va somriure:

—No preguntis tant. Balanceja’t.


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