CORREO
ORDINARIO
Durante años, la amistad me
llegó por el buzón.
No hablo de felicitaciones
navideñas con renos obesos ni de esas cartas del banco que empiezan con un
“estimado cliente” y terminan recordándote que tu cuenta corriente tiene menos
dignidad que tú. Hablo de sobres de verdad. Sobres torcidos, con sellos mal
pegados, con la letra inclinada de alguien que no escribía para quedar bien
sino para llegar.
Irene me escribía así.
Nunca fue mi amante, que es
una decepción que a cierta edad uno aprende a gestionar con elegancia. Fue algo
más raro y quizá más útil: una amiga. Una de esas amistades que no exigen
presencia pero tampoco toleran el abandono. Nos conocimos en un taller literario
de barrio, en una sala con fluorescentes tristes y sillas de plástico donde
casi todos iban a que les aplaudieran los adjetivos. Ella no. Ella llevaba
tijeras, pegamento, recortes de revistas viejas y una paciencia de costurera
japonesa. Decía que una carta tenía que parecerse un poco a quien la enviaba.
Que si mandabas una hoja doblada sin alma, estabas mandando también tu pereza.
Por eso sus sobres parecían
pequeños apartamentos amueblados.
Dentro había una nota, sí,
pero también una hoja seca encontrada en un parque, una servilleta con una
frase oída en un bar, una receta de sopa escrita al dorso de una multa, una
entrada de cine de una película que ya no daban en ninguna parte, un botón azul
“por si un día se te cae algo importante”. Una vez me mandó medio mapa de
Lisboa y la advertencia: “La otra mitad te la mandaré cuando te atrevas a
perderte”.
Yo le contestaba peor. Mucho
peor. Folios blancos. Sobres comprados en un estanco. Mi letra de abogado
cansado. Aun así, Irene seguía escribiéndome como si yo mereciera aquella
caligrafía lenta, aquellos sellos elegidos, aquella absurda generosidad artesanal
en un mundo donde ya nadie tiene tiempo ni para mentir con calma.
Luego pasó lo de siempre: la
vida. Su madre enfermó. Mi matrimonio se llenó de habitaciones cerradas. Ella
cambió de ciudad. Yo cambié de médico. Nos seguimos escribiendo. Menos, pero
mejor. Hay afectos que, cuando se vuelven escasos, por fin se ponen serios.
La última carta tardó más de
la cuenta. El sobre era beige, sin adornos, con una letra que no era la suya.
La abrió mi miedo antes que mis manos. Me escribía su hija. Irene había muerto
en marzo. Ordenando sus cosas, encontró una caja con mis cartas —las mías, tan
sosas, tan administrativas, tan poca cosa— atadas con una cinta roja. “Decía
que eran bonitas”, me puso la hija, “porque llegaban”.
Me quedé un rato mirando
aquella frase como se mira un espejo cuando ya no estás para demasiadas
heroicidades.
Desde entonces contesto a todo
por correo electrónico, como un ciudadano moderno, funcional y un poco cobarde.
Pero a veces, cuando abro el buzón y no hay nada salvo publicidad de funerarias
o supermercados, pienso que la verdadera soledad no consiste en que nadie te
escriba.
Consiste en que ya nadie te
recorte el mundo para metértelo en un sobre.
«La unidad del lenguaje es, en
el fondo, política.» (Yo iría más allá en la frase: en el fondo y en la
superficie la unidad del lenguaje es política. Félix Guattari filósofo -y
activista- francés nacido el 30 de marzo de 1930 antes de las Olimpiadas de
Barcelona-92 dejó de estar en activo… y en pasivo)
La cadira petita
Vaig deixar la seva cadira al
mateix lloc, al costat de la finestra, com si la tarda tingués memòria. La pols
hi va anar posant una pàtina d’absència, però jo encara hi sentia el pes mínim
d’un cos que ja no tornaria. De vegades, quan el sol entrava amb aquella
insolència neta dels dies bells, em semblava una burla. Altres cops, un perdó.
He après que el dolor no crida sempre: a vegades s’asseu, espera i et mira. I
tu vius així, fent veure que no has après a parlar amb el cel.

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