LA
MALDAD QUE SONRÍE

No siempre hace falta un arma
para matar.
A veces basta una mesa de
despacho, una voz baja, una sonrisa bien colocada y esa educación impecable que
deja el crimen sin manchas.
Hay gente que no dispara, no
apuñala, no grita. Hace algo peor: va empujando a otros hacia el borde con
gestos pequeños. Una frase dicha “por tu bien”. Una duda sembrada con
delicadeza. Una injusticia presentada como si fuera un trámite. Una humillación
envuelta en cortesía. Y así, poco a poco, te van quitando el aire sin rozarte
apenas.
Lo más cruel no es el daño. Lo
más cruel es verlo venir.
Porque cuando uno es torpe, o
ingenuo, o sencillamente vive distraído, todavía le queda el consuelo de no
enterarse. Pero cuando entiendes el subtexto, cuando percibes el veneno detrás
de cada palabra limpia, ya no hay refugio. Te quedas con la lucidez. Y la
lucidez, aunque algunos la veneren, a veces no ilumina: disecciona. Te enseña
la herida antes de que sangre.
Hay especialistas en matar a
disgustos. Gente refinada. Gente correcta. Gente que te clava una frase entre
las costillas y, acto seguido, te pregunta si te ocurre algo con una ternura
casi administrativa. No dejan huellas visibles. Dejan insomnio. Dejan desgaste.
Dejan esa fatiga del alma que luego nadie sabe fechar en un parte médico. Ese
es su talento: hacer que el daño parezca una exageración tuya.
Después llegan las palabras
nobles, siempre tan bien peinadas: equilibrio, prudencia, moderación, sentido
común. Palabras limpias para tapar manos sucias. Porque hay quien contempla una
injusticia con el mismo gesto con que elegiría un vino: sin alterarse
demasiado. Hablan de valores mientras sostienen al miserable. Invocan la ética
mientras premian la infamia. Y todavía se sorprenden de que uno acabe dudando
de la condición humana.
Llevan máscaras, sí, pero ni
siquiera hace falta que se las ajusten mucho: la costumbre ya se las ha pegado
a la cara. Fingen afecto, interés, cercanía. A veces hasta admiración. Lo hacen
tan bien que durante un segundo casi caes. Casi. Pero el cuerpo no suele
equivocarse. El cuerpo sabe antes que la cabeza. Nota la traición en la nuca,
en el estómago, en la forma en que se te enfría la sangre cuando alguien te
sonríe demasiado.
Por eso he acabado pensando que lo que más destruye no es el golpe franco, ni el enemigo declarado, ni la violencia que enseña los dientes. Lo que más destruye es la hipocresía. La calumnia con perfume. La crueldad con modales. Esa forma de maldad que no necesita levantar la voz, porque ha aprendido algo mucho más eficaz: te sonríe.
«No hay plazo que no llegue ni
deuda que no se pague.» (La tan acertada y anterior frase fue pronunciada por Gabriel
Téllez más conocido en todos los libros de literatura por Tirso de Molina, uno
de los grandes del teatro del Siglo de Oro. Nació el 24 de marzo de 1579 y
sabía muy bien lo que se decía y escribía)
L’últim soroll del passadís
Quan ella va dir que marxava, ell va assentir com si li confirmessin una avaria antiga.
—No em miris així.
—Així com?
—Com si jo fos la ruïna.
Va sentir les claus, la porta,
l’ascensor. Tot molt domèstic. Tot molt final. A la cuina, el rellotge
continuava fent feina de funcionari mentre el sopar es refredava amb una
dignitat absurda.
Ell va seure davant la cadira
buida i va comprendre la burla: no li feia por perdre-la a ella. Li feia por
quedar-se sol amb l’home que havia estat mentre la tenia.
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