miércoles, 25 de marzo de 2026

 

LA PAZ DEL ÁGUILA


El cartel colgaba torcido en la pared del despacho, como si hasta el clavo hubiera entendido tarde el chiste.

Arriba, en letras gordas, decía Pax Americana. Debajo, un águila enorme abría las alas sobre el mapa de Estados Unidos con la naturalidad de quien no vuela: ocupa. A un lado aparecían Hawai, Guam, las Marianas, Puerto Rico; al fondo, unos rayos que fingían amanecer y parecían otra cosa, una manera gráfica de decirle al mundo que la luz siempre viene del mismo sitio cuando el que dibuja también lleva el fusil.

Lo había comprado en una subasta un asesor joven de Washington, de esos hombres con mandíbula de anuncio dental y ojos de PowerPoint, para decorar la sala donde se reunían a hablar de orden internacional, fronteras, aranceles, disuasión, influencia, seguridad, liderazgo, es decir: dominación con corbata.

Nadie decía dominación. Eso sonaba romano, antiguo, casi sincero.

Aquella tarde yo estaba allí porque me habían contratado para catalogar unos documentos heredados de no sé qué fundación patriótica. Me tocaba poner fecha, contexto y una breve nota explicativa a piezas viejas que servían para justificar ideas nuevas. O quizá era al revés: ideas viejas con maquillaje nuevo. En política exterior pasa mucho. Cambian las pantallas, no las tripas.

—Bonito, ¿verdad? —me dijo el asesor, entrando con un café tan largo como su ambición.

Miré el cartel.

—Bonito no es la palabra que usaría un país sobrevolado por esa ave.

Él sonrió con esa condescendencia higiénica de los convencidos.

—Es historia. Estados Unidos garantizó estabilidad.

—Roma también.

—Exacto —dijo, encantado de que yo le hubiera puesto la pelota en el pie—. La pax romana. Carreteras, comercio, ley, prosperidad. Civilización.

—Y legiones.

No contestó enseguida. Sorbió café. Sonrió otra vez. En aquella sala se sonreía como se firma un embargo: sin mancharse.

—A veces —dijo— la paz necesita músculo.

Me dieron ganas de preguntarle cuántos músculos necesita un niño para dormir bajo una sirena, pero preferí seguir mirando el grabado. La verdad suele entrar mejor por los objetos que por la boca de los hombres.

En el dibujo, el águila no parecía feroz. Parecía inevitable. Ahí estaba la trampa. Roma también perfeccionó eso: lograr que el sometimiento pareciera destino, que la obediencia sonara a sensatez, que pagar tributo pareciera una forma inferior pero razonable de seguir vivo.

La pax romana consistía en decir: “No os matéis entre vosotros; ya os administramos nosotros la violencia”.

La pax americana, en su versión clásica, añadía algo más sofisticado: “Podéis llamarlo libertad mientras compráis nuestros productos, aceptáis nuestras bases, escucháis nuestra música y teméis nuestras sanciones”.

La diferencia entre Roma y Estados Unidos no estaba en la inocencia, que ninguno tuvo, sino en el decorado. Roma entraba con sandalias, estandartes y centuriones. América entró con portaaviones, préstamos, tratados, películas y la sonrisa blanqueada de quien bombardea por el bien común. Primero el águila, luego Hollywood, luego el dólar, luego el discurso sobre derechos humanos, y entre una cosa y otra, si hacía falta, los marines.

El joven asesor se había sentado al borde de la mesa. En la televisión sin sonido, detrás de él, Donald Trump hablaba en un atril rodeado de banderas. Movía la boca con ese gesto suyo de vendedor que no ofrece un producto sino una revancha. Yo no oía nada, pero no me hacía falta. Hay hombres a los que se les entiende demasiado bien sin volumen.

Se giró un momento para mirarlo.

—Él lo tiene claro —dijo—. Peace through strength.

Ya. La paz a través de la fuerza. Como si la historia no fuera un armario lleno de cadáveres envueltos en esa frase.

Trump no había inventado la pax americana. Ni de lejos. Lo suyo era más tosco y por eso, en cierto modo, más honesto. Otros presidentes habían llevado el mismo hierro dentro de un guante diplomático. Él prefería enseñar el puño, sacarlo en televisión, darle nombre comercial, ponerle arancel, muro, amenaza, humillación pública y una gorra con eslogan. Donde otros maquillaban el imperio con universidades, cumbres, fundaciones y palabras como “multilateralismo”, él entraba como un contratista enfadado que llega a una finca y pregunta quién manda allí sin esperar respuesta.

Su mérito, si puede llamarse así, consistía en quitarle poesía al engaño.

Roma decía: “Traemos orden”.

Washington dijo durante décadas: “Traemos democracia”.

Trump venía a decir: “Traemos trato. Y si no os gusta, también traemos castigo”.

Era la misma pax, pero sin latín y sin perfume.

El asesor, que ya se había puesto de pie otra vez, me pidió una ficha breve para el grabado.

—Algo elegante —dijo—. Algo sobre la proyección histórica de Estados Unidos como garante de la paz hemisférica.

Lo dijo sin pestañear. Hay gente que ha convertido la retórica en un gimnasio: levantan toneladas sin notar el peso de las palabras.

Saqué mi libreta. En lugar de escribir, recordé a Tácito, que sabía más de imperios que todos los tertulianos juntos. No lo cité en voz alta porque las citas solo sirven con quien aún siente vergüenza. Pero me vino aquella idea suya, seca y feroz, esa que más o menos dice que crean un desierto y lo llaman paz.

La paz del imperio siempre tiene algo de solar vacío. Calles limpias después de la redada. Mercados abiertos tras la invasión. Puertos funcionando mientras alguien cuenta desaparecidos. Paz para el inversor, miedo para el barrio. Seguridad para la ruta comercial, duelo para quien vivía debajo de la ruta.

Pensé en Roma pacificando provincias a golpe de disciplina y crucifixión ejemplar. Pensé en América pacificando regiones enteras con bloqueos, golpes blandos, bases militares, deuda o fuego, según conviniera. Pensé en Trump rescatando la versión más primaria de ese catecismo: América primero, los demás después, y si es posible de rodillas. Una pax de casino: el crupier sonríe, la banca siempre gana y el que protesta acaba fuera, sin ficha y sin voz.

—¿Lo tiene? —preguntó el asesor.

Lo miré. Detrás de él seguía el cartel con el águila desplegada, la geografía convertida en trofeo, el año 1898 como una fecha de boda entre la codicia y la propaganda.

—Sí —le dije.

Arranqué una hoja y le leí en voz alta:

“Litografía de finales del siglo XIX. Ejemplo temprano de propaganda imperial estadounidense. Reinterpreta la idea de la pax romana: no la paz entre iguales, sino la paz impuesta por una potencia que confunde estabilidad con obediencia. Su vigencia contemporánea reside en que todo imperio, cuando envejece, deja de disimular y llama paz a que nadie pueda discutirle el precio”.

El asesor me miró como si acabara de oler algo averiado.

—Eso no es exactamente lo que necesitamos.

—Ya lo sé —le dije—. Precisamente por eso es lo que significa.

Se hizo un silencio corto, de esos silencios que duran poco pero enseñan mucho. En la televisión, Trump alzaba una mano con la misma delicadeza con que un emperador habría pedido otro vino o una cabeza menos.

Entonces entendí que el cartel no estaba torcido por descuido.

Estaba torcido porque toda paz imperial acaba colgando así: sostenida, sí, visible, sí, pero vencida de un lado por el peso de lo que tapa.

«El poder actúa siempre de manera destructiva, empeñado en meter toda manifestación de la vida en el corsé de sus leyes.» (Esta frase no podía venir más que de un anarquista; Rudolf Rocker lo era y es suya. Nació el 25 de marzo de 1873 y fue figura clave del anarcosindicalismo en el siglo XX aunque como buen alemán era bastante organizado)

Johnny Burnette nació el 25 de marzo de 1934 es decir, hoy cumpliría 92 años. Llegó hasta pasados unos meses de los 30 así que dejó para el más allá muchos de sus sueños.

El llit dels dilluns

Ella dormia amb una cama fora del llençol, com si encara confiés en el món. Jo la mirava des de la vora del llit, amb aquella por tan ridícula de qui ha estimat tard i malament. Al carrer, el camió de les escombraries feia més soroll que la nostra història. Va obrir un ull i va dir:

—Encara hi ets?

No era tendresa. Era sorpresa.

Vaig somriure com somriuen els derrotats elegants.

—Només estava somiant.

Però no. Somiar és gratis. Quedar-se sempre surt car.


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