TURISMO
MORAL

Hay gente que no pisa una
desgracia: la estrena.
Llegan a un país roto con la
sonrisa limpia, la consigna planchada y el alma recién peinada para la foto. No
vienen a mirar el hambre. Vienen a salir bien al lado de ella. Eso cambia mucho
las cosas. El que mira de verdad baja la voz. El que viene a usarse a sí mismo
sube el tono, ensancha el gesto, reparte abrazos como quien lanza confeti sobre
un incendio.
Cuba lleva demasiados años
convertida en escaparate de coartadas. Unos la enseñan para justificar la
represión con palabras solemnes. Otros la exhiben para hacer músculo ideológico
desde lejos, con el estómago lleno y el billete de vuelta en el bolsillo. Entre
unos y otros, la gente hace cola. Cola para comer, cola para medicarse, cola
para alumbrarse un poco la vida mientras los iluminados del mundo se disputan
el foco.
Lo más obsceno no es la
mentira. La mentira, a estas alturas, ya casi forma parte del mobiliario. Lo
más obsceno es la vanidad. Esa necesidad infantil de convertir el dolor ajeno
en escenario propio. Hay quien no soporta que una tragedia exista sin su presencia.
Necesita entrar en plano, posar junto a la ruina, poner cara de conciencia y
regresar a casa con la sensación de haber rozado la Historia, cuando en
realidad solo ha rozado su propio narcisismo con acento internacional.
Después vendrán los artículos,
los tuits, las discusiones de café, los héroes de sobremesa. Unos dirán
bloqueo. Otros dirán dictadura. Unos dirán solidaridad. Otros dirán propaganda.
Y probablemente todos llevarán algo de razón y bastante interés. Pero mientras
las palabras se pelean por ver cuál manda más, hay una nevera vacía que no
admite matices. Hay una madre que no puede hervir la cena con consignas. Hay un
anciano que no enchufa un ventilador con retórica. Hay cuerpos. Siempre acaba
habiendo cuerpos. Y el cuerpo, cuando falta lo básico, se vuelve un juez
bastante serio.
A veces pienso que la peor
miseria no es la de un país sin recursos, sino la de quienes necesitan sacar
brillo a su conciencia con el sufrimiento de otros. Esa gente no ayuda: se
administra. No acompaña: se exhibe. No escucha: interpreta. Son peregrinos de
sí mismos. Van por el mundo buscando causas, pero en el fondo solo buscan
espejo.
Y, sin embargo, tampoco
conviene caer en la trampa fácil de reírse solo de ellos. Porque el problema no
son únicamente los farsantes que aterrizan con el catecismo bajo el brazo. El
problema grande, el podrido de verdad, es que hay lugares donde la miseria se
ha vuelto sistema y la dignidad una actividad clandestina. Y ahí ya no bastan
ni el sarcasmo ni la superioridad moral. Ahí hace falta decencia. Esa palabra
tan vieja, tan poco vistosa, tan incompatible con los focos.
Quizá por eso convendría
empezar a desconfiar de todo el que llega a una desgracia hablando demasiado de
sí mismo. Del que convierte la ayuda en pasarela. Del que necesita explicar su
bondad antes de ejercerla. Del que usa el dolor como altavoz. Porque cuando
alguien entra en una casa en ruinas y lo primero que hace es colocarse bien
para la foto, no ha venido a salvar nada. Ha venido a conservarse.
Y el hambre, por desgracia,
distingue muy bien entre una mano y un decorado.
«De todas las pasiones, la que
más se esconde es la vanidad; se oculta hasta de sí misma.» (He elegido a Matias
Aires Ramos da Silva de Eça porque nació el 27 de marzo de 1705. El maridaje de
la frase con el relato/reflexión de hoy, pura casualidad: la vanidad no solo
engaña a los demás, también se disfraza ante quien la padece)
Mariah Carey cumple hoy 57 años y es por eso que la felicito dejándola cantar el cover de "Without You" que ni es suya ni fue quién la popularizó. He de reconocer que su versión es bastante apañada pero yo bailé mucho más la que está debajo (y es la que más me gusta)
La de Harry Nilsson es la que me gusta más... de 1972.
Y el grupo que compuso y cantó "Sin ti" allá por 1970; justo es reconocer a Badfinger la autoría de una de las mejores canciones de "baldosín"
La cadira del costat
Quan vas marxar, la casa no va
quedar buida: va quedar mal acostumada. La tassa et buscava als matins, el
passadís feia més soroll del compte i fins i tot el rellotge semblava tossir
abans de donar l’hora. Jo, que sempre havia presumit de saber perdre, vaig
descobrir que mentia amb una elegància admirable. No era amor etern, quin
remei; era pitjor: era costum amb memòria. I la memòria, ja se sap, té la
indecència de seure cada vespre a la teva cadira i mirar-me com si l’abandonat
fos ella.
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