viernes, 27 de marzo de 2026

 

TURISMO MORAL

Hay gente que no pisa una desgracia: la estrena.

Llegan a un país roto con la sonrisa limpia, la consigna planchada y el alma recién peinada para la foto. No vienen a mirar el hambre. Vienen a salir bien al lado de ella. Eso cambia mucho las cosas. El que mira de verdad baja la voz. El que viene a usarse a sí mismo sube el tono, ensancha el gesto, reparte abrazos como quien lanza confeti sobre un incendio.

Cuba lleva demasiados años convertida en escaparate de coartadas. Unos la enseñan para justificar la represión con palabras solemnes. Otros la exhiben para hacer músculo ideológico desde lejos, con el estómago lleno y el billete de vuelta en el bolsillo. Entre unos y otros, la gente hace cola. Cola para comer, cola para medicarse, cola para alumbrarse un poco la vida mientras los iluminados del mundo se disputan el foco.

Lo más obsceno no es la mentira. La mentira, a estas alturas, ya casi forma parte del mobiliario. Lo más obsceno es la vanidad. Esa necesidad infantil de convertir el dolor ajeno en escenario propio. Hay quien no soporta que una tragedia exista sin su presencia. Necesita entrar en plano, posar junto a la ruina, poner cara de conciencia y regresar a casa con la sensación de haber rozado la Historia, cuando en realidad solo ha rozado su propio narcisismo con acento internacional.

Después vendrán los artículos, los tuits, las discusiones de café, los héroes de sobremesa. Unos dirán bloqueo. Otros dirán dictadura. Unos dirán solidaridad. Otros dirán propaganda. Y probablemente todos llevarán algo de razón y bastante interés. Pero mientras las palabras se pelean por ver cuál manda más, hay una nevera vacía que no admite matices. Hay una madre que no puede hervir la cena con consignas. Hay un anciano que no enchufa un ventilador con retórica. Hay cuerpos. Siempre acaba habiendo cuerpos. Y el cuerpo, cuando falta lo básico, se vuelve un juez bastante serio.

A veces pienso que la peor miseria no es la de un país sin recursos, sino la de quienes necesitan sacar brillo a su conciencia con el sufrimiento de otros. Esa gente no ayuda: se administra. No acompaña: se exhibe. No escucha: interpreta. Son peregrinos de sí mismos. Van por el mundo buscando causas, pero en el fondo solo buscan espejo.

Y, sin embargo, tampoco conviene caer en la trampa fácil de reírse solo de ellos. Porque el problema no son únicamente los farsantes que aterrizan con el catecismo bajo el brazo. El problema grande, el podrido de verdad, es que hay lugares donde la miseria se ha vuelto sistema y la dignidad una actividad clandestina. Y ahí ya no bastan ni el sarcasmo ni la superioridad moral. Ahí hace falta decencia. Esa palabra tan vieja, tan poco vistosa, tan incompatible con los focos.

Quizá por eso convendría empezar a desconfiar de todo el que llega a una desgracia hablando demasiado de sí mismo. Del que convierte la ayuda en pasarela. Del que necesita explicar su bondad antes de ejercerla. Del que usa el dolor como altavoz. Porque cuando alguien entra en una casa en ruinas y lo primero que hace es colocarse bien para la foto, no ha venido a salvar nada. Ha venido a conservarse.

Y el hambre, por desgracia, distingue muy bien entre una mano y un decorado.

«De todas las pasiones, la que más se esconde es la vanidad; se oculta hasta de sí misma.» (He elegido a Matias Aires Ramos da Silva de Eça porque nació el 27 de marzo de 1705. El maridaje de la frase con el relato/reflexión de hoy, pura casualidad: la vanidad no solo engaña a los demás, también se disfraza ante quien la padece)

Mariah Carey cumple hoy 57 años y es por eso que la felicito dejándola cantar el cover de "Without You" que ni es suya ni fue quién la popularizó. He de reconocer que su versión es bastante apañada pero yo bailé mucho más la que está debajo (y es la que más me gusta)


La de Harry Nilsson es la que me gusta más... de 1972.


Y el grupo que compuso y cantó "Sin ti" allá por 1970; justo es reconocer a Badfinger la autoría de una de las mejores canciones de "baldosín"

La cadira del costat

Quan vas marxar, la casa no va quedar buida: va quedar mal acostumada. La tassa et buscava als matins, el passadís feia més soroll del compte i fins i tot el rellotge semblava tossir abans de donar l’hora. Jo, que sempre havia presumit de saber perdre, vaig descobrir que mentia amb una elegància admirable. No era amor etern, quin remei; era pitjor: era costum amb memòria. I la memòria, ja se sap, té la indecència de seure cada vespre a la teva cadira i mirar-me com si l’abandonat fos ella.


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