EN LA
GUERRA Y EN EL AMOR
Anoche dieron otra guerra en
el telediario mientras tú partías una naranja en la cocina. Así de obsceno es
el mundo: un edificio abierto en canal en la pantalla, una niña cubierta de
polvo mirando a ninguna parte, un hombre hablando de objetivos estratégicos con
la misma cara con la que otro recomienda un seguro de vida, y tú intentando que
no saltara el zumo sobre la encimera recién limpia.
Yo te miraba a ti y luego
miraba la televisión. A ti y luego a la televisión. Tus dedos. Los escombros.
Tu cuello. Una camilla. El cuchillo entrando en la fruta. Un misil entrando en
un barrio. Y pensé que quizá toda la historia de la humanidad cabe en esa
diferencia miserable: hay gente que aprende a cortar pan para compartirlo y hay
gente que aprende a partir cuerpos para defender una bandera, un dios, una
frontera o su pobre hombría con uniforme.
Luego salen los expertos.
Siempre salen. Le ponen nombre serio a la carnicería, como si cambiarle el
traje al crimen lo volviera razonable. Hablan de daños colaterales, de
respuesta proporcional, de escalada, de geopolítica. Nunca dicen lo esencial:
que matar sigue siendo matar aunque lo haga un Estado, aunque lo bendiga un
himno, aunque lo justifique un mapa lleno de flechas.
Tú dejaste medio vaso de zumo
a mi lado y me acariciaste la nuca como quien todavía cree que un gesto pequeño
puede sujetar el mundo. A lo mejor no lo sujeta. A lo mejor apenas lo
contradice. Pero algo es algo. Frente a su obsesión por la fuerza, nosotros aún
pelamos fruta, tendemos la cama, besamos despacio, preguntamos “¿has llegado
bien?”, encendemos una lámpara para que el otro no entre a oscuras. También eso
es una forma de resistencia.
No es un lugar común. Es
sentido común con la ropa manchada de siglos: matar no ha resuelto nunca nada.
Solo cambia de dueño el miedo, de idioma el odio y de tumba el hijo.
Por eso, cada vez que ellos
declaran una guerra, yo te abrazo un poco más fuerte. No por cobardía. Por
inteligencia. Porque frente a su religión de la destrucción, todavía me parece
más revolucionario seguir eligiendo la vida. La nuestra. La de cualquiera. La
que tiembla, la que sangra, la que ama. La única que importa.
«La soledad también puede llamarse libertad; solo hay que saber vivirla y vivir de ella.» (Se ha escrito tanto sobre la soledad que una helenista y mujer como Jacqueline de Romilly no podía ser menos; nació el 26 de marzo de 1913 y probablemente en algunos momentos de su larga vida estuvo en libertad)
Sting plasmó en la canción del vídeo esa mezcla de violencia absurda y fragilidad humana: la guerra como estupidez repetida y, enfrente, lo único decente que nos queda, que es cuidar, tocar, amar, seguir vivos sin volvernos piedra.
La tassa esquerdada
Quan ella va deixar caure la
tassa, ell no es va aixecar de seguida. Va mirar el terra com si allà s’hi
hagués trencat alguna cosa més antiga. Després, amb els genolls cansats, va
recollir els trossos un a un.
—Encara fem soroll per
qualsevol cop —va dir ella.
—Sí, però ara sabem què no
s’ha de llençar.
Van enganxar la nansa amb una
paciència de gent gran i de gent enamorada. A fora, el món seguia practicant la
seva brutalitat de sempre. A dins, dues mans tremoloses salvaven una cosa
inútil. Potser l’amor era això: protegir la por de trencar-se.

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