LA
VEJEZ COMO INSURRECCIÓN

La noche que los jubilados
robaron sus propios expedientes médicos nadie sospechó nada, entre otras cosas
porque nadie sospecha nunca de un grupo de personas mayores salvo que ocupen
demasiado tiempo la cola de la farmacia.
Se reunieron a las siete de la
tarde en el bar La Parada, frente al ambulatorio. Cuatro cafés descafeinados,
una infusión digestiva y un cortado con leche fría, porque Fermín decía que a
sus ochenta y dos años ya no iba a permitir que el calcio decidiera la
temperatura de sus placeres.
—Esto no es un robo —dijo
Carmen, antigua administrativa del juzgado, con una carpeta azul sobre las
rodillas—. Es una recuperación patrimonial.
—Como las preferentes —añadió
Paquita.
—No me nombres bancos, que me
sube la tensión —protestó Fermín.
Eran seis. Carmen, que había
organizado la operación con la precisión de quien había archivado divorcios
durante treinta años. Paquita, diabética, viuda y capaz de mentirle a un médico
con más elegancia que un ministro en campaña. Fermín, bastón de nogal, rodilla
de titanio y una mala leche perfectamente conservada. Encarna, antigua modista,
dedos torcidos de artrosis pero aún capaces de abrir una cremallera sin mirar.
Julián, que había trabajado de celador en aquel mismo ambulatorio cuando los
ordenadores eran unas máquinas con complejo de frigorífico. Y Rosita, la más
joven, setenta y uno, recién jubilada, a la que todos llamaban “la niña” con
una crueldad cariñosa.
El plan era sencillo.
Entrarían por la puerta lateral a las ocho y diez, justo cuando Pilar, la
limpiadora, dejaba abierta la salida para tirar las bolsas. Julián conocía el
pasillo, Carmen sabía dónde estaban los archivos antiguos y Encarna llevaba en
el bolso unas herramientas pequeñas, envueltas en un pañuelo de flores, que
según ella no eran ganzúas sino “recursos de costura avanzada”.
—Recordad —dijo Carmen—:
venimos a por lo nuestro.
—Lo nuestro son las pensiones
—murmuró Fermín— y mira cómo nos las van devolviendo, a pellizcos y con cara de
favor.
A las ocho y doce cruzaron la
puerta lateral. Nadie les vio. O sí, pero una anciana con bolsa de tela, un
viejo con bastón y cuatro sombras lentas no parecen una banda organizada.
Parecen una visita equivocada. La sociedad tiene esa ventaja: cuando cumples
cierta edad te vuelve invisible y luego se queja de que no participes.
El ambulatorio olía a lejía, a
silla fría y a espera. Las luces del pasillo parpadeaban con esa vocación de
hospital público que tienen algunas bombillas: iluminar lo justo para que nadie
se haga ilusiones.
Llegaron al archivo.
Encarna se arrodilló ante la
cerradura.
—No hagas esfuerzos —le dijo
Rosita.
—Niña, he parido a tres hijos,
he cosido vestidos de novia para mujeres que no sabían ni querer al novio y he
aguantado cuarenta años a un marido del Espanyol. Esta cerradura no sabe con
quién se está metiendo.
Tardó veinte segundos.
Dentro, los expedientes
dormían en estanterías metálicas. Carpetas, cajas, etiquetas, fechas. Vidas
reducidas a cartulinas, analíticas, resonancias, informes, diagnósticos
escritos con una letra que parecía diseñada para que Dios tampoco pudiera
recurrir.
Carmen encendió una linterna.
—Cada uno busca el suyo.
Lo hicieron en silencio. Al
principio con prisa. Después con algo parecido al pudor. No era fácil verse
convertido en papeles. No era fácil encontrar la propia vida resumida en
palabras como “crónico”, “frágil”, “pluripatológico”, “dependiente”, “deterioro”,
“control”, “seguimiento”.
Paquita encontró el suyo y se
sentó en una silla.
—Aquí pone “mujer de setenta y
ocho años, obesa, viuda, con escasa adherencia a la dieta”.
—¿Y no es verdad? —preguntó
Fermín.
—Lo de viuda sí. Lo demás
depende del día y del pastel.
Pasó las hojas despacio. De
pronto se quedó quieta.
—No pone que cuidé a mi marido
seis años cuando ya no sabía quién era yo. No pone que aprendí a pincharme sola
porque mi hija vive en Málaga. No pone que los domingos hago canelones para mi
nieto, aunque diga que ahora es vegano y luego repita dos veces.
Nadie dijo nada.
Fermín encontró su carpeta y
soltó una carcajada seca.
—A mí me llaman “paciente poco
colaborador”.
—Normal —dijo Carmen—. Una vez
le dijiste al traumatólogo que tenía menos sensibilidad que una mesa de
formica.
—Y no mentí. Eso deberían
ponerlo también. “Paciente sincero ante mobiliario médico”.
Rosita, al abrir el suyo,
descubrió que seguía constando como “ama de casa”.
—He llevado la contabilidad de
una empresa treinta y cinco años.
—Para ellos, si una mujer no
lleva bata blanca o toga, es ama de casa —dijo Carmen—. Y si la lleva, también,
pero con horario.
Julián no hablaba. Tenía su
expediente sobre la mesa y acariciaba la tapa con los dedos. En la primera
página constaba su nombre, su edad, sus alergias, sus antecedentes. Más
adelante, un informe de cardiología. Más allá, la palabra que nadie quiere encontrar
aunque ya la haya oído: insuficiencia.
—Aquí está todo lo que falla
—dijo al fin—. Pero no está lo que aún funciona.
—¿Qué funciona? —preguntó
Encarna.
Julián levantó la vista.
—Que esta mañana he bajado a
comprar pan y la panadera me ha guardado la barra tostada porque sabe que me
gusta. Que todavía distingo la voz de mi mujer en sueños. Que me acuerdo de la
alineación del Barça del setenta y cuatro y no del nombre del nuevo médico,
pero eso no es deterioro cognitivo, es criterio.
Carmen sacó de su carpeta azul
seis folios escritos a mano.
—Por eso estamos aquí.
Repartió uno a cada uno. En la
parte superior había un título: Anexo personal al historial clínico.
—Vamos a añadir lo que falta.
—¿Al expediente? —preguntó
Rosita.
—Al expediente, sí. Si ellos
escriben sobre nosotros, nosotros también podemos comparecer en nuestra propia
causa.
Durante media hora rellenaron
aquellos folios. Con letra grande, torcida, viva. Paquita escribió que su
azúcar subía cuando se acordaba de su marido, no solo cuando comía crema
catalana. Fermín añadió que el dolor de rodilla empeoraba con la humedad y con
los discursos del presidente de la comunidad. Encarna dejó constancia de que
sus manos no estaban deformadas, sino usadas. Rosita tachó “ama de casa” y
escribió debajo: “directora general de supervivencia doméstica y laboral no
remunerada en la parte emocional”. Julián anotó que su corazón fallaba, sí,
pero que había amado con él más de sesenta años y eso también debería puntuar
en alguna escala.
Carmen guardó los anexos
dentro de cada expediente.
—Ahora sí.
—¿No nos los llevamos?
—preguntó Fermín, decepcionado—. Yo venía preparado para delinquir un poco más.
—No —dijo Carmen—. Robarlos
sería aceptar que nos pertenecen solo si desaparecen. Vamos a dejarlos aquí,
contaminados de vida.
Antes de marcharse, pegaron en
la puerta del archivo una nota escrita con rotulador negro:
No somos vuestros pacientes.
Somos vuestra biografía pendiente.
Salieron por el mismo pasillo,
despacio, con la dignidad sospechosa de quienes acaban de cometer un acto
revolucionario sin romper una papelera. Fuera, la noche seguía igual. Los
coches pasaban. El bar La Parada bajaba la persiana. Una ambulancia cruzó la
avenida con la sirena encendida, llevando a alguien hacia ese lugar donde todos
acabamos alguna vez: una cama, una máquina, una pregunta.
Al día siguiente, en el
ambulatorio, hubo cierto revuelo. Se habló de intrusión, de vandalismo
documental, de falta de seguridad. Nadie utilizó la palabra justicia. Para eso,
como para tantas cosas importantes, no había casilla en el sistema.
Una médica joven encontró el
anexo de Julián y lo leyó entero. Luego hizo algo raro. Algo mínimo. Algo casi
peligroso.
En la siguiente visita, al
abrir el historial, no preguntó primero por la insuficiencia cardíaca.
Miró a Julián y le dijo:
—Hábleme de su mujer.
Y Julián, que había ido
preparado para enseñar el pecho, se llevó la mano al corazón.
Por una vez, no para que se lo
auscultaran.
«Todo fracaso es un paso hacia
el éxito; cada detección de lo falso nos dirige hacia lo verdadero.» (William
Whewell nacido el 24 de mayo de 1794 ya sabía y así lo dijo que la experiencia
es haber acumulado errores. Lo que ya es un arte más complicado es detectar lo
falso sobre todo cuando estamos convencid@s de lo contrario)
Rosanne Cash cumple hoy 71 años y espero que lo celebre a menos de 500 millas de donde ella quiere estar.
El tren que no perdona
La mare deia que els trens
només marxen si algú els deixa marxar. Ella no la va creure. Va pujar amb una
bossa, un abric prim i aquella dignitat absurda que només escalfa els primers
quilòmetres. Després vingueren les estacions buides, les monedes comptades, el
fred sota les ungles. A cinc-centes milles de casa, va descobrir que la
distància no fa soroll: et mira des del vidre i espera. Quan el tren va xiular,
no va plorar. Va fer una cosa pitjor. Va recordar el camí de tornada.
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