jueves, 28 de mayo de 2026

 

MAYO DECLARÓ COMO TESTIGO


A finales de mayo, el país empezó a sudar antes de desayunar.

No era un sudor noble, de obrero con camisa pegada a la espalda y bocadillo envuelto en papel de aluminio. Era un sudor de despacho, de moqueta, de rueda de prensa, de garganta seca frente a un micrófono. El tipo de sudor que no moja: delata.

En los juzgados habían encendido los ventiladores antiguos, esos que remueven el aire sin mejorarlo, como ciertos portavoces. Las aspas giraban sobre las cabezas de abogados, periodistas, asesores, investigados y señores que siempre dicen “máxima tranquilidad” con la cara de quien ha escondido una cerilla en un almacén de gasolina.

Fuera, el asfalto se ablandaba. Dentro, las versiones también.

El juez entró en la sala con una carpeta bajo el brazo. No traía tormenta, aunque todos la esperaban. Traía folios. En este país los folios pesan más que las nubes. Una nube descarga y se va. Un folio se queda, se incorpora a las actuaciones, cría anexos, funda una familia procesal y termina sentando a alguien donde antes se sentaban las excusas.

—Hace mucho calor —dijo un abogado, para romper el hielo.

Nadie se rió.

El hielo llevaba años desaparecido.

Los partidos políticos habían enviado a sus mejores intérpretes del bochorno. A la derecha, una señora con abanico patriótico juraba que el calor venía de la corrupción ajena. A la izquierda, un señor con corbata floja aseguraba que aquello no era calor, sino una ofensiva térmica de los poderes oscuros. En el centro, como siempre, alguien intentaba vender aire acondicionado moderado con financiación europea.

El termómetro de la entrada marcaba cuarenta grados.

El de la sala, imputaciones.

Cada partido llevaba su propia sombra plegable. Cuando el foco apuntaba al vecino, hablaban de regeneración democrática, higiene institucional y respeto absoluto a la justicia. Cuando el foco giraba hacia ellos, aparecían las palabras grandes, esas sombrillas caras: persecución, lawfare, cloacas, montaje, maniobra, campaña.

El calor, que no entiende de argumentarios, seguía subiendo.

En la cafetería del juzgado, los periodistas bebían agua tibia en vasos de plástico. Uno preguntó:

—¿Tú crees que esto acabará en algo?

El otro miró hacia la puerta de la sala, donde varios asesores caminaban deprisa sin moverse de sitio.

—Acabar, acabar… aquí no acaba nada. Aquí las causas prescriben, las carreras sobreviven y la culpa cambia de chaqueta.

En la calle, una anciana se protegía la cabeza con una carpeta azul. No sabía quién era culpable. Tampoco le importaba mucho. Había venido por un asunto de comunidad de propietarios y llevaba tres horas esperando en un pasillo que olía a papel, cansancio y café quemado de máquina. Miró a los políticos entrando por la puerta reservada y preguntó al funcionario:

—¿Estos también esperan turno?

El funcionario sonrió con tristeza administrativa.

—No, señora. Estos vienen a explicar por qué nunca les toca.

A mediodía, el aire dejó de circular. Los ventiladores seguían girando, pero ya no engañaban a nadie. Eran como comisiones de investigación: mucho movimiento, poco alivio.

Entonces se fue la luz.

Durante unos segundos, la sala quedó en penumbra. Sin cámaras, sin pantallas, sin pinganillos, sin asesores susurrando frases de salvamento. Solo cuerpos sudando. Personas. Carne con cargo público. Carne con toga. Carne con prisa. Carne con miedo.

Y en esa oscuridad breve, casi decente, todos escucharon lo mismo: el zumbido del país recalentado.

No venía solo del clima.

Venía de años de promesas cocidas al sol, de expedientes guardados en cajones templados, de discursos que habían aprendido a transpirar indignación por encargo. Venía de una política que había confundido gobernar con sobrevivir al siguiente titular. Venía de unos tribunales convertidos en estación meteorológica de la democracia: cada auto, una alerta naranja; cada sumario, una masa de aire caliente; cada declaración, una nube de polvo levantada para que nadie viera el suelo.

Cuando volvió la luz, todos recompusieron la cara.

El juez pidió continuar.

Los abogados se ajustaron las chaquetas empapadas. Los políticos recuperaron la dignidad facial. Los periodistas encendieron los móviles. Los portavoces prepararon frases con la eficacia de quien pela fruta podrida para servirla en bandeja.

Fuera, el cielo estaba blanco, sin misericordia.

Alguien dijo que el martes bajarían las temperaturas.

Nadie se atrevió a preguntar cuándo bajaría la vergüenza.

«El misterio de la vida no se resuelve con el éxito, que es un fin en sí mismo, sino con el fracaso, con la lucha perpetua, con el llegar a ser.» (Patrick White nacido el 28 de mayo de 1912 lo consiguió, el éxito quiero decir. Fue premio noble de literatura en 1973)

A Kylie Minogue la conocí hace unos 28 años a través de tevetrés. Intervenía en un culebrón "Veïns" que nos tenía enganchados a mi hija Flors y a mi a mediodía hasta el capítulo 1700... más o menos. Hoy cumple 58 espléndidos años.

La inquilina

Des que vas marxar, el meu cap cobra lloguer per hores. Hi vius tu, amb aquella cançó enganxada als llavis i una maleta que mai no acabes de desfer.

He provat de fer neteja, canviar els mobles, obrir finestres. Res. Tu continues asseguda al mig del pensament, creuant les cames com si fossis propietària.

Ahir vaig decidir oblidar-te.

Vaig tancar els ulls, vaig respirar fons i, durant tres segons, ho vaig aconseguir.

Llavors vas trucar des de dins.


2 comentarios:

  1. Si conviertes el éxito en el sentido de la vida,te quedas con algo cerrado, en cambio
    el fracaso obliga a transformarte.Muy apropiada la música!

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