MEMORIA
SELECTIVA
Me di cuenta una tarde
cualquiera, de esas que no merecen entrar en ningún diario porque solo traen
recibos, una lavadora pendiente y el espejo del baño empeñado en trabajar horas
extras.
Me estaba poniendo crema en
los brazos. No por coquetería, que también, sino porque la piel, a partir de
cierta edad, empieza a tener más sed que paciencia. Pasé la mano por el hombro,
por la curva del cuello, por esa zona donde antes alguien se detenía como quien
encuentra una palabra exacta en mitad de una frase torpe.
Y entonces lo noté.
Mi piel no recordaba todo.
No recordaba las manos que me
tocaron sin verme. Ni los besos dados por costumbre, ni aquellas noches en que
hice el papel de mujer deseada mientras pensaba en la lista de la compra, en
los niños, en la reunión del día siguiente o en si quedaba pan para el
desayuno. Tampoco recordaba las torpezas, las prisas, los cumplidos de saldo,
los cuerpos que venían a buscar confirmación y no encuentro.
Mi piel, la muy descarada,
había hecho limpieza general sin consultarme.
Recordaba, en cambio, una mano
en mi cintura mientras sonaba una canción horrible en un bar de carretera.
Recordaba una boca que no tuvo prisa. Recordaba la espalda contra una pared
fría y aquella risa mía, tan joven, tan impropia, tan poco domesticada. Recordaba
incluso lo que yo había decidido olvidar por sensatez, esa palabra que tantas
veces usamos para no decir miedo.
Me miré en el espejo. Allí
estaba yo. Con mis años, mis marcas, mis pequeñas rendiciones, mis victorias
sin testigos. No era la muchacha de entonces. Gracias a Dios. Bastante trabajo
me dio sobrevivir a ella.
Pero debajo de la piel seguía
viviendo una mujer que no había pedido permiso para quedarse.
Aquella noche apagué la luz
antes de acostarme. No por pudor.
Por darle ventaja a la
memoria.
«No vemos que todas las crisis
vienen de la incapacidad de amar a los demás.» (Al autor de la frase, Buddhadasa
nacido el 27 de mayo de 1906, le diría que cada vez hay más personas que nos
ponen muy difícil amarlas, así que vamos de crisis en crisis)
Hoy cumple 61 años Amparo Llanos que le da una marcha a la guitarra como nadie. Sin ella no existiría el grupo Dover al que no se le ha dado el reconocimiento que se merecían; claro, no son ni británic@s, ni estadounidens@s.
La porta que respirava
Quan la Marta va demanar que
l’alliberessin, ningú va mirar la porta. Tots van mirar el rellotge, el mòbil,
la cadira buida del pare. Ella, en canvi, va sentir com el pany li bategava als
dits.
Feia anys que vivia dins una
casa correcta, amb plantes regades, fotos somrients i una tristesa ben educada.
Va obrir.
A fora no hi havia carrer: hi
havia la mateixa Marta, més jove, fumant contra el vent.
—Ja era hora —li va dir.
I van marxar juntes, sense
tancar

Excelente!
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