domingo, 31 de mayo de 2026

 ¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?


Nos vendieron el tabaco como elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué. Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.

El tabaco dejaba olor en la ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.

Durante años, las tabacaleras negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales: que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda. Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia exista.

También hay una coincidencia más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción. Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar: primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.

La diferencia quizá sea esta: el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y cada vez más solo.

Ni el tabaco ni las redes triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.

Tal vez el verdadero paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.

Hemos tardado décadas en admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.

«Ahora que ya no estoy, os digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)

Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.


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