LA
EDAD CORREGIDA
Mi abuela falsificó su edad un
jueves por la tarde, entre una infusión de manzanilla y una multa de zona azul
que decidió no pagar porque, según ella, a partir de cierta edad una tiene
derecho a pequeñas insurrecciones administrativas.
No falsificó el DNI, que eso
le parecía vulgar y, sobre todo, peligroso. Falsificó la edad en una aplicación
de citas que mi prima le instaló “solo para mirar”. Como si mirar no fuese ya
el principio de casi todos los pecados interesantes.
—Pon sesenta y dos —le dijo mi
prima.
—Pon cincuenta y nueve
—corrigió mi abuela—. Si vamos a mentir, mintamos con ambición.
Tenía setenta y seis.
En la foto aparecía con un
pañuelo rojo, gafas de sol y esa sonrisa de quien ha enterrado a un marido, ha
criado a tres hijos, ha sobrevivido a dos operaciones, a una comunidad de
vecinos y a una dieta baja en sal. Una superviviente, vamos. Pero el algoritmo,
que debía de tener la sensibilidad emocional de una grapadora, no entendía de
biografías. Solo entendía de años, centímetros y aficiones al senderismo.
A los tres días conoció a
Ernesto. Él decía tener sesenta y cinco, aunque caminaba con la prudencia de
los ochenta y uno y hablaba de Franco como si aún pudiera encontrárselo en la
cola de la pescadería. Quedaron en una cafetería. Ella se pintó los labios con
un rojo que llevaba guardado desde una boda en la que ya no recordaba quién se
había casado, pero sí que el cava era malo.
—He mentido —le dijo él nada
más sentarse.
—Yo también —contestó ella.
Se miraron. No como se miran
los jóvenes, que todavía creen que el cuerpo es una promesa sin fecha de
caducidad. Se miraron como se miran quienes ya saben que el tiempo no perdona,
pero a veces se distrae.
Ernesto tenía ochenta. Ella
setenta y seis.
—Entonces somos dos
delincuentes —dijo él.
—No exagere. Somos dos
reincidentes.
Se rieron. Luego hablaron de
rodillas, de hijos que llamaban poco, de pastillas con nombres de planeta, de
noches demasiado largas y de manos que, por pura falta de uso, parecían muebles
tapados con una sábana.
Al despedirse, él le rozó los
dedos.
Mi abuela no rejuveneció.
Fue mucho mejor.
Volvió a tener edad para
temblar.
«No se puede ganar una guerra,
igual que no se puede ganar un terremoto.» (Jeannette Rankin nacida el 11 de
junio de 1880 fue una política pacifista como hemos podido deducir de su frase.
Entendía la guerra un desastre natural fabricado por humanos y, ya se sabe, en
los desastres tod@s perdemos)
Hablar de Coppola es hablar de cine en su integridad. El padre del famoso Coppola, Carmine, era un compositor bastante apañadito como se puede ver en la música que compuso para el Padrino. Hoy hubiese cumplido 116 años, una barbaridad. Él debió pensar lo mismo porque se quedó en los 81.
La maleta de Vito
Va baixar del vaixell amb un
nom massa llarg per a una oficina i massa petit per al dolor. A l’illa li van
mirar els ulls, les dents, la febre i la por. Ningú no li va preguntar què
deixava enrere. Millor així. Hi ha records que no passen la duana.
Quan li van canviar el nom, no
va protestar. Va guardar l’antic sota la llengua, com una navalla familiar.
Anys després, tots
pronunciaven el nou amb respecte.
Ell, en silenci, encara
responia al que li havien robat.

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