LA INVASIÓN DE LAS COMILLAS

Una
zapatilla flotaba junto al espigón del Tarajal.
Era
una zapatilla deportiva, negra, barata, de esas que empiezan a despegarse por
la puntera después de tres carreras y dos lluvias. Daba vueltas sobre sí misma
empujada por el agua. No llevaba bandera, ni pasaporte, ni programa electoral.
Tampoco parecía tener intención de conquistar nada.
Solo
tenía el mar dentro.
En
la televisión hablaban de «invasión».
La
palabra aparecía escrita en letras enormes, rojas, urgentes. La repetían los
tertulianos, los políticos y esa nueva especie de estrategas militares que se
forma durante la pausa publicitaria y adquiere el grado de coronel nada más
regresar al plató.
—Esto
es una invasión —decían.
Y
puede que lo fuera. No lo sé. Las palabras también tienen fronteras y conviene
vigilarlas antes de que entren en tromba y ocupen el pensamiento.
Porque
decenas de miles de personas atravesando en pocas horas una frontera no
constituyen una anécdota migratoria. Ni una incidencia. Ni uno de esos
«episodios de presión» con los que la Administración convierte el desastre en
una nota de prensa. Cuando una ciudad ve aumentada su población de golpe, los
centros de acogida revientan, los hospitales se saturan, los vecinos tienen
miedo y los agentes no saben dónde termina una emergencia y empieza la
siguiente, algo muy grave ha ocurrido.
Negarlo
sería una estupidez.
Pero
llamar ejército a una multitud de muchachos descalzos, familias con niños y
hombres agotados tampoco ayuda a comprenderlo. Un ejército lleva mando,
estrategia, armamento y objetivos militares. Aquellos llevaban flotadores,
teléfonos móviles metidos en bolsas y la fantasía de que, una vez alcanzada la
playa, Europa les abriría una puerta que lleva décadas cerrada.
No
eran soldados.
Aunque
alguien los utilizara como munición.
Ese
es el primer asunto del que nadie quiere hablar demasiado. Marruecos afirma que
aquello no le complacía, que deseaba el regreso de sus ciudadanos y que
colaboraba con España. Me tranquiliza mucho saberlo. Siempre es agradable
comprobar que una frontera puede desaparecer durante horas sin complacer a
ninguno de los dos países encargados de vigilarla.
Debe
de haber fronteras espontáneas.
Fronteras
que se toman vacaciones.
Fronteras
que, aprovechando la Fiesta del Trono, deciden dejar de trabajar por su cuenta.
Porque
cuando decenas de miles de personas consiguen cruzar desde un territorio
sometido a un considerable control policial solo caben algunas posibilidades:
que las autoridades marroquíes no pudieran impedirlo, que no supieran impedirlo
o que durante algún tiempo no tuvieran demasiado interés en hacerlo.
Las
tres merecen una explicación.
No
una sonrisa diplomática.
No
una declaración sobre la magnífica amistad entre ambos reinos.
No
otra fotografía de ministros estrechándose la mano mientras, detrás, alguien
recoge cadáveres del agua.
El
Gobierno español reaccionó desplegando policías, guardias civiles y soldados.
Hizo lo que debía hacer, aunque quizá demasiado tarde, cuando Ceuta ya estaba
desbordada y la frontera había dejado de ser una línea para convertirse en una
dirección aproximada. Después llegaron las explicaciones: las mafias, las redes
sociales, la sentencia del Supremo, la confusión jurídica, el engaño propagado
entre los jóvenes.
Todo
eso puede ser cierto.
Pero
ninguna sentencia retira a los agentes marroquíes de una frontera. Ningún
mensaje de WhatsApp desactiva por sí solo los dispositivos de vigilancia.
Ninguna mafia consigue movilizar a semejante multitud si previamente no existe
un inmenso depósito de desesperación dispuesto a estallar.
Y,
sobre todo, ninguna excusa debería impedir que nos hagamos la pregunta
incómoda: ¿cómo es posible que un Estado se entere de que su frontera ha cedido
al mismo tiempo que los espectadores del telediario?
El
Ministerio del Interior habló de «cooperación ejemplar» con Marruecos mientras
el Ejército español salía a la calle para reparar las consecuencias de esa
ejemplaridad.
Debe
de ser una nueva acepción del término.
Cuando
un Gobierno califica de excelente aquello que acaba de fracasar, ya no está
haciendo diplomacia. Está administrando anestesia.
El
Gobierno de Ceuta pidió ayuda, cierre de la frontera, mando único y una
respuesta nacional. Hizo bien. Una ciudad de ese tamaño no puede afrontar sola
una situación semejante. Sería como pedirle a una comunidad de vecinos que
apagara un incendio forestal con los cubos de fregar.
También
convendría recordar que Ceuta lleva años advirtiendo de su fragilidad. Años
escuchando que es una prioridad estratégica, una frontera europea, un territorio
irrenunciable y otras expresiones solemnes que quedan muy bien en los discursos
del Día de Ceuta.
Luego
llega la noche, empiezan a entrar personas por el mar y descubrimos que la
prioridad estratégica tenía pocos recursos, escaso espacio de acogida y un plan
de emergencia redactado, probablemente, en futuro.
Después
apareció la oposición.
El
Partido Popular formuló preguntas legítimas. Hay que revisar los instrumentos
legales, reforzar la frontera, solicitar apoyo europeo y aclarar las
responsabilidades políticas. Eso es oposición. Para eso se le paga.
El
problema empieza cuando alguno de sus dirigentes deja de fiscalizar al Gobierno
y acusa al presidente de permitir una invasión para ocultar sus procesos
judiciales. Entonces la tragedia se convierte en una pieza más de la gresca
nacional, como si los muertos del Tarajal hubieran nadado hasta Ceuta para
colaborar en una estrategia de comunicación de La Moncloa. El PP pidió reformar
la ley, movilizar a Frontex y declarar la situación de interés para la
Seguridad Nacional; junto a esas propuestas aparecieron acusaciones que
reducían el episodio a otra conspiración partidista.
Vox
tampoco perdió el tiempo.
Nunca
lo pierde cuando hay miedo disponible.
Donde
otros veían personas, ellos vieron hordas. Donde había una crisis humanitaria y
de seguridad, encontraron una oportunidad para exigir deportaciones masivas,
señalar a las organizaciones humanitarias y convertir a cualquier extranjero en
sospechoso preventivo.
Es
una habilidad política muy rentable: llegar después de la tragedia y fingir que
llevabas años esperándola para tener razón.
En
el extremo contrario, cierta izquierda continúa actuando como si pronunciar la
palabra «frontera» fuera una indecencia ideológica. Habla de derechos —y hace
bien—, pero en ocasiones parece olvidar que los derechos necesitan
instituciones capaces de garantizarlos. Un Estado que no controla quién entra
tampoco puede proteger adecuadamente a quien entra, atender al que pide asilo,
identificar a los menores ni impedir que las redes criminales trafiquen con
seres humanos.
Defender
una frontera no obliga a odiar a quienes intentan atravesarla.
Y
defender a los migrantes no exige fingir que las fronteras no existen.
Esa
falsa elección nos ha llevado hasta aquí: o la alambrada sin humanidad o la
humanidad sin ninguna organización. Como si no hubiera una tercera posibilidad
llamada Estado de derecho, planificación, cooperación exigente y respeto por la
vida.
Europa,
mientras tanto, descubrió repentinamente que Ceuta también era Europa. Algunos
gobiernos expresaron solidaridad. Otros empezaron a reforzar controles por
miedo a que aquellas personas llegaran a sus aeropuertos, estaciones o campañas
electorales. Europa siempre reconoce sus fronteras cuando sospecha que el
problema puede cruzarlas.
Hasta
entonces son españolas.
O
ceutíes.
O de
alguien que viva suficientemente lejos de Bruselas.
Y en
medio de todos estaban los de siempre: guardias civiles sacando personas del
agua, policías intentando mantener el orden, militares improvisando espacios,
sanitarios atendiendo cuerpos agotados, organizaciones humanitarias repartiendo
comida y vecinos de Ceuta contemplando cómo su ciudad se convertía en
escenario, titular y arma arrojadiza.
Ellos
no tuvieron tiempo de discutir si se trataba de una invasión, una crisis
migratoria, una violación territorial o un episodio de instrumentalización.
Tenían
gente delante.
Gente
mojada, asustada, hambrienta.
Y
también tenían miedo.
Porque
los ceutíes tienen derecho a sentir miedo sin que nadie los llame racistas.
Tienen derecho a exigir seguridad, control y ayuda. Del mismo modo que quienes
llegaron tienen derecho a no ser descritos como una plaga, una enfermedad o una
tropa enemiga.
Ambas
cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Esa
es la parte que peor soporta la política.
La
realidad no cabe bien en una pancarta.
Ni
en un tuit.
Ni
en una palabra escrita con letras rojas.
Aquella
noche continué mirando la zapatilla flotando junto al espigón. Pensé en su
dueño. Quizá había regresado a Marruecos. Quizá estaba durmiendo sobre un
cartón. Quizá era uno de los que ya no regresarían a ninguna parte.
En
el plató seguían discutiendo.
Unos
culpaban a Sánchez.
Otros
a Marruecos.
Otros
a las mafias.
Otros
al Tribunal Supremo.
Otros
a las ONG.
Todos
parecían tener clarísimo quién era el responsable, salvo quienes tenían la
responsabilidad.
Apagué
la televisión.
La
zapatilla siguió flotando en la pantalla negra durante unos segundos, como esas
imágenes que permanecen en los ojos después de mirar demasiado tiempo una luz.
La
llamaron invasión.
Pero
quizá la verdadera invasión fue otra: la de la incompetencia, los eufemismos,
los cálculos electorales y las frases fabricadas para no asumir culpas.
Las
personas cruzaron la frontera empapadas.
Las
excusas llegaron secas.