sábado, 1 de agosto de 2026

 

LA INVASIÓN DE LAS COMILLAS


Una zapatilla flotaba junto al espigón del Tarajal.

Era una zapatilla deportiva, negra, barata, de esas que empiezan a despegarse por la puntera después de tres carreras y dos lluvias. Daba vueltas sobre sí misma empujada por el agua. No llevaba bandera, ni pasaporte, ni programa electoral. Tampoco parecía tener intención de conquistar nada.

Solo tenía el mar dentro.

En la televisión hablaban de «invasión».

La palabra aparecía escrita en letras enormes, rojas, urgentes. La repetían los tertulianos, los políticos y esa nueva especie de estrategas militares que se forma durante la pausa publicitaria y adquiere el grado de coronel nada más regresar al plató.

—Esto es una invasión —decían.

Y puede que lo fuera. No lo sé. Las palabras también tienen fronteras y conviene vigilarlas antes de que entren en tromba y ocupen el pensamiento.

Porque decenas de miles de personas atravesando en pocas horas una frontera no constituyen una anécdota migratoria. Ni una incidencia. Ni uno de esos «episodios de presión» con los que la Administración convierte el desastre en una nota de prensa. Cuando una ciudad ve aumentada su población de golpe, los centros de acogida revientan, los hospitales se saturan, los vecinos tienen miedo y los agentes no saben dónde termina una emergencia y empieza la siguiente, algo muy grave ha ocurrido.

Negarlo sería una estupidez.

Pero llamar ejército a una multitud de muchachos descalzos, familias con niños y hombres agotados tampoco ayuda a comprenderlo. Un ejército lleva mando, estrategia, armamento y objetivos militares. Aquellos llevaban flotadores, teléfonos móviles metidos en bolsas y la fantasía de que, una vez alcanzada la playa, Europa les abriría una puerta que lleva décadas cerrada.

No eran soldados.

Aunque alguien los utilizara como munición.

Ese es el primer asunto del que nadie quiere hablar demasiado. Marruecos afirma que aquello no le complacía, que deseaba el regreso de sus ciudadanos y que colaboraba con España. Me tranquiliza mucho saberlo. Siempre es agradable comprobar que una frontera puede desaparecer durante horas sin complacer a ninguno de los dos países encargados de vigilarla.

Debe de haber fronteras espontáneas.

Fronteras que se toman vacaciones.

Fronteras que, aprovechando la Fiesta del Trono, deciden dejar de trabajar por su cuenta.

Porque cuando decenas de miles de personas consiguen cruzar desde un territorio sometido a un considerable control policial solo caben algunas posibilidades: que las autoridades marroquíes no pudieran impedirlo, que no supieran impedirlo o que durante algún tiempo no tuvieran demasiado interés en hacerlo.

Las tres merecen una explicación.

No una sonrisa diplomática.

No una declaración sobre la magnífica amistad entre ambos reinos.

No otra fotografía de ministros estrechándose la mano mientras, detrás, alguien recoge cadáveres del agua.

El Gobierno español reaccionó desplegando policías, guardias civiles y soldados. Hizo lo que debía hacer, aunque quizá demasiado tarde, cuando Ceuta ya estaba desbordada y la frontera había dejado de ser una línea para convertirse en una dirección aproximada. Después llegaron las explicaciones: las mafias, las redes sociales, la sentencia del Supremo, la confusión jurídica, el engaño propagado entre los jóvenes.

Todo eso puede ser cierto.

Pero ninguna sentencia retira a los agentes marroquíes de una frontera. Ningún mensaje de WhatsApp desactiva por sí solo los dispositivos de vigilancia. Ninguna mafia consigue movilizar a semejante multitud si previamente no existe un inmenso depósito de desesperación dispuesto a estallar.

Y, sobre todo, ninguna excusa debería impedir que nos hagamos la pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un Estado se entere de que su frontera ha cedido al mismo tiempo que los espectadores del telediario?

El Ministerio del Interior habló de «cooperación ejemplar» con Marruecos mientras el Ejército español salía a la calle para reparar las consecuencias de esa ejemplaridad.

Debe de ser una nueva acepción del término.

Cuando un Gobierno califica de excelente aquello que acaba de fracasar, ya no está haciendo diplomacia. Está administrando anestesia.

El Gobierno de Ceuta pidió ayuda, cierre de la frontera, mando único y una respuesta nacional. Hizo bien. Una ciudad de ese tamaño no puede afrontar sola una situación semejante. Sería como pedirle a una comunidad de vecinos que apagara un incendio forestal con los cubos de fregar.

También convendría recordar que Ceuta lleva años advirtiendo de su fragilidad. Años escuchando que es una prioridad estratégica, una frontera europea, un territorio irrenunciable y otras expresiones solemnes que quedan muy bien en los discursos del Día de Ceuta.

Luego llega la noche, empiezan a entrar personas por el mar y descubrimos que la prioridad estratégica tenía pocos recursos, escaso espacio de acogida y un plan de emergencia redactado, probablemente, en futuro.

Después apareció la oposición.

El Partido Popular formuló preguntas legítimas. Hay que revisar los instrumentos legales, reforzar la frontera, solicitar apoyo europeo y aclarar las responsabilidades políticas. Eso es oposición. Para eso se le paga.

El problema empieza cuando alguno de sus dirigentes deja de fiscalizar al Gobierno y acusa al presidente de permitir una invasión para ocultar sus procesos judiciales. Entonces la tragedia se convierte en una pieza más de la gresca nacional, como si los muertos del Tarajal hubieran nadado hasta Ceuta para colaborar en una estrategia de comunicación de La Moncloa. El PP pidió reformar la ley, movilizar a Frontex y declarar la situación de interés para la Seguridad Nacional; junto a esas propuestas aparecieron acusaciones que reducían el episodio a otra conspiración partidista.

Vox tampoco perdió el tiempo.

Nunca lo pierde cuando hay miedo disponible.

Donde otros veían personas, ellos vieron hordas. Donde había una crisis humanitaria y de seguridad, encontraron una oportunidad para exigir deportaciones masivas, señalar a las organizaciones humanitarias y convertir a cualquier extranjero en sospechoso preventivo.

Es una habilidad política muy rentable: llegar después de la tragedia y fingir que llevabas años esperándola para tener razón.

En el extremo contrario, cierta izquierda continúa actuando como si pronunciar la palabra «frontera» fuera una indecencia ideológica. Habla de derechos —y hace bien—, pero en ocasiones parece olvidar que los derechos necesitan instituciones capaces de garantizarlos. Un Estado que no controla quién entra tampoco puede proteger adecuadamente a quien entra, atender al que pide asilo, identificar a los menores ni impedir que las redes criminales trafiquen con seres humanos.

Defender una frontera no obliga a odiar a quienes intentan atravesarla.

Y defender a los migrantes no exige fingir que las fronteras no existen.

Esa falsa elección nos ha llevado hasta aquí: o la alambrada sin humanidad o la humanidad sin ninguna organización. Como si no hubiera una tercera posibilidad llamada Estado de derecho, planificación, cooperación exigente y respeto por la vida.

Europa, mientras tanto, descubrió repentinamente que Ceuta también era Europa. Algunos gobiernos expresaron solidaridad. Otros empezaron a reforzar controles por miedo a que aquellas personas llegaran a sus aeropuertos, estaciones o campañas electorales. Europa siempre reconoce sus fronteras cuando sospecha que el problema puede cruzarlas.

Hasta entonces son españolas.

O ceutíes.

O de alguien que viva suficientemente lejos de Bruselas.

Y en medio de todos estaban los de siempre: guardias civiles sacando personas del agua, policías intentando mantener el orden, militares improvisando espacios, sanitarios atendiendo cuerpos agotados, organizaciones humanitarias repartiendo comida y vecinos de Ceuta contemplando cómo su ciudad se convertía en escenario, titular y arma arrojadiza.

Ellos no tuvieron tiempo de discutir si se trataba de una invasión, una crisis migratoria, una violación territorial o un episodio de instrumentalización.

Tenían gente delante.

Gente mojada, asustada, hambrienta.

Y también tenían miedo.

Porque los ceutíes tienen derecho a sentir miedo sin que nadie los llame racistas. Tienen derecho a exigir seguridad, control y ayuda. Del mismo modo que quienes llegaron tienen derecho a no ser descritos como una plaga, una enfermedad o una tropa enemiga.

Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Esa es la parte que peor soporta la política.

La realidad no cabe bien en una pancarta.

Ni en un tuit.

Ni en una palabra escrita con letras rojas.

Aquella noche continué mirando la zapatilla flotando junto al espigón. Pensé en su dueño. Quizá había regresado a Marruecos. Quizá estaba durmiendo sobre un cartón. Quizá era uno de los que ya no regresarían a ninguna parte.

En el plató seguían discutiendo.

Unos culpaban a Sánchez.

Otros a Marruecos.

Otros a las mafias.

Otros al Tribunal Supremo.

Otros a las ONG.

Todos parecían tener clarísimo quién era el responsable, salvo quienes tenían la responsabilidad.

Apagué la televisión.

La zapatilla siguió flotando en la pantalla negra durante unos segundos, como esas imágenes que permanecen en los ojos después de mirar demasiado tiempo una luz.

La llamaron invasión.

Pero quizá la verdadera invasión fue otra: la de la incompetencia, los eufemismos, los cálculos electorales y las frases fabricadas para no asumir culpas.

Las personas cruzaron la frontera empapadas.

Las excusas llegaron secas.