LA
SILLA DE LOS MÉRITOS
La primera vez que la silla
tiró al concejal de Modernización, todos pensamos que había sido un fallo
hidráulico. La segunda, cuando escupió al jefe de Servicio de Coordinación
Estratégica contra el ficus de plástico, empezamos a sospechar que el mobiliario
municipal había adquirido conciencia. La tercera, cuando se negó a sostener al
director del Área de Innovación Administrativa justo después de pronunciar la
palabra sinergias, el interventor pidió que aquello constara en acta.
Nadie supo cómo redactarlo.
En la administración pública
existe un formulario para casi todo: pedir una licencia, corregir una licencia
mal pedida, extraviar el expediente de una licencia, negar haber extraviado el
expediente de una licencia y constituir una comisión para estudiar por qué la
licencia sigue debajo de una carpeta azul desde 2018. Pero no había modelo
normalizado para una silla con principios.
La silla había llegado el
lunes, embalada con cartón ecológico y una pegatina del proveedor: “Ergonomía
inteligente para organizaciones del siglo XXI”. La compraron con cargo a
una partida de prevención de riesgos laborales, porque el Ayuntamiento llevaba
años previniendo riesgos, sobre todo el riesgo de trabajar demasiado.
Era una silla gris, discreta,
con respaldo flexible, ruedas suaves y reposabrazos regulables. Una silla de
despacho importante. No de esas que se sientan contigo, sino de esas que se
sientan sobre ti.
La colocaron en la sala de
juntas, en la cabecera de la mesa ovalada donde se celebraban las reuniones que
empezaban con retraso, continuaban con PowerPoint y terminaban con la frase “lo
seguimos trabajando”, que en la administración significa “esto morirá en una
subcarpeta”.
Yo trabajaba en Recursos
Humanos. Me llamo Martín Soler y llevaba veintidós años en el Ayuntamiento,
tiempo suficiente para haber visto desaparecer tres planes de eficiencia, dos
plataformas digitales, cinco concejales de impulso transversal y una máquina de
café que funcionaba. Lo de la máquina de café fue lo más traumático, porque al
menos aquella daba resultados.
El concejal de Modernización
quiso estrenar la silla en una reunión sobre simplificación administrativa. Era
un hombre joven, con barba cuidada, zapatillas blancas y esa seguridad de quien
ha leído dos libros de liderazgo en diagonal. Traía bajo el brazo una carpeta
vacía. No era una metáfora: estaba vacía. En el Ayuntamiento algunos habían
llegado muy lejos con menos.
—Hoy empezamos una nueva etapa
—dijo, sentándose—. Queremos una administración ágil, cercana y centrada en las
personas.
La silla bajó tres
centímetros.
El concejal miró debajo,
molesto.
—Será el pistón.
Nadie contestó. En una
administración pública, cuando alguien dice “será el pistón”, lo prudente es
asentir aunque no haya pistón, ni silla, ni esperanza.
—Necesitamos romper silos
—continuó—, generar ecosistemas colaborativos y poner al ciudadano en el
centro.
La silla se inclinó hacia la
derecha y lo depositó en el suelo con una delicadeza insultante.
No fue una caída violenta. Fue
peor. Fue educada. La silla lo dejó caer como quien devuelve un expediente mal
tramitado.
Durante unos segundos nadie
respiró.
Luego Pilar, la auxiliar del
Registro, murmuró:
—Pues centrado, centrado, ha
quedado.
El concejal se levantó rojo,
se sacudió el pantalón y dijo que aquello era inadmisible.
La silla crujió.
No fue un crujido de mueble.
Fue un crujido con expediente sancionador.
Llamaron al proveedor esa
misma mañana. Apareció un técnico llamado Eusebio, con una caja de herramientas
y cara de haber visto muchas sillas, pero pocas revoluciones éticas.
—A ver, que me siente yo
—dijo.
Se sentó. La silla no hizo
nada.
Subió, bajó, giró, ajustó el
respaldo.
—Está perfecta.
—No puede estar perfecta —dijo
el jefe de Servicio—. Ha tirado al concejal.
—Eso no lo cubre la garantía.
—¿Cómo que no?
—La garantía cubre defectos de
fabricación. No criterios políticos.
El jefe de Servicio lo miró
con disgusto.
—Aquí nadie ha hablado de
política.
La silla soltó un pequeño
sonido neumático. Como una risa, pero con nómina.
A partir de ahí empezó la
investigación. Primero informal, que es como empiezan las cosas serias cuando
nadie quiere firmarlas. Luego formal, que es como continúan cuando ya no queda
más remedio.
La llamaron Comisión de
Seguimiento del Incidente Ergonómico.
La presidía el director del
Área de Organización, un hombre que llevaba doce años reorganizando sin que
nadie hubiera notado mejora alguna, salvo en la longitud de los organigramas.
También estaban el jefe de Recursos Humanos, la técnica de Prevención, el
interventor, una asesora jurídica y yo, porque alguien tenía que tomar notas y
conservar cierta tristeza profesional.
La silla ocupaba el centro de
la sala. Nadie quería sentarse.
—Tenemos que abordar esto con
rigor —dijo el director de Organización.
La silla giró sola hasta darle
la espalda.
—¿Lo habéis visto? —preguntó
Pilar desde la puerta.
—Pilar, esta reunión es
interna.
—Ya. Como todo lo que luego
tengo que arreglar yo.
Pilar era auxiliar
administrativa desde hacía treinta y un años. Sabía dónde estaban los
expedientes, quién los había perdido, quién fingía buscarlos y qué funcionario
tenía escondida una grapadora buena en el cajón. Si el Ayuntamiento hubiera
ardido, Pilar habría reconstruido la institución con tres clips y una mirada de
desprecio.
—Si queréis comprobar la silla
—dijo—, que se siente alguien útil.
Hubo silencio.
Era una propuesta peligrosa.
En una administración, la palabra “útil” conviene usarla con guantes.
—Siéntate tú —dije.
Pilar dejó la carpeta sobre la
mesa y se sentó.
La silla no solo la sostuvo.
Subió un poco. El respaldo se adaptó a su espalda. Los reposabrazos encajaron a
la altura exacta. Las ruedas se bloquearon con suavidad. Parecía cómoda.
Parecía agradecida.
Pilar arqueó una ceja.
—Pues esta silla entiende.
El interventor tomó nota.
—Debe constar que el bien
mueble presenta comportamiento diferencial según usuario.
—Ponga usted lo que quiera
—dijo Pilar—, pero la silla no es tonta.
Esa frase circuló por el
Ayuntamiento antes del mediodía.
A las dos, ya había cola en el
pasillo.
Primero se sentó Tomás,
administrativo de Urbanismo, un hombre lento, inseguro, de los que preguntaban
siempre antes de estropear algo. La silla lo sostuvo.
—Yo no domino bien el programa
nuevo —confesó—, pero me estoy mirando los tutoriales en casa.
La silla subió medio
centímetro.
Luego se sentó Maribel,
técnica de Medio Ambiente, que había salvado más subvenciones europeas que
todos los cargos de confianza juntos.
—Yo he redactado tres planes
que luego firmaron otros —dijo.
La silla permaneció firme,
casi solemne.
Después se sentó el asesor de
Comunicación.
—Mi función es construir
relato institucional.
La silla salió rodando hacia
atrás y lo dejó en medio del pasillo.
—Eso ha sido violencia
mobiliaria —dijo él desde el suelo.
—No —respondió Pilar—. Eso ha
sido síntesis.
Durante una semana, la silla
se convirtió en el acontecimiento principal del Ayuntamiento. Más que el
presupuesto, más que la huelga de limpieza, más que la web municipal, que
llevaba caída desde el jueves y aún figuraba en Twitter como “administración digital
de referencia”.
Los empleados hablaban de ella
en la máquina de agua.
—A mí me sostuvo.
—Normal, tú trabajas.
—Al de Participación Ciudadana
lo tiró antes de sentarse.
—Eso es prevención.
Los jefes, en cambio,
empezaron a preocuparse. Algunos cambiaban de pasillo para no cruzarse con la
sala de juntas. Otros decían que aquello era una superstición. El director de
Innovación pidió teletrabajar indefinidamente, cosa sorprendente porque hasta
entonces había defendido que “la presencia genera cultura”.
El alcalde convocó una reunión
urgente.
El alcalde era un hombre de
sonrisa entrenada y frases redondas. Había aprendido a decir “escuchar a la
ciudadanía” sin escuchar a nadie en particular. No era mala persona. Ese era
precisamente el problema: las malas personas son más fáciles de narrar. Él era
amable, simpático y hueco, como una rotonda recién inaugurada.
Entró en la sala con su jefe
de gabinete, dos asesores y una fotógrafa.
—Vamos a resolver esto con
naturalidad —dijo.
—¿Con fotos? —pregunté.
—La transparencia es
importante.
—Sobre todo si hay flash —dijo
Pilar.
El alcalde sonrió, aunque no
le hizo gracia. Los políticos tienen una resistencia admirable a la vergüenza
ajena, especialmente cuando es propia.
—Yo me voy a sentar —anunció—.
Y así terminamos con rumores.
La sala se quedó quieta.
El alcalde se acercó a la
silla. La miró como se mira a un perro grande que quizá no muerde si nota
autoridad.
Se sentó.
Durante dos segundos no
ocurrió nada.
El jefe de gabinete suspiró.
La fotógrafa levantó la cámara.
—Como veis —dijo el alcalde—,
las instituciones deben estar por encima de las anécdotas.
La silla empezó a bajar.
Muy despacio.
—La ciudadanía espera de
nosotros altura de miras.
La silla bajó más.
—Y liderazgo compartido.
Más.
—Y una apuesta decidida por el
talento interno.
La silla quedó tan baja que la
barbilla del alcalde apenas superaba el borde de la mesa.
Pilar tosió para no reírse. Le
salió mal.
El alcalde intentó levantarse,
pero la silla bloqueó las ruedas y giró hacia la pared, dejándolo de cara a un
cartel de prevención que decía: “Tu postura importa”.
El interventor carraspeó.
—Esto ya tiene alcance
institucional.
El jefe de gabinete se
abalanzó sobre la situación con esa agilidad que solo tienen quienes no hacen
nada pero lo hacen deprisa.
—Hay que controlar el relato.
La silla crujió.
—El relato también —añadió
Pilar.
La crisis llegó al pleno
municipal. La oposición pidió explicaciones. El gobierno habló de sabotaje. Un
concejal acusó al proveedor. Otro insinuó que podía tratarse de una campaña
contra la estabilidad. Alguien propuso auditar todas las sillas del edificio.
El sindicato, con excelente
instinto, exigió que la silla formara parte de los procesos de promoción
interna.
—Si evalúa mejor que algunos
tribunales —dijo un delegado—, habrá que reconocerle funciones.
Aquello desató el pánico.
El problema no era que la
silla tirara a los incompetentes. El problema era que acertaba demasiado.
Se solicitó un informe
jurídico.
La asesora redactó veintisiete
páginas para concluir que el Ayuntamiento no podía reconocer capacidad
valorativa a un bien mueble sin modificar previamente el inventario, el
reglamento orgánico y probablemente la autoestima de varios departamentos.
El informe terminaba así:
“No obstante, se recomienda
adoptar medidas preventivas para evitar que el uso no regulado del asiento
genere expectativas legítimas de justicia organizativa.”
Esa frase fue celebrada por
todos los que no pensaban sentarse nunca.
Finalmente, el alcalde dictó
una resolución.
La silla fue retirada de la
sala de juntas “por razones de seguridad, neutralidad institucional y prudencia
administrativa”. Nadie dijo miedo. En las resoluciones no se dice miedo. Se
dice prudencia administrativa, que queda igual de cobarde pero con sello.
La llevaron al archivo, planta
sótano, junto a expedientes de obras menores, urnas viejas y material electoral
caducado.
Pensé que ahí acabaría todo.
Me equivoqué.
Dos meses después, el
Ayuntamiento presentó su gran proyecto anual: Plan Integral de Evaluación
Objetiva del Talento Público 2030. Había logotipo, vídeo promocional, nota
de prensa y una jornada inaugural con café malo y pastas secas, que es como se
solemnizan las mentiras modestas.
El alcalde habló de mérito,
capacidad, innovación y cultura evaluadora. El concejal de Modernización,
sentado en una silla nueva con doble refuerzo, anunció una herramienta digital
para medir competencias mediante cuestionarios anónimos.
—Queremos escuchar a nuestra
gente —dijo.
Pilar, a mi lado, susurró:
—Mientras no responda.
Al final del acto descubrieron
una placa en la entrada del archivo municipal.
Decía:
ESPACIO DE MEMORIA ERGONÓMICA
En reconocimiento a los
avances del Ayuntamiento en cultura organizativa.
Debajo, tras una vitrina,
estaba la silla.
Limpia. Iluminada. Inofensiva.
Le habían puesto un cordón
rojo delante, como a las obras de arte y a las verdades peligrosas.
Los cargos se hicieron fotos a
su lado. Ninguno se sentó.
Esa fue la solución
definitiva: cuando un mueble empezó a evaluar de verdad, la administración lo
convirtió en exposición permanente.
Y así todos pudieron seguir
hablando de mérito sin correr el riesgo de practicarlo.
«El impuesto no debe ser
destructivo ni desproporcionado a la masa de ingresos de la nación.» (François
Quesnay fue un economista y filósofo nacido el 4 de junio de 1694 que ya se dio
cuenta de la voracidad del estado para con sus ciudadanos. Una frase que nos
viene muy bien por estas fechas)
Supongo que The Beatles tuvieron que pagar sus impuestos por dedicarle la canción del vídeo al "recaudador de impuestos".
La mossegada legal
Cada abril, l’Ernest somreia
davant del mirall i practicava cara de ciutadà responsable. Després obria la
carta d’Hisenda i li queien deu anys, dues il·lusions i mitja esperança.
—És pel bé comú —deia el
funcionari, sense aixecar els ulls.
L’Ernest va assentir. Al
carrer, va comprar una llibreta petita i hi va escriure: “Avui m’han robat amb
rebut”.
Aquella nit va dormir
tranquil. Per fi havia entès la civilització.

Algunos la utilizan para criticar el exceso de gasto público o de impuestos, mientras que otros sostienen que determinados niveles de recaudación pueden justificarse si financian servicios, infraestructuras o protección social que también contribuyen al desarrollo económico.
ResponderEliminarEstamos de acuerdo: hay que contribuir y, por tanto, exigir unos mínimos en el funcionamiento de los servicios públicos que deben ser de calidad. La parte negativa es que entre no contribuyentes y defraudadores esos servicios de calidad debes pagarlos por tu cuenta.
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