jueves, 4 de junio de 2026

 

LA SILLA DE LOS MÉRITOS


La primera vez que la silla tiró al concejal de Modernización, todos pensamos que había sido un fallo hidráulico. La segunda, cuando escupió al jefe de Servicio de Coordinación Estratégica contra el ficus de plástico, empezamos a sospechar que el mobiliario municipal había adquirido conciencia. La tercera, cuando se negó a sostener al director del Área de Innovación Administrativa justo después de pronunciar la palabra sinergias, el interventor pidió que aquello constara en acta.

Nadie supo cómo redactarlo.

En la administración pública existe un formulario para casi todo: pedir una licencia, corregir una licencia mal pedida, extraviar el expediente de una licencia, negar haber extraviado el expediente de una licencia y constituir una comisión para estudiar por qué la licencia sigue debajo de una carpeta azul desde 2018. Pero no había modelo normalizado para una silla con principios.

La silla había llegado el lunes, embalada con cartón ecológico y una pegatina del proveedor: “Ergonomía inteligente para organizaciones del siglo XXI”. La compraron con cargo a una partida de prevención de riesgos laborales, porque el Ayuntamiento llevaba años previniendo riesgos, sobre todo el riesgo de trabajar demasiado.

Era una silla gris, discreta, con respaldo flexible, ruedas suaves y reposabrazos regulables. Una silla de despacho importante. No de esas que se sientan contigo, sino de esas que se sientan sobre ti.

La colocaron en la sala de juntas, en la cabecera de la mesa ovalada donde se celebraban las reuniones que empezaban con retraso, continuaban con PowerPoint y terminaban con la frase “lo seguimos trabajando”, que en la administración significa “esto morirá en una subcarpeta”.

Yo trabajaba en Recursos Humanos. Me llamo Martín Soler y llevaba veintidós años en el Ayuntamiento, tiempo suficiente para haber visto desaparecer tres planes de eficiencia, dos plataformas digitales, cinco concejales de impulso transversal y una máquina de café que funcionaba. Lo de la máquina de café fue lo más traumático, porque al menos aquella daba resultados.

El concejal de Modernización quiso estrenar la silla en una reunión sobre simplificación administrativa. Era un hombre joven, con barba cuidada, zapatillas blancas y esa seguridad de quien ha leído dos libros de liderazgo en diagonal. Traía bajo el brazo una carpeta vacía. No era una metáfora: estaba vacía. En el Ayuntamiento algunos habían llegado muy lejos con menos.

—Hoy empezamos una nueva etapa —dijo, sentándose—. Queremos una administración ágil, cercana y centrada en las personas.

La silla bajó tres centímetros.

El concejal miró debajo, molesto.

—Será el pistón.

Nadie contestó. En una administración pública, cuando alguien dice “será el pistón”, lo prudente es asentir aunque no haya pistón, ni silla, ni esperanza.

—Necesitamos romper silos —continuó—, generar ecosistemas colaborativos y poner al ciudadano en el centro.

La silla se inclinó hacia la derecha y lo depositó en el suelo con una delicadeza insultante.

No fue una caída violenta. Fue peor. Fue educada. La silla lo dejó caer como quien devuelve un expediente mal tramitado.

Durante unos segundos nadie respiró.

Luego Pilar, la auxiliar del Registro, murmuró:

—Pues centrado, centrado, ha quedado.

El concejal se levantó rojo, se sacudió el pantalón y dijo que aquello era inadmisible.

La silla crujió.

No fue un crujido de mueble. Fue un crujido con expediente sancionador.

Llamaron al proveedor esa misma mañana. Apareció un técnico llamado Eusebio, con una caja de herramientas y cara de haber visto muchas sillas, pero pocas revoluciones éticas.

—A ver, que me siente yo —dijo.

Se sentó. La silla no hizo nada.

Subió, bajó, giró, ajustó el respaldo.

—Está perfecta.

—No puede estar perfecta —dijo el jefe de Servicio—. Ha tirado al concejal.

—Eso no lo cubre la garantía.

—¿Cómo que no?

—La garantía cubre defectos de fabricación. No criterios políticos.

El jefe de Servicio lo miró con disgusto.

—Aquí nadie ha hablado de política.

La silla soltó un pequeño sonido neumático. Como una risa, pero con nómina.

A partir de ahí empezó la investigación. Primero informal, que es como empiezan las cosas serias cuando nadie quiere firmarlas. Luego formal, que es como continúan cuando ya no queda más remedio.

La llamaron Comisión de Seguimiento del Incidente Ergonómico.

La presidía el director del Área de Organización, un hombre que llevaba doce años reorganizando sin que nadie hubiera notado mejora alguna, salvo en la longitud de los organigramas. También estaban el jefe de Recursos Humanos, la técnica de Prevención, el interventor, una asesora jurídica y yo, porque alguien tenía que tomar notas y conservar cierta tristeza profesional.

La silla ocupaba el centro de la sala. Nadie quería sentarse.

—Tenemos que abordar esto con rigor —dijo el director de Organización.

La silla giró sola hasta darle la espalda.

—¿Lo habéis visto? —preguntó Pilar desde la puerta.

—Pilar, esta reunión es interna.

—Ya. Como todo lo que luego tengo que arreglar yo.

Pilar era auxiliar administrativa desde hacía treinta y un años. Sabía dónde estaban los expedientes, quién los había perdido, quién fingía buscarlos y qué funcionario tenía escondida una grapadora buena en el cajón. Si el Ayuntamiento hubiera ardido, Pilar habría reconstruido la institución con tres clips y una mirada de desprecio.

—Si queréis comprobar la silla —dijo—, que se siente alguien útil.

Hubo silencio.

Era una propuesta peligrosa. En una administración, la palabra “útil” conviene usarla con guantes.

—Siéntate tú —dije.

Pilar dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó.

La silla no solo la sostuvo. Subió un poco. El respaldo se adaptó a su espalda. Los reposabrazos encajaron a la altura exacta. Las ruedas se bloquearon con suavidad. Parecía cómoda. Parecía agradecida.

Pilar arqueó una ceja.

—Pues esta silla entiende.

El interventor tomó nota.

—Debe constar que el bien mueble presenta comportamiento diferencial según usuario.

—Ponga usted lo que quiera —dijo Pilar—, pero la silla no es tonta.

Esa frase circuló por el Ayuntamiento antes del mediodía.

A las dos, ya había cola en el pasillo.

Primero se sentó Tomás, administrativo de Urbanismo, un hombre lento, inseguro, de los que preguntaban siempre antes de estropear algo. La silla lo sostuvo.

—Yo no domino bien el programa nuevo —confesó—, pero me estoy mirando los tutoriales en casa.

La silla subió medio centímetro.

Luego se sentó Maribel, técnica de Medio Ambiente, que había salvado más subvenciones europeas que todos los cargos de confianza juntos.

—Yo he redactado tres planes que luego firmaron otros —dijo.

La silla permaneció firme, casi solemne.

Después se sentó el asesor de Comunicación.

—Mi función es construir relato institucional.

La silla salió rodando hacia atrás y lo dejó en medio del pasillo.

—Eso ha sido violencia mobiliaria —dijo él desde el suelo.

—No —respondió Pilar—. Eso ha sido síntesis.

Durante una semana, la silla se convirtió en el acontecimiento principal del Ayuntamiento. Más que el presupuesto, más que la huelga de limpieza, más que la web municipal, que llevaba caída desde el jueves y aún figuraba en Twitter como “administración digital de referencia”.

Los empleados hablaban de ella en la máquina de agua.

—A mí me sostuvo.

—Normal, tú trabajas.

—Al de Participación Ciudadana lo tiró antes de sentarse.

—Eso es prevención.

Los jefes, en cambio, empezaron a preocuparse. Algunos cambiaban de pasillo para no cruzarse con la sala de juntas. Otros decían que aquello era una superstición. El director de Innovación pidió teletrabajar indefinidamente, cosa sorprendente porque hasta entonces había defendido que “la presencia genera cultura”.

El alcalde convocó una reunión urgente.

El alcalde era un hombre de sonrisa entrenada y frases redondas. Había aprendido a decir “escuchar a la ciudadanía” sin escuchar a nadie en particular. No era mala persona. Ese era precisamente el problema: las malas personas son más fáciles de narrar. Él era amable, simpático y hueco, como una rotonda recién inaugurada.

Entró en la sala con su jefe de gabinete, dos asesores y una fotógrafa.

—Vamos a resolver esto con naturalidad —dijo.

—¿Con fotos? —pregunté.

—La transparencia es importante.

—Sobre todo si hay flash —dijo Pilar.

El alcalde sonrió, aunque no le hizo gracia. Los políticos tienen una resistencia admirable a la vergüenza ajena, especialmente cuando es propia.

—Yo me voy a sentar —anunció—. Y así terminamos con rumores.

La sala se quedó quieta.

El alcalde se acercó a la silla. La miró como se mira a un perro grande que quizá no muerde si nota autoridad.

Se sentó.

Durante dos segundos no ocurrió nada.

El jefe de gabinete suspiró. La fotógrafa levantó la cámara.

—Como veis —dijo el alcalde—, las instituciones deben estar por encima de las anécdotas.

La silla empezó a bajar.

Muy despacio.

—La ciudadanía espera de nosotros altura de miras.

La silla bajó más.

—Y liderazgo compartido.

Más.

—Y una apuesta decidida por el talento interno.

La silla quedó tan baja que la barbilla del alcalde apenas superaba el borde de la mesa.

Pilar tosió para no reírse. Le salió mal.

El alcalde intentó levantarse, pero la silla bloqueó las ruedas y giró hacia la pared, dejándolo de cara a un cartel de prevención que decía: “Tu postura importa”.

El interventor carraspeó.

—Esto ya tiene alcance institucional.

El jefe de gabinete se abalanzó sobre la situación con esa agilidad que solo tienen quienes no hacen nada pero lo hacen deprisa.

—Hay que controlar el relato.

La silla crujió.

—El relato también —añadió Pilar.

La crisis llegó al pleno municipal. La oposición pidió explicaciones. El gobierno habló de sabotaje. Un concejal acusó al proveedor. Otro insinuó que podía tratarse de una campaña contra la estabilidad. Alguien propuso auditar todas las sillas del edificio.

El sindicato, con excelente instinto, exigió que la silla formara parte de los procesos de promoción interna.

—Si evalúa mejor que algunos tribunales —dijo un delegado—, habrá que reconocerle funciones.

Aquello desató el pánico.

El problema no era que la silla tirara a los incompetentes. El problema era que acertaba demasiado.

Se solicitó un informe jurídico.

La asesora redactó veintisiete páginas para concluir que el Ayuntamiento no podía reconocer capacidad valorativa a un bien mueble sin modificar previamente el inventario, el reglamento orgánico y probablemente la autoestima de varios departamentos.

El informe terminaba así:

“No obstante, se recomienda adoptar medidas preventivas para evitar que el uso no regulado del asiento genere expectativas legítimas de justicia organizativa.”

Esa frase fue celebrada por todos los que no pensaban sentarse nunca.

Finalmente, el alcalde dictó una resolución.

La silla fue retirada de la sala de juntas “por razones de seguridad, neutralidad institucional y prudencia administrativa”. Nadie dijo miedo. En las resoluciones no se dice miedo. Se dice prudencia administrativa, que queda igual de cobarde pero con sello.

La llevaron al archivo, planta sótano, junto a expedientes de obras menores, urnas viejas y material electoral caducado.

Pensé que ahí acabaría todo.

Me equivoqué.

Dos meses después, el Ayuntamiento presentó su gran proyecto anual: Plan Integral de Evaluación Objetiva del Talento Público 2030. Había logotipo, vídeo promocional, nota de prensa y una jornada inaugural con café malo y pastas secas, que es como se solemnizan las mentiras modestas.

El alcalde habló de mérito, capacidad, innovación y cultura evaluadora. El concejal de Modernización, sentado en una silla nueva con doble refuerzo, anunció una herramienta digital para medir competencias mediante cuestionarios anónimos.

—Queremos escuchar a nuestra gente —dijo.

Pilar, a mi lado, susurró:

—Mientras no responda.

Al final del acto descubrieron una placa en la entrada del archivo municipal.

Decía:

ESPACIO DE MEMORIA ERGONÓMICA

En reconocimiento a los avances del Ayuntamiento en cultura organizativa.

Debajo, tras una vitrina, estaba la silla.

Limpia. Iluminada. Inofensiva.

Le habían puesto un cordón rojo delante, como a las obras de arte y a las verdades peligrosas.

Los cargos se hicieron fotos a su lado. Ninguno se sentó.

Esa fue la solución definitiva: cuando un mueble empezó a evaluar de verdad, la administración lo convirtió en exposición permanente.

Y así todos pudieron seguir hablando de mérito sin correr el riesgo de practicarlo.

«El impuesto no debe ser destructivo ni desproporcionado a la masa de ingresos de la nación.» (François Quesnay fue un economista y filósofo nacido el 4 de junio de 1694 que ya se dio cuenta de la voracidad del estado para con sus ciudadanos. Una frase que nos viene muy bien por estas fechas)

Supongo que The Beatles tuvieron que pagar sus impuestos por dedicarle la canción del vídeo al "recaudador de impuestos".

La mossegada legal

Cada abril, l’Ernest somreia davant del mirall i practicava cara de ciutadà responsable. Després obria la carta d’Hisenda i li queien deu anys, dues il·lusions i mitja esperança.

—És pel bé comú —deia el funcionari, sense aixecar els ulls.

L’Ernest va assentir. Al carrer, va comprar una llibreta petita i hi va escriure: “Avui m’han robat amb rebut”.

Aquella nit va dormir tranquil. Per fi havia entès la civilització.

 



2 comentarios:

  1. Algunos la utilizan para criticar el exceso de gasto público o de impuestos, mientras que otros sostienen que determinados niveles de recaudación pueden justificarse si financian servicios, infraestructuras o protección social que también contribuyen al desarrollo económico.

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  2. Estamos de acuerdo: hay que contribuir y, por tanto, exigir unos mínimos en el funcionamiento de los servicios públicos que deben ser de calidad. La parte negativa es que entre no contribuyentes y defraudadores esos servicios de calidad debes pagarlos por tu cuenta.

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