jueves, 16 de julio de 2026

 

AHORA TODOS SOMOS UNOS HIJOS DE PUTA


A las cinco y media de la mañana del 16 de julio de 1945, en un lugar llamado Jornada del Muerto —la geografía también sabe hacer profecías—, un grupo de hombres aguardaba detrás de unos cristales oscuros.

A nueve kilómetros de ellos, sobre una torre de acero, habían colocado una esfera de plutonio. La llamaban Gadget, «el artefacto», como quien pone un diminutivo a un monstruo para que parezca menos peligroso.

La cuenta atrás llegó a cero.

Durante un instante, la noche dejó de existir. El desierto se volvió blanco, después púrpura, luego verde. La torre se evaporó y la arena se fundió formando un vidrio desconocido, la trinitita, como si la tierra hubiera querido conservar una cicatriz brillante. La onda expansiva recorrió más de ciento sesenta kilómetros.

Había funcionado.

Kenneth Bainbridge, director de la prueba, contempló aquel amanecer fabricado por el hombre, se volvió hacia Oppenheimer y dijo:

—Ahora todos somos unos hijos de puta.

Tres semanas después, Hiroshima. Tres días más tarde, Nagasaki.

La ciencia había aprobado el examen.

La humanidad empezó a suspenderlo.

Hoy, ochenta y un años después, un obelisco de piedra negra señala el lugar exacto de la explosión. En determinados días se permite la entrada de visitantes, que llegan, contemplan el desierto y hacen fotografías junto al punto donde comenzó la era atómica.

Quizá Bainbridge solo se equivocó en una palabra.

No fue «ahora».

Fue «para siempre».

«Los recuerdos son balas. Algunos pasan silbando y solo te sobresaltan. Otros te desgarran y te dejan hecho pedazos» (La frase es de Richard Kadrey que nació en 1957 e ignoro si hoy es su cumpleaños. No será la fecha de su “traspaso”. Lo he traído porque me encanta lo que dice y, sobre todo, lo que deja entrever.)

Y allá por julio de 1980 la del vídeo era una de las canciones que arrasaba. Es de Paul McCartney y se titula "Coming Up" (traducido por lo que viene o lo que está por llegar) 


El futur desafinat

Durant quaranta anys, l’Esteve va prometre que algun dia deixaria la fàbrica, aprendria saxòfon i convidaria la Mercè a ballar.

Quan es va jubilar, va comprar l’instrument, però el primer so va espantar el gat i la Mercè va riure com quan tenien vint anys.

Van apartar els mobles i ballaren sense música, perquè l’Esteve encara no sabia tocar.

A mitja cançó, ella li xiuxiuejà:

—Tota la vida esperant que arribés el futur.

Ell la va estrènyer.

—Doncs no miris enrere. Ja és aquí.


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