EL BAZAR DE LOS SÁBADOS

Los sábados por la mañana,
Julián vendía su vida en un mercadillo.
Se levantaba temprano, aunque
ya no tenía ninguna razón para madrugar. Preparaba café para una sola taza,
abría las persianas del salón y dejaba entrar una luz gris que apenas calentaba
los muebles. Después escogía algún objeto, lo limpiaba con cuidado y lo
guardaba en una maleta con ruedas.
Al principio llevó libros.
No porque le sobrasen. Los
libros nunca sobran. Pero empezaban a pesarle de una manera que no tenía que
ver con el papel.
Los colocaba sobre una mesa
plegable, ordenados por tamaños, y esperaba a que algún desconocido se acercase
a hojear aquellas páginas que él había leído tumbado junto a Clara, cuando
todavía compartían cama, domingos y una confianza casi infantil en que las
cosas importantes duraban para siempre.
—¿Cuánto por este? —preguntó
una mujer sosteniendo El amante.
Julián reconoció la
dedicatoria antes de abrirlo.
«Para que algún día aprendas
que amar no es entender».
Clara se lo había regalado por
su cumpleaños. Él se rio al leerla y le preguntó qué significaba. Ella le
respondió que, precisamente, significaba eso.
—Dos euros —dijo Julián.
La mujer miró el libro, luego
la mesa.
—¿Uno?
Julián asintió.
La vio marcharse con el libro
bajo el brazo y sintió que aquella frase, escrita treinta años atrás con tinta
azul, ya pertenecía a otra persona.
Después llegaron los discos.
Las fotografías. Un jarrón comprado en Lisboa. Dos copas de cristal que habían
sobrevivido a las mudanzas, al lavavajillas y al matrimonio. También una
bufanda roja que Clara olvidó en el armario la mañana en que se marchó.
No se llevó muchas cosas.
Una maleta, el ordenador, dos
vestidos, algunos libros y el abrigo gris.
Julián interpretó aquella
modestia como una señal de regreso. Durante meses dejó vacío su lado de la
cama. Conservó su cepillo de dientes. Siguió comprando los yogures de limón que
solo comía ella. Incluso evitaba cerrar del todo la puerta por las noches, como
si Clara pudiera regresar de madrugada y él no quisiera obligarla a buscar las
llaves en el bolso.
Más tarde comprendió que
algunas personas se marchan con poco porque ya se han llevado lo esencial antes
de cruzar la puerta.
Al principio quiso
recuperarla.
Le escribió mensajes largos,
de esos que empiezan pidiendo perdón y terminan exigiendo una respuesta. Ella
contestaba con frases cada vez más breves.
«Necesito tiempo».
«No quiero discutir».
«Cuídate».
A Julián aquel «cuídate» le
pareció la forma más educada del abandono. Era lo que se decía a un enfermo, a
un anciano o a alguien a quien ya no se pensaba cuidar.
La esperaba a la salida del
trabajo. Le enviaba flores. Recordaba aniversarios que, cuando estaban juntos,
había olvidado. Aprendió a escuchar cuando ya no tenía a quién hacerlo. Se
convirtió en el hombre que Clara había esperado durante años justo cuando ella
había dejado de esperarlo.
Después vino la rabia.
La llamó egoísta, cobarde,
desagradecida. Le dijo que había desperdiciado los mejores años de su vida,
aunque ambos sabían que los habían gastado juntos, con esa lentitud doméstica
con la que se gastan las cosas que creemos inagotables.
Más tarde vino el silencio.
No llegó de golpe. Se fue
instalando en la casa como el polvo. Primero ocupó las cenas. Después los
pasillos. Luego se quedó a dormir junto a él.
Y, finalmente, llegó el
mercadillo.
Cada sábado vendía algo
relacionado con Clara. No lo hacía por necesidad. Tampoco para olvidarla.
Quería averiguar cuánto valían los recuerdos cuando se sacaban de la memoria y
se colocaban sobre una mesa.
El jarrón de Lisboa lo compró
una pareja joven por cinco euros.
—Es precioso —dijo ella.
—Está un poco torcido
—advirtió Julián.
—Eso lo hace especial
—respondió el muchacho, rodeándola por la cintura.
Julián recordó que Clara había
dicho exactamente lo mismo en una tienda cercana a la plaza del Comercio.
Llovía aquel día. Se habían refugiado bajo un toldo y ella llevaba el pelo
pegado a las mejillas. Él la besó allí, entre turistas, tranvías y olor a piedra
mojada.
Durante unos segundos quiso
recuperar el jarrón.
Pero la pareja ya se alejaba
entre los puestos, llevándose aquella pieza imperfecta y la arrogancia hermosa
de quienes aún creen que todo lo roto puede volverse especial.
Otro sábado vendió las copas.
Otro, la lámpara del
dormitorio.
Una mujer compró el reloj de
pared que Clara adelantaba cinco minutos porque odiaba llegar tarde. Un
muchacho se llevó el tocadiscos. Un matrimonio adquirió la mesa del comedor,
aquella donde habían celebrado cumpleaños, firmado hipotecas, discutido por los
hijos y apoyado las manos alguna noche para no tocarse.
La bufanda roja permaneció
meses sobre el puesto.
Nadie parecía interesarse por
ella.
Quizá porque estaba gastada.
Quizá porque conservaba una forma que ya no correspondía a ningún cuello.
Julián creía percibir todavía el perfume de Clara, aunque sabía que los
perfumes no sobreviven doce años. Lo que olía era otra cosa: una tarde de invierno,
un semáforo, una discusión olvidada, el vaho de dos respiraciones mezclándose
bajo la lluvia.
Una mañana de noviembre, una
muchacha se detuvo frente a la mesa.
—¿Cuánto cuesta?
Julián acarició la lana.
Recordó a Clara bajando
deprisa por las escaleras. Recordó cómo se envolvía el cuello con aquella
bufanda antes de salir. Recordó el rojo moviéndose en la calle, alejándose
entre la gente. Recordó muchas cosas, pero ninguna completa.
—No lo sé —respondió.
—¿No está a la venta?
A pocos metros, un joven
esperaba a la muchacha con las manos en los bolsillos. Tenía esa impaciencia
resignada de quien todavía ama y cree que esperar unos minutos es una
desgracia.
—Cinco euros —dijo Julián.
La joven se puso la bufanda.
—¿Me queda bien?
Él la miró.
Por un instante, el tejido
rojo pareció recuperar su antiguo calor.
—Sí —contestó—. Te queda bien.
La muchacha pagó y corrió
hacia el joven. Él le dijo algo que Julián no alcanzó a escuchar. Ella rio.
Después caminaron juntos, muy cerca el uno del otro, hasta desaparecer entre la
multitud.
Julián sintió una punzada
leve.
No era dolor. El dolor tiene
algo de vivo. Aquello era apenas el recuerdo de un dolor.
Recogió el puesto antes de
tiempo y regresó a casa.
El piso estaba casi vacío. En
las paredes quedaban rectángulos más claros donde habían colgado los cuadros.
Las habitaciones devolvían el eco de sus pasos. En el dormitorio solo
permanecían la cama, una mesilla y un armario sin ropa.
Abrió el último cajón.
Allí guardaba las fotografías
que todavía no se había atrevido a llevar al mercadillo.
Buscó una de Clara.
Tardó en encontrarla porque ya
no recordaba bien su rostro.
Reconoció el pelo oscuro, la
sonrisa, el lunar junto a la boca. Sabía que era ella. Sabía que había dormido
durante años junto a aquella mujer, que conoció la temperatura de su espalda,
el sonido de su risa detrás de una puerta, la manera en que pronunciaba su
nombre cuando estaba enfadada.
Pero ahora la miraba como se
mira a alguien que aparece en una vieja fotografía familiar: con la certeza de
haberlo amado y la incapacidad de recordar cómo.
Se sentó en el borde de la
cama.
Afuera empezaba a llover.
Durante mucho tiempo había
creído que el día más triste de su vida sería aquel en que dejara de amar a
Clara.
Ahora comprendía que se había
equivocado.
Lo verdaderamente triste era
que el amor pudiera marcharse sin cerrar la puerta, sin despedirse, sin hacer
ruido.
Y que, con los años, uno acabara echando de menos incluso el dolor que dejó.
«La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de Olympe de Gouges denuncia la principal contradicción de la Revolución: proclamar derechos universales mientras excluía políticamente a la mitad de la población. Fue guillotinada en 1793)
El señor que aparece en el vídeo es Léo Ferré cantando "Avec le temps" que hoy me ha inspirado para escribir el relato. Si tenéis la oportunidad conseguir la letra en el idioma que queráis y entendáis porque es nostálgicamente preciosa.
L’última tassa
Cada diumenge posava dues
tasses damunt la taula, tot i que feia anys que ningú no s’asseia davant seu.
Al principi, encara li
parlava. Després només servia el cafè. Més tard, va deixar buida la segona
tassa.
Aquell matí, en obrir
l’armari, descobrí que no recordava quina era la seva.
En trià una a l’atzar, hi
abocà el cafè i somrigué.
No perquè hagués oblidat.
Sinó perquè, finalment, també
havia oblidat el dolor de recordar.
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