FUERA
DE JUEGO
Eusebio conocía de memoria el
reglamento del fútbol. Sabía cuándo una mano era voluntaria, cuándo un
delantero interfería en la jugada y cuántos centímetros bastaban para convertir
una rodilla en fuera de juego.
Lo que no sabía era por qué le
pagaban parte del sueldo en un sobre, por qué el alquiler subía cada año ni qué
significaban aquellas cartas certificadas que el banco enviaba a su hermana.
—Eso son cosas de políticos
—decía—. Todos iguales.
En cambio, el domingo se
levantaba temprano, ajustaba la antena del tejado y colocaba frente al
televisor una silla que había rescatado de un contenedor. Durante noventa
minutos dejaba de ser un hombre que compartía habitación con sus dos hijos y se
convertía en entrenador, árbitro, presidente del club y ministro de Justicia.
—¡Penalti! —gritaba—. ¡Esto es
un robo!
Aquella tarde, mientras el
equipo de su vida perdía por un gol, llamaron a la puerta. Dos agentes
judiciales y un cerrajero le entregaron una orden de desahucio. Eusebio leyó
las primeras líneas, no entendió nada y dejó el papel sobre la mesa.
—Ahora no puedo atenderles.
Estamos en el descuento.
Los hombres esperaron. El
delantero cayó dentro del área y el árbitro mandó seguir. Eusebio se puso en
pie, golpeó la pared y exigió justicia con una voz que se oyó en todo el
barrio.
Nadie protestó cuando el
cerrajero cambió la cerradura.
Al salir, Eusebio todavía
miraba por la ventana el televisor encendido. El árbitro consultaba el VAR.
—A ver si rectifica —murmuró.
Pero aquella tarde, como
tantas otras, la única injusticia que pudo revisarse fue la del partido.
«Siempre existe algún fenómeno
cultural o social ridículo sobre el que se puede escribir.» (Steve O’Donnell
cumple hoy 72 años y lo traigo aquí porque me ha copiado el pensamiento. De
autoayuda para l@s escritor@s que se encuentran ante la página en blanco)
Urs Bühler miembro del grupo Il Divo cumple 55 años. El grupo, para quién no los conozca, son representantes de la música pastel, esa tan necesaria escuchar para cuando estamos deprimid@s y acabarnos de rematar.
El segon plat
Cada vespre, l’Arnau parava
taula per a dos. Deia que era costum, però deixava el plat d’ella calent, com
si l’absència pogués arribar tard. Una nit, va sentir la clau al pany. Va
córrer cap a la porta amb el cor disposat a perdonar-ho tot.
Era la veïna. Li tornava una
carta extraviada.
A dins, la seva dona només
havia escrit: «No tornaré. Però no deixis d’estimar-me».
L’Arnau va somriure, va
retirar el segon plat i, per primera vegada, va sopar sense esperar ningú.

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