sábado, 18 de julio de 2026

 

LOS DOS MUERTOS DE TERESA

Cada vez que un camión entraba en la plaza de Sant Jaume, Teresa levantaba la cabeza y esperaba la explosión.

No podía evitarlo. El ruido de los motores se le había quedado adherido al miedo desde los bombardeos de marzo. Primero escuchaba el traqueteo. Después imaginaba el zumbido de los aviones. Por último, antes incluso de que sucediera nada, se le encogía el estómago.

Aquel 18 de julio de 1938 no cayó ninguna bomba sobre la plaza. El camión se detuvo frente al Ayuntamiento y descargó unas cajas de documentos que dos funcionarios se apresuraron a meter en el edificio. A esas alturas de la guerra, hasta los papeles parecían necesitar refugio.

Teresa volvió a su mesa.

Trabajaba en la centralita telefónica del Ayuntamiento desde hacía cuatro meses. Antes cosía para una tienda de la calle Pelai, pero el negocio había cerrado porque faltaban telas, clientas y ganas de estrenar vestidos. La guerra había reducido la moda a dos colores: el gris de la ropa usada y el negro del luto.

Consiguió el puesto gracias a una vecina que conocía a alguien que conocía a alguien. Así funcionaban las cosas incluso durante las revoluciones. Cambiaban los gobiernos, las banderas y los retratos de las paredes, pero siempre era necesario conocer a alguien que conociera a alguien.

La centralita estaba instalada en una habitación interior. No tenía ventanas y olía a polvo, cables calientes y café de achicoria. Teresa pasaba las horas conectando voces que llegaban desde despachos, ministerios, comandancias y edificios oficiales. Voces urgentes. Voces importantes. Voces que daban órdenes a otras voces.

Ella las enlazaba y luego desaparecía.

Aquella mañana había más movimiento del habitual. En el Saló de Cent iba a hablar Manuel Azaña, presidente de la República. Habían llegado autoridades, periodistas y militares con uniformes gastados. Los ordenanzas recorrían los pasillos llevando carpetas. Algunos funcionarios fingían que sabían lo que estaba ocurriendo. Los demás fingían creerlos.

—Hoy tendremos discurso —comentó Enriqueta, la encargada de la centralita, mientras se servía un sucedáneo de café.

—¿Otro?

—Este es del presidente.

—También los otros eran de presidentes, ministros o generales.

—No seas así, mujer.

Teresa conectó una llamada con la Consejería de Gobernación.

—No soy de ninguna manera.

Enriqueta la miró por encima de la taza.

—Desde que murió Julià estás siempre enfadada.

Teresa introdujo una clavija con más fuerza de la necesaria.

—No estoy enfadada.

—Ya.

—Estoy en guerra.

Enriqueta no respondió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque en aquellos tiempos había frases que era mejor no discutir. Todas podían terminar convertidas en una acusación.

Julià, el marido de Teresa, había muerto el 17 de marzo, durante uno de los bombardeos sobre Barcelona. Era conductor de tranvía y se encontraba cerca de la Gran Via cuando una bomba italiana abrió la calle y todo lo que había encima.

De Julià recuperaron la cartera, el reloj y una mano.

Teresa no preguntó qué mano.

Le entregaron aquellas pertenencias dentro de una caja de cartón. Durante varias semanas guardó el reloj en el cajón de la cocina, envuelto en un pañuelo. Se había parado a las dos menos cuarto. Al principio le daba cuerda cada mañana. Lo hacía avanzar hasta la hora de la muerte y volvía a detenerlo.

Después dejó de hacerlo.

No era su único muerto.

Su hermano Andreu llevaba muerto desde septiembre de 1936. Había sido maestro en una escuela religiosa y tocaba el órgano los domingos. No era sacerdote ni falangista ni conspirador. Era un hombre tímido que padecía del estómago y tenía la mala costumbre de corregir la gramática de los demás.

Una patrulla fue a buscarlo de madrugada.

Alguien dijo que escondía armas en la escuela. Registraron las aulas y encontraron mapas, cuadernos, dos crucifijos y una colección de minerales. No había armas, pero se lo llevaron igualmente. El cuerpo apareció tres días más tarde en una cuneta, con la camisa abierta y una falta de ortografía escrita en un papel prendido del pecho:

Fascista ajusticiado por el pueblo.

Teresa no pudo evitar pensar que a Andreu le habría molestado especialmente aquella ausencia de precisión.

Durante mucho tiempo conservó separadas las fotografías de sus dos muertos.

La de Andreu estaba en un cajón del dormitorio. La de Julià, sobre la cómoda. Le parecía una traición colocarlos juntos. Su marido había muerto bajo las bombas de los militares sublevados. Su hermano, a manos de quienes decían defender la misma República que Julià había defendido.

Los dos estaban muertos, pero cada uno pertenecía a una explicación diferente.

La guerra exigía ordenar a los muertos antes de llorarlos.

Los buenos a un lado.

Los malos al otro.

Los dudosos, debajo de la alfombra.

A media mañana llegó un técnico de la radio para comprobar la línea por la que se transmitiría el discurso. Era un muchacho delgado, con unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. Apenas tendría veinte años.

—Necesito que mantengan libre esta conexión —dijo señalando uno de los cables—. Desde aquí se enviará la señal.

—¿Funcionará? —preguntó Enriqueta.

—Eso espero.

—Últimamente nada funciona.

El joven sonrió.

—Las guerras son poco respetuosas con la técnica.

Teresa observó que le temblaban las manos.

—¿Ha desayunado?

—Sí.

Era mentira. La mentira también pasaba hambre.

Teresa abrió el cajón y sacó medio trozo de pan que guardaba para la comida. Se lo ofreció.

—Tome.

—No puedo aceptarlo.

—Claro que puede.

—De verdad que no…

—Mire, joven, no me haga discutir por medio mendrugo. Tengo mucha práctica y usted ninguna posibilidad.

El muchacho aceptó el pan y se lo comió en cuatro bocados, intentando mantener cierta dignidad. Después le dio las gracias y regresó a sus cables.

A Teresa le recordó a Lluís, su hijo.

Tenía dieciocho años y llevaba seis semanas movilizado. La última carta había llegado cuatro días antes. Estaba escrita a lápiz, sobre un papel doblado varias veces y manchado de tierra.

Decía que se encontraba bien.

Los soldados siempre se encontraban bien en las cartas.

Podían estar hambrientos, cubiertos de piojos, aterrados o con un proyectil pasando por encima de la cabeza. Pero escribían: «Estoy bien, madre».

Lluís pedía calcetines, tabaco para un compañero y unas agujas. Se le había soltado un botón del pantalón y nadie en su unidad sabía coserlo.

Teresa sonrió al leerlo.

Una República llena de discursos y no había sido capaz de enseñar a un grupo de hombres a coserse un botón.

En la última página, su hijo había añadido:

«Dicen que pronto iremos hacia el río. No te preocupes. Estamos preparados».

Teresa no sabía de qué río hablaba. En las guerras, los ríos dejaban de servir para llevar agua. Pasaban a ser posiciones, fronteras o lugares donde ahogar hombres.

Guardaba la carta en el bolsillo del vestido, junto a las fotografías de Andreu y Julià. Había empezado a llevarlas encima desde que Lluís se marchó. No por superstición. Teresa no creía en esas cosas. Las llevaba porque temía que una bomba destruyera la casa y se quedara sin los rostros de sus muertos.

A primera hora de la tarde, el murmullo de los pasillos se apagó.

Azaña había comenzado a hablar.

La voz llegó a la centralita a través de la línea que había instalado el muchacho de las gafas. Sonaba lejana, con una ligera vibración metálica. No era la voz de un hombre dispuesto a prometer la victoria. Tampoco la de un jefe arengando a los suyos.

Era una voz cansada.

Pero no tenía el cansancio de quienes se quejan porque han dormido mal o porque la sopa está fría. Era un cansancio más profundo. El de alguien que había contemplado demasiado tiempo la misma desgracia y empezaba a sospechar que nadie quería terminarla.

Enriqueta subió el volumen.

—Escucha.

—Estoy trabajando.

—Puedes hacer las dos cosas.

Teresa siguió conectando llamadas mientras la voz hablaba de España, de la guerra, de la nación y de los muertos. Algunas palabras se perdían entre interferencias. Otras llegaban nítidas y se quedaban flotando en la habitación.

A Teresa le molestaban los discursos.

Desde que empezó la guerra había escuchado demasiados.

Todos anunciaban la victoria. Todos exigían sacrificios. Todos hablaban del pueblo como si el pueblo fuese un hombre enorme que no necesitara comer, dormir ni enterrar a sus hijos.

Nadie decía:

«Lo sentimos».

Nadie reconocía haberse equivocado.

Los dirigentes hablaban de la historia con una facilidad que daba miedo. Teresa, en cambio, no conocía la historia. Conocía un reloj detenido a las dos menos cuarto. Una cartera manchada. Una cuneta. Un botón sin coser.

Eso era la guerra para ella.

Mientras Azaña continuaba hablando, sacó del bolsillo las dos fotografías.

En una aparecía Andreu, muy serio, junto a sus alumnos. Llevaba una chaqueta demasiado grande y sostenía un libro contra el pecho. En la otra, Julià sonreía apoyado en un tranvía. Se había quitado la gorra y miraba a la cámara con esa expresión de quien cree que la vida va a durar lo suficiente.

Teresa puso las fotografías una al lado de la otra sobre la mesa.

—¿Qué haces? —preguntó Enriqueta.

—Nada.

La voz del presidente hablaba ahora de los hombres que habían caído en la batalla. Decía que los muertos ya no tenían odio ni rencor.

Teresa miró las fotografías.

—Eso habría que preguntárselo a ellos —murmuró.

—¿Qué dices?

—Nada.

Le costaba aceptar que sus muertos ya no odiaran. Ella llevaba dos años odiando por los tres. Odiaba a los hombres que habían sacado a Andreu de casa. Odiaba a los aviadores que arrojaron la bomba sobre Julià. Odiaba a quienes justificaban una muerte para condenar la otra. Odiaba a los que decían que eran daños inevitables, excesos, consecuencias de la lucha o gloriosos sacrificios.

Había tantas formas de llamar a un asesinato que cualquier asesino podía encontrar una adecuada.

Azaña hizo una pausa.

La voz pareció alejarse todavía más, como si viniera de otro tiempo.

Entonces pronunció las tres palabras:

—Paz, piedad y perdón.

Nadie habló en la centralita.

Desde el Salón de Ciento llegó un aplauso. Primero débil. Después más intenso. Los asistentes golpeaban las manos mientras aquellas palabras recorrían la sala, las líneas telefónicas y las ondas de radio.

Teresa no aplaudió.

Paz.

La palabra parecía sencilla. Bastaba con dejar de disparar. Pero todos aseguraban que antes debía ganar alguien.

Piedad.

Esa era todavía más difícil. La piedad obligaba a mirar al enemigo cuando estaba en el suelo y descubrir que tenía una cara. Quizá incluso la cara de un muchacho de dieciocho años que no sabía coserse un botón.

Perdón.

Teresa apartó la mano de las fotografías.

Aquella era la palabra imposible.

Perdonar podía parecerse demasiado a decir que no había ocurrido nada. A borrar el cuerpo de Andreu de la cuneta. A devolver la bomba al avión y la mano de Julià a su caja.

No.

Ella no quería olvidar.

Tampoco estaba segura de querer perdonar.

Pero mientras observaba los dos retratos comprendió algo que hasta entonces no había sido capaz de pensar: no deseaba que Lluís heredara su odio.

Podía dejarle la casa, la máquina de coser, la vajilla desparejada y las deudas. Podía entregarle el reloj parado de su padre y los libros de gramática de su tío. Pero no quería legarle aquella rabia. Bastante tendría el muchacho con sobrevivir a la suya.

Terminó el discurso y los pasillos recuperaron el movimiento. Volvieron las órdenes, los pasos apresurados y las conversaciones a media voz. Las palabras solemnes fueron desalojadas por la burocracia.

Un concejal entró en la centralita buscando una llamada urgente. Llevaba el uniforme impecable y olía a colonia.

—Bonito discurso —dijo mientras esperaba la conexión—. Aunque las guerras no se ganan con piedad.

Teresa insertó la clavija.

—Puede ser.

—Se ganan con disciplina, armas y valor.

—Sobre todo con armas —respondió ella—. El valor suelen ponerlo los hijos de los demás.

El concejal la miró, pero la llamada entró antes de que pudiera contestar.

Al terminar la jornada, Teresa salió del Ayuntamiento. En la plaza todavía había coches oficiales. Un grupo de niños jugaba junto a una barricada de sacos terreros. Uno de ellos levantaba un palo como si fuera un fusil y disparaba contra los demás.

—¡Te he matado!

—¡No me has dado!

—¡Sí que te he dado!

—¡Pues ahora soy de los tuyos!

Los niños cambiaron de bando y continuaron jugando.

Teresa pensó que quizá las guerras empezaban así: alguien te mataba y luego te obligaba a escoger de qué lado habías muerto.

Caminó hasta su casa.

Barcelona estaba cubierta por una luz amarillenta. En las fachadas quedaban heridas de metralla. Había colas frente a las tiendas y mujeres que regresaban con las bolsas casi vacías. En una esquina, un anciano vendía cigarrillos sueltos. Más adelante, dos soldados caminaban abrazados, sosteniéndose el uno al otro. Parecían borrachos, heridos o simplemente cansados. En aquellos días resultaba difícil distinguirlo.

Al entrar en casa, Teresa dejó el bolso sobre la mesa y encendió una lámpara.

Sacó las fotografías.

Buscó en un armario un marco antiguo que había guardado desde la muerte de sus padres. Era de madera oscura y solo cabía una imagen. Retiró el cartón de la parte trasera, colocó los retratos de Andreu y Julià uno junto al otro y recortó los bordes hasta conseguir que entraran.

Quedaron apretados.

El hombro de su hermano rozaba el de su marido.

Teresa sostuvo el marco entre las manos.

—No empecéis a discutir —les dijo.

Por primera vez en muchos meses se rio. Fue una risa pequeña, casi avergonzada, pero consiguió romper algo dentro de ella.

Después se sentó a escribir a su hijo.

«Querido Lluís:

He recibido tu carta. Mañana intentaré enviarte los calcetines, el hilo y las agujas. El tabaco no prometo encontrarlo. Cuando vuelva a verte, te enseñaré a coser. Ya eres bastante mayor para matar y, por lo visto, todavía demasiado pequeño para arreglarte un pantalón».

Se detuvo.

Mojó la pluma y continuó:

«Dices que pronto iréis hacia el río. No sé qué vais a hacer allí y casi prefiero no saberlo. Solo te pido una cosa. No seas un héroe. Los héroes sirven para los discursos, pero dan mucho trabajo a las madres.

Y si alguna vez tienes delante a un hombre del otro lado, míralo antes de disparar. No te digo que no te defiendas. Quiero que vuelvas. Quiero que vivas. Pero procura recordar que el otro también tendrá una madre esperando una carta en la que diga que se encuentra bien.

Regresa como puedas. Con hambre, con miedo, con los pantalones rotos y sin haber ganado ninguna guerra.

Pero no vuelvas con odio.

El odio no cabe en casa».

Firmó la carta, la dobló y la guardó en un sobre.

Antes de acostarse, colocó el marco sobre la cómoda. Los rostros de Andreu y Julià quedaron iluminados por la lámpara.

Uno había muerto a manos de los que decían luchar contra el fascismo.

El otro, bajo las bombas de quienes afirmaban salvar España.

Teresa los miró durante unos minutos.

No sabía si algún día sería capaz de perdonar.

La paz no dependía de ella.

La piedad aparecía cuando podía y casi siempre llegaba tarde.

Pero aquella noche hizo lo único que estaba en su mano.

Por primera vez desde que comenzó la guerra, dejó que sus dos muertos durmieran juntos.

«Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca!» (Frase extraída del discurso que pronunció Manuel Azaña en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938 y que se conoce por la última frase que pronunció: “Paz, Piedad y Perdón”; y recorder las guerras se desencadenan con determinados propósitos, pero terminan creando realidades políticas, sociales y morales imprevisibles.)

Ian Stewart pianista de los Rollings o los Stones hubiese cumplido hoy 88 años. Se quedó o plantó en los 47 aunque tuvo tiempo de participar en las mejores canciones de la banda.


La mida exacta

Va demanar una vida tranquil·la, una dona que no marxés i un gos que no bordés de matinada.

Li van concedir un pis petit, una veïna que cantava boleros i un gat esquerp que apareixia quan volia.

Durant anys va maleir aquella estafa.

Fins que una nit, malalt i sol, la veïna li va portar sopa i el gat es va arraulir als seus peus.

Aleshores va comprendre que la felicitat no s’equivoca mai de comanda.

Simplement, no consulta els desitjos del client.


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