miércoles, 22 de julio de 2026

 

LA OLA INMÓVIL


Dicen que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.

Yo no sé quién las cuenta.

Supongo que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los cuarenta grados, pone una raya.

Primera ola.

Segunda ola.

Tercera ola.

Como quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.

Lo de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira. Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene principio y final.

Pero este calor no.

Este calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco minutos y duerme con nosotros.

No parece una ola.

Parece un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.

La temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición parlamentaria.

Enciendo el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.

Como el Consejo de Ministros.

El Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».

Gran Pacto por el Agua.

Gran Pacto por la Energía.

Gran Pacto por el Clima.

Después se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.

El presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.

Eso tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar el aire acondicionado.

El PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición ecológica justa.

Debe de ser una dirección muy larga.

Llevamos años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.

El Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión del calor.

Con un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos, porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.

Feijóo pedirá elecciones.

No sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente, pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses, abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto, sirven para todo.

Vox dirá que no existe ninguna ola de calor.

Lo que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra soberanía a una adolescente sueca.

Abascal aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles de bien no sudan.

Transpiran patriotismo.

Después propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.

Si derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.

Si derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.

Y si derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.

No sé cómo no se nos había ocurrido antes.

Sumar explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social, movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.

Probablemente tengan razón.

Pero cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad en bañador.

Podemos propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán considerados grandes tenedores de agua.

Junts exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.

Esquerra reclamará una república climáticamente sostenible.

No sabemos si refrescará, pero será nuestra.

El PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y competencias exclusivas sobre el sirimiri.

Mientras tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la factura de la luz.

Luego vienen los consejos oficiales.

Hay que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas centrales del día y permanecer en lugares frescos.

Todo muy sensato.

El problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las ganas de vivir.

También recomiendan acudir a espacios climatizados.

Quien tenga dinero puede encender el aire acondicionado.

Los demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas que estamos comparando colchones.

Porque el calor también entiende de clases sociales.

No se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.

Tampoco es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.

El termómetro marca lo mismo para todos.

Como la ley.

Luego cada uno lo padece según su patrimonio.

Yo recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de madrugada, entraba algo parecido al aire.

Ahora abres la ventana y entra julio entero.

No sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos en su duración.

Porque las olas pasan.

Esto se está quedando.

Y mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones, Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.

Después llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las inundaciones.

Las llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola y nosotros pasáramos casualmente por allí.

Se guardará un minuto de silencio.

Se prometerán ayudas.

Se anunciará un plan urgente.

Y cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no salir a la calle.

Entonces comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.

Estábamos asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.

Y en el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era progresista, conservadora, española o catalana.

Finalmente llegaron a un acuerdo.

Era culpa del otro.

«El día que yo muera quiero estar vivo.» (Luis Sánchez Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)

Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.

Quan l’Arnau va deixar de somiar

Cada matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge, un riu; el cap de personal, una persona.

—Somia menys i treballa més —li repetien.

Un dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.

En sortir, tots li preguntaren què els passava.

L’Arnau somrigué:

—Us heu despertat.


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