LEGAL, LEGÍTIMO Y OTRAS PALABRAS TRANQUILIZADORAS
Esta
mañana he intentado pagar el café con legalidad.
—Son
dos euros —me ha dicho el camarero.
—¿Acepta
usted legitimidad?
Me
ha mirado como se mira a quien aún no ha desayunado o ha desayunado demasiado.
—Efectivo
o tarjeta.
Ahí
está el problema. La legalidad sirve para muchas cosas, pero no para pagar un
café. En cambio, sirve estupendamente para explicar determinadas operaciones
económicas cuando empiezan a oler raro. No digo que huelan mal. Digo raro, que
es una palabra mucho más prudente y, sobre todo, menos querellable.
Nos
cuentan que una compañía aérea recibió cincuenta y tres millones de euros del
Estado para evitar que se estrellara. Económicamente, se entiende. Una
aerolínea debe permanecer en el aire, aunque para ello haya que dejar en tierra
cincuenta y tres millones de nuestros euros.
No
fue un regalo, nos aclaran. Fue un préstamo.
Me
quedo mucho más tranquilo.
Cuando
el banco me presta dinero para comprar una vivienda, me exige la nómina, la
declaración de la renta, un seguro de vida, la tasación del piso, la historia
clínica de mis antepasados y, si pudiera, una fotografía del riñón que piensa
quedarse si no pago.
El
Estado, en cambio, presta cincuenta y tres millones con una elegancia que
conmueve. El Estado confía. Sobre todo, cuando el dinero es nuestro.
Después
aparece un asesor.
Siempre
aparece un asesor.
Los
asesores son personas extraordinarias. No fabrican aviones, no pilotan, no
sirven cafés durante el vuelo, no cargan maletas y, probablemente, tampoco
saben dónde se encuentra la salida de emergencia. Pero conocen gente. Y conocer
gente, en determinados círculos, es una profesión mucho mejor remunerada que
conocer un oficio.
Según
se investiga, por aquellas labores de acompañamiento se habría pactado una
comisión equivalente al uno por ciento del dinero conseguido.
Uno
por ciento.
Parece
poco. Un porcentaje humilde, casi franciscano. El problema es que el uno por
ciento de cincuenta y tres millones son quinientos treinta mil euros. Una cifra
que pierde toda modestia cuando uno la pronuncia despacio.
Quinientos.
Treinta.
Mil.
Euros.
Dicen
que era una operación legítima. Unos honorarios por asesoramiento. Un trabajo
profesional. Nada que objetar, en principio. También cobra un abogado, un
médico o un arquitecto por sus conocimientos.
La
diferencia es que al abogado se le paga por conocer la ley; al médico, por
conocer el cuerpo humano; al arquitecto, por saber por qué no debe caerse un
edificio.
Al
asesor de influencias, en cambio, se le paga porque conoce a quien tiene que
levantar el teléfono.
Y
aquí aparece esa pregunta incómoda que siempre llega tarde a las reuniones
importantes:
¿Es
legal cobrar medio millón de euros por ayudar a conseguir cincuenta y tres
millones procedentes del erario público?
Probablemente
dependerá de lo que se hiciera, de cómo se hiciera, de qué se hablara, de quién
llamara a quién y de si alguien pronunció alguna vez la frase: «No te
preocupes, yo conozco a la persona adecuada».
Pero
hay otra pregunta que me interesa más:
Aunque
fuera legal, ¿es decente?
Porque
hemos confundido tanto la legalidad con la honradez que cualquier día veremos a
alguien salir de un juzgado gritando:
—¡Soy
inocente! ¡Solo soy inmoral!
No
todo lo legal es limpio. La ley establece el borde del precipicio, pero no
obliga a pasearse por él haciendo equilibrios. Entre cometer un delito y
comportarse con decencia existe un territorio inmenso. Es allí donde viven los
intermediarios, las puertas giratorias, las llamadas oportunas, los contratos
de asesoramiento y las facturas con conceptos tan vagos que podrían servir
igual para salvar una aerolínea que para organizar una comunión.
«Servicios
estratégicos».
«Acompañamiento
institucional».
«Consultoría
global».
«Asesoramiento
para el desarrollo corporativo».
Palabras
grandes para explicar algo muy pequeño: abrir puertas que los ciudadanos
normales encontramos cerradas.
A mí
me gustaría contratar uno de esos asesores.
No
para conseguir cincuenta y tres millones. Tampoco quiero abusar. Me bastaría
con que lograse que la Administración me atendiera el teléfono antes de que la
música de espera acabase con mis ganas de vivir.
Incluso
estaría dispuesto a pagarle el uno por ciento.
Si
me consigue una cita previa para esta semana, le doy cinco euros.
Lo
más curioso es que nos aseguran que aquellos quinientos treinta mil euros no
procedían exactamente del erario público. El Estado prestó el dinero a la
compañía y fue la compañía la que pagó a los asesores. Son circuitos distintos.
Naturalmente.
El
dinero público entró por una puerta y la comisión salió por otra. No podemos
afirmar que fueran los mismos billetes. Los euros, por desgracia, no llevan un
collar identificativo ni regresan a casa cuando alguien los llama por su
nombre.
Pero
la aritmética es tozuda.
Una
empresa necesita dinero público para sobrevivir y, al mismo tiempo, encuentra
más de medio millón para pagar a quienes la ayudaron a conseguirlo. Debía de
estar arruinada, sí, pero conservaba una pequeña reserva para agradecimientos.
No
afirmo que nadie haya cometido un delito. Para eso están los jueces, los
fiscales, los abogados y los procedimientos que duran lo suficiente para que,
cuando llegue la sentencia, ya nadie recuerde por qué empezó todo.
Solo
planteo una duda de contribuyente.
Cuando
una persona utiliza sus relaciones políticas para facilitar que una empresa
reciba millones públicos y cobra en función de la cantidad obtenida, ¿estamos
ante un asesor, ante un intermediario o ante un cobrador de favores?
Quizá
todo sea legal.
Quizá
cada contrato esté firmado, cada factura contabilizada y cada impuesto
satisfecho.
Quizá
no exista delito alguno.
Pero
cuando el dinero público termina financiando comisiones privadas, la legalidad
debería dejar de felicitarnos por lo bien que funciona y empezar a preguntarse
para quién trabaja.
Porque
aquellos quinientos treinta mil euros no salieron directamente del bolsillo del
contribuyente.
Dieron
una vuelta.
Hicieron
escala.
Y
aterrizaron en otro bolsillo con todos los papeles en regla.
«Vive con la libertad,
por la libertad, para la libertad» (Práxedes Mateo Sagasta dijo esa frase libremente.
Cosa muy distinta fue las consecuencias que tuvo y si le hicieron caso. Nació
el 21 de julio de 1850 y para presidir varias veces el consejo de ministros
espanyol. Consta que fue un estadista)
Cuando escuché por primera vez a Cat Stevens se llamaba así y cantaba canciones como la del vídeo. Luego se cambió el nombre al de Yusuf Islam y poca cosa más supimos de él. No me he olvidado de él y sé que hoy cumple 78 años.
La
cambra intacta
Cada
matí, ell obria les cortines perquè entrés el sol. Després li pentinava els
cabells, li explicava les notícies i deixava una rosa fresca damunt del coixí.
Els
veïns deien que la senyora D’Arbanville havia mort feia molts anys.
Ell
no els contradeia.
Una
tarda, cansat d’esperar que despertés, va tancar la finestra, va retirar les
flors seques i besà el buit.
Llavors,
des de l’armari, una veu va murmurar:
—Ja
era hora que em deixessis marxar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario