jueves, 20 de agosto de 2026

 

DEVUÉLVANME A ULISES


El otro día fui a ver La Odisea.

Me gustan esas películas en las que uno entra en el cine dispuesto a aceptar que los dioses se enfaden, los mares tengan mala leche y un hombre tarde diez años en volver a casa sin que nadie le pregunte por qué no ha llamado.

Mitología, historia y una puesta en escena de esas que obligan a preguntarse cuánto habrá costado cada ola. La película lo tiene todo: batallas, monstruos, héroes, traiciones, sirenas y hombres mirando al horizonte como si acabaran de comprender algo importantísimo sobre la existencia.

Es diferente.

Mientras las demás películas de la cartelera intentan entretenerte durante dos horas, esta quiere recordarte que llevamos tres mil años huyendo de los mismos monstruos. Antes tenían un solo ojo. Ahora te envían correos electrónicos.

Yo estaba entregado.

Hasta que alguien pronunció su nombre:

—Odiseo.

Aquello fue un bombazo en la línea de flotación.

¿Odiseo?

Perdón, pero no.

Ulises.

Se llama Ulises.

Ulises es un héroe. Ulises gobierna Ítaca, conquista Troya, engaña a un cíclope y sobrevive al canto de las sirenas. Odiseo, en cambio, parece una maruja griega que sacude el mantel desde un balcón y grita:

—¡Penélope, dile a Telémaco que suba, que se enfría la musaca!

Cada vez que en la película pronunciaban «Odiseo», yo dejaba de ver a Matt Damon enfrentándose al destino y me imaginaba a una señora de Salónica discutiendo con el pescadero.

—¿A cuánto tiene hoy las sardinas?

—A doce euros.

—Pues póngame cuarto y no me engañe, que lo conozco.

Lo comenté en voz baja.

—No pueden llamarlo así. Es un insulto a Homero.

Mi acompañante me miró como se mira a quien empieza a estropear una película que ha costado doscientos cincuenta millones.

—Pero si se llamaba Odiseo.

—Se llamaba Ulises.

—Odiseo.

—Ulises.

—Búscalo.

No quise buscarlo. Uno no compra una entrada para acabar consultando una enciclopedia a oscuras. Además, yo llevaba toda la vida sabiendo que se llamaba Ulises. Había crecido con él. Había estudiado sus viajes. Hasta había visto Ulises 31, que no era exactamente Homero, pero tenía naves espaciales y un cíclope electrónico, lo cual mejoraba bastante el original.

Al salir del cine busqué el nombre.

Odiseo era el nombre griego.

Ulises, la versión latina.

Es decir, que Homero lo llamó Odiseo y fuimos nosotros quienes, después de siglos de traducciones, imperios y declinaciones, decidimos rebautizarlo como Ulises.

El insulto a Homero lo estaba cometiendo yo.

Pero una cosa es la filología y otra la dignidad.

Acepto que Odiseo sea históricamente correcto. Acepto que los helenistas sepan más que yo. Incluso acepto que Homero, de haber tenido teléfono, me habría bloqueado.

Pero Ulises suena a viaje.

Ulises tiene sal, cicatrices y noches sin luna. Es un nombre que puede permanecer atado al mástil mientras las sirenas prometen todo aquello que un hombre lleva años deseando escuchar.

Odiseo suena a funcionario del Ayuntamiento de Ítaca.

—Le falta una copia del formulario de regreso.

—He estado veinte años fuera.

—Eso deberá acreditarlo.

—He luchado en Troya.

—¿Trae justificante?

Sé que no tengo razón. Y eso es lo peor. Porque hay nombres que no pertenecen a la historia, sino a nuestra memoria. Nos los enseñaron de una manera y ya no admiten correcciones sin que sintamos que nos están cambiando el pasado.

Desde aquel día procuro llamarlo Odiseo.

Pero cuando nadie me oye, sigo llamándolo Ulises.

Al fin y al cabo, después de veinte años intentando volver a casa, el hombre merece que al menos alguien recuerde cómo se llamaba cuando se marchó.

«El mundo se parece a un teatro de aficionados: no está bien disputarse los papeles protagonistas mientras se rechazan los secundarios. Todos los papeles son buenos si se interpretan con arte y no se toman demasiado en serio» (Bolesław Prus nacido el 20 de agosto de 1847 para ser escritor, periodista y pensador polaco. No consta que fuese ni actor ni autor teatral pero dirigió con mucho acierto sus frases)

Robert Plant cumple 78 años este 20 de agosto. Ya no canta en Led Zeppelin: se separaron en 1980 y nos dejaron unas cuantas toneladas de amor. La canción del vídeo lo testifica.


La paret del veí

Cada nit sentíem els veïns discutir a través de la paret. Nosaltres apujàvem el volum i deixàvem que la guitarra descordés allò que els anys havien anat lligant. Ella ballava descalça; jo fingia que els genolls no em feien mal.

Aquella nit, a l’altra banda, es va fer silenci.

L’endemà, la veïna em va aturar a l’ascensor.

—Poseu-la més alta —va dir—. A veure si ell recorda com m’estimava.


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