jueves, 13 de agosto de 2026

 

EL SEGUNDO QUE FUE PRIMERO


Hoy hablaremos de fútbol, ese lugar donde un hombre puede pasar de estorbo a estatua en lo que tarda una pelota en cruzar una línea.

Ferran Torres todavía es jugador del Barça. Digo todavía porque, en el fútbol moderno, los contratos duran años, pero las fidelidades suelen caducar durante el mercado de verano. Al parecer, el PSG está dispuesto a pagar cerca de cincuenta millones de euros por él. Una de esas cantidades que ya no escandalizan a nadie, quizá porque hemos perdido la noción del dinero o porque nunca la tuvimos.

Ferran llegó al Barça en enero de 2022 y ha completado cinco temporadas vestido de azulgrana. No puede decirse que haya sido un fracaso, pero tampoco que haya impuesto su autoridad en el área. Nunca fue ese delantero cuya presencia obligaba al contrario a reorganizar la defensa y al aficionado a incorporarse del asiento. Fue, más bien, un jugador intermitente: aparecía, desaparecía y, cuando uno empezaba a echarlo de menos, regresaba para fallar una ocasión que parecía más difícil enviar fuera que dentro.

La afición, que puede perdonarlo casi todo menos la falta de puntería, lo rebautizó como «Fallán Torres». En el fútbol, la crueldad suele caber en un juego de palabras. Él prefería llamarse el Tiburón; algunos aficionados sospechaban que se alimentaba de ocasiones de gol.

Tuvo buenas rachas, marcó goles importantes y hasta terminó ofreciendo cifras respetables. Conviene reconocerlo. Pero nunca llegó a consolidarse como indiscutible. Vivió durante años en ese territorio incómodo reservado a los jugadores que sirven para todo sin resultar imprescindibles para nada. Era el hombre al que se recurría cuando el titular estaba cansado, lesionado o necesitaba recordar que podía perder el puesto.

Y entonces llegó la final del Mundial.

Espanya contra Argentina. Minuto 106. Ferran saltó al campo desde el banquillo, como tantas otras veces. La ironía también sabe confeccionar alineaciones. Recibió el balón, disparó y, esta vez, la pelota entró.

Entró en la portería y entró en la historia.

España ganó su segundo Mundial y Ferran Torres dejó de ser, durante unas horas, aquel delantero al que se le contaban los fallos para convertirse en un héroe nacional. Los mismos que habían pronunciado «Fallán» con resignación comenzaron a pronunciar «Ferran» con lágrimas en los ojos. El fútbol posee esa extraordinaria capacidad para reescribir una trayectoria con una sola patada.

Después llegó el problema.

Ferran debió de pensar que quien marca el gol que decide un Mundial ya no puede regresar al banquillo como si nada hubiera sucedido. Que los héroes merecen reconocimiento. Que el Barça debía quererlo un poco más.

Y todos sabemos que, en el fútbol profesional, querer significa minutos, años de contrato y algún cero añadido a la nómina. Los besos al escudo son gratuitos; el cariño verdadero acostumbra a negociarlo un representante.

No se le puede reprochar que pretenda ganar más. Cualquiera de nosotros utilizaría un éxito extraordinario para mejorar sus condiciones laborales, aunque la mayoría no tenemos un PSG dispuesto a pagar cincuenta millones por sacarnos de la oficina. Si alguien ofrece esa cantidad por Ferran, será porque su valor no es una fantasía nacida durante la celebración del Mundial.

Pero una cosa es marcar un gol histórico y otra convertirse, de repente, en un jugador histórico.

El Barça no puede valorar cinco temporadas por un disparo realizado con la camiseta de la selección. Tiene que recordar los goles, pero también los meses sin marcar; las buenas actuaciones, pero también las oportunidades desperdiciadas; la entrega, pero también aquellas tardes en las que Ferran parecía estar esperando el mismo partido que los espectadores.

Y la afición tampoco debería fingir ahora una superioridad moral que no posee. Cuando fallaba, se burlaba de él. Cuando marcó el gol del Mundial, se abrazó a su gloria. Y cuando ha decidido marcharse, proclama que nadie lo echará de menos.

Aquí nadie es completamente inocente.

Ferran no debe al Barça fidelidad eterna. El Barça tampoco le debe una renovación sentimental. Y la afición tiene derecho a despedirlo sin lágrimas, aunque quizá debería reconocer que durante una noche pronunció su nombre como si nunca antes se hubiera reído de él.

Si finalmente se marcha al PSG, no habrá minuto de silencio en el Camp Nou. Otro delantero ocupará su sitio, la grada aprenderá un nuevo apellido y la camiseta con el número siete aparecerá rebajada en las tiendas. El fútbol sabe fabricar héroes, pero también liquidar sus existencias.

Ferran Torres será recordado siempre como el hombre que marcó el gol del segundo Mundial de Espanya. Eso ya no se lo quitará nadie.

En el Barça, sin embargo, quedará un recuerdo más doméstico: el de un jugador que fue primero durante una noche y segundo durante demasiadas tardes.

A veces, una sola noche basta para entrar en la historia.

Lo que no siempre basta es para cambiarla.

«El coste económico de los delitos de cuello blanco probablemente sea varias veces mayor que el de todos los delitos considerados habitualmente como el problema criminal» (La frase de Edwin Hardin Sutherland nacido el 13 de agosto de 1883 para ser sociólogo y criminólogo es de lo más acertada. Hoy los peores son los delitos de cuello blanco que no los lavan nunca)

Y por estas fechas pero de hace 40 años irrumpió con fuerza una dama de rojo que nos cantó Chris de Burgh. Tiene más pero ninguna como esta.


La dona de verd

Durant quaranta anys, ell explicà que se n’havia enamorat perquè era l’única dona vestida de vermell. Ho repetia als fills, als nets i fins i tot al metge que li anuncià la ceguesa.

La nit abans de morir, ella li confessà que aquell vestit era verd.

—Però no em vas corregir.

—Em va semblar poc romàntic espatllar la nit a un home tan guapo i tan daltònic.

Ell somrigué. Havia construït tota una vida sobre un color equivocat.

Per primera vegada, la va veure tal com era.


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