SE BUSCA IGNORANTE CON EXPERIENCIA

Me
han despedido por experto.
No
por llegar tarde, discutir con los compañeros, robar material o presentarme
borracho en la cena de Navidad. Por experto. Al parecer, después de treinta
años trabajando en la misma empresa, había adquirido un exceso de conocimiento
incompatible con mi puesto.
Me
lo explicó la directora de Recursos Humanos mientras colocaba sobre la mesa una
carpeta con mi nombre. Las carpetas de Recursos Humanos siempre contienen malas
noticias. Cuando la noticia es buena, basta con un correo electrónico y un
emoticono.
—Henry
Ford decía que, cuando un trabajador se considera experto, hay que despedirlo.
Lo
dijo con esa solemnidad con la que algunas personas citan a los muertos para
evitar discutir con los vivos.
Yo
no me consideraba experto. Me consideraba cansado, que es distinto. Había visto
aquella máquina detenerse tantas veces que reconocía sus averías por el ruido.
Cuando hacía clac, fallaba el engranaje. Cuando hacía cloc, era la correa. Y
cuando dejaba de hacer ruido, convenía apartarse porque algo estaba a punto de
salir disparado.
Pero
llegó el nuevo director de Producción con un máster en liderazgo, dos cursos de
transformación digital y una presentación de ciento cuarenta diapositivas. Nos
anunció que reduciríamos el tiempo de fabricación un veinte por ciento.
—Eso
no funcionará —dije.
Debí
añadir «probablemente», «en mi modesta opinión» o «quizá podríamos valorar».
Las empresas actuales permiten decir cualquier cosa siempre que se diga de una
manera que parezca que no se ha dicho.
El
director me preguntó por qué.
Se
lo expliqué: si aumentábamos la velocidad, la pieza se calentaría, el sensor se
bloquearía y la cadena acabaría deteniéndose.
—Hay
que abandonar las viejas certezas —respondió.
La
vieja certeza era la temperatura a la que se fundía el plástico. Pero no quise
discutir. Supuse que, con la transformación digital, también habrían
digitalizado las leyes de la física.
Aumentaron
la velocidad. La pieza se calentó, el sensor se bloqueó y la cadena se detuvo.
El
director reunió al equipo para averiguar por qué nadie había previsto el
problema. Yo levanté la mano. Ese fue mi segundo error. El primero había sido
preverlo.
Desde
aquel día comenzaron a observarme con preocupación. Yo conocía demasiado bien
mi trabajo. Sabía cuánto tardaba cada proceso, qué proveedores cumplían, cuáles
mentían y qué tornillo se aflojaba siempre aunque en los informes figurase como
perfectamente apretado. Aquel conocimiento, en lugar de convertirme en
imprescindible, me convirtió en incómodo.
La
experiencia tiene ese defecto: recuerda lo que la empresa necesita olvidar.
En
Recursos Humanos me explicaron que el verdadero experto es consciente de todo
lo que ignora. Estuve de acuerdo. Cuanto más trabajaba, más dudas tenía. Dudaba
de los plazos, de los presupuestos, de los nuevos procedimientos y, sobre todo,
de quienes entraban en la fábrica sin quitarse la chaqueta y aseguraban
conocerla después de mirar un gráfico.
Pero,
por lo visto, mis dudas no eran humildad intelectual. Eran resistencia al
cambio.
La
humildad solo resulta apreciada cuando se practica hacia arriba.
Nadie
le preguntó al director si se consideraba experto en dirigirnos. Nadie pensó en
despedirlo cuando afirmó que su plan era infalible. La empresa desconfiaba de
quienes sabían hacer su trabajo, pero conservaba una fe conmovedora en quienes
sabían explicar el trabajo de los demás.
Supongo
que Henry Ford tenía parte de razón. El que cree saberlo todo deja de aprender.
El problema comienza cuando esa frase la pronuncia el hombre que tiene la
última palabra. Entonces deja de ser una defensa de la curiosidad y se
convierte en una forma elegante de obediencia.
Antes,
las empresas buscaban trabajadores con experiencia. Ahora publican ofertas
solicitando diez años de experiencia, dominio de cuatro idiomas, capacidad de
liderazgo, adaptación al cambio y mentalidad de principiante. Quieren que uno
lo sepa todo para contratarlo y que, una vez contratado, actúe como si no
supiera nada.
Entregué
la tarjeta de acceso, el teléfono y el ordenador portátil.
—¿Alguna
pregunta? —me dijo la directora.
—Sí.
¿Quién arreglará la máquina cuando vuelva a detenerse?
Sonrió
con paciencia.
—No
debemos pensar que solo existe una solución.
Tenía
razón. Existen muchas. Cambiar el sensor, reducir la velocidad, revisar el
engranaje o contratar a una consultora para que, después de seis meses y
cuarenta mil euros, recomiende cambiar el sensor, reducir la velocidad y
revisar el engranaje.
A la
mañana siguiente me llamó un compañero. La cadena se había detenido. Me
preguntó qué podía ser.
Le
dije que no lo sabía.
Desde
que me despidieron, estoy aprendiendo muy deprisa.
«La muerte ayuda. La
muerte nos da algo que hacer, porque mirar hacia otro lado es un trabajo de
jornada completa.» (El osado autor de la frase, Martin Amis nacido el 25 de agosto de 1949,
dejó de mirar hacia otro lado y empezó a hacer algo en 2023)
Billy Ray Cyrus no se cansa de repetir a una señora -para nosotr@s- anónima que no le rompa el corazón. Pero hoy cumple 65 años y me da a mi que se va a jubilar con el corazón entero.
Cardiologia
domèstica
La
Maria va marxar sense acomiadar-se.
—No
ho digui al seu marit —va demanar al metge—. Té el cor delicat.
Durant
mesos vaig posar dos plats, vaig discutir amb la seva cadira i vaig respectar
la seva meitat del llit.
Ahir
el cor va trobar una arracada sota el coixí.
Des
d’aleshores no em parla.
Però
cada nit, quan apago el llum, el sento plorar dins meu.
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