martes, 1 de septiembre de 2026

 

LA REVOLUCIÓN

Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek


Mi primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.

La cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.

De repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.

Puse la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.

Durante unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía confundía la novedad con la felicidad.

Luego regresó el aburrimiento.

Observé los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un culpable que no pueda defenderse.

La mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.

La arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.

El resultado fue inconformista.

Dormir en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.

Descubrí entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.

Durante unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.

Pero llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda el golpe en la espinilla.

Decidí dar un paso más.

Puse la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.

Aquello ya no era inconformismo. Era vanguardia.

El armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los calcetines, realizar una expedición.

No era un mueble. Era una instalación artística.

Pensé incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.

Durante un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer lo que era: un armario en medio, molestando.

Comprendí entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El problema eran los límites de la habitación.

Si dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.

Decidí dormir dentro del armario.

Aparté los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las puertas.

Mi revolución olía a naftalina.

Aquella noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el cambio.

Al contrario.

Cada hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución. Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.

Había triunfado.

La costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el primer día.

El único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi resistencia física.

A la tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.

Dormí tres días seguidos.

Cuando desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de elecciones.

Desde entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su interior.

A veces me da un pequeño tirón en la espalda.

Y se me pasa.

«Cuando amas, tienes que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino de rechazar su posesión y la inmovilidad)

Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.


BOTÓ DE REPETICIÓ

Ella sempre deia que no repetia amants.

—Les segones parts solen ser pitjors.

Però aquella nit ell va trucar.

No va preguntar res. Ella tampoc.

Van acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.

Quan ell es va adormir, ella el va mirar una estona.

Després va somriure.

Potser tenia raó: les segones parts eren pitjors.

Per això va decidir donar-li al botó de repetició.