LA REVOLUCIÓN
Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek
Mi
primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No
hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.
La
cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban
tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.
De
repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me
aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.
Puse
la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.
Durante
unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos
segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía
confundía la novedad con la felicidad.
Luego
regresó el aburrimiento.
Observé
los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la
mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un
culpable que no pueda defenderse.
La
mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder
establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.
La
arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.
El
resultado fue inconformista.
Dormir
en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No
tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los
ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.
Descubrí
entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.
Durante
unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era
una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba
con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.
Pero
llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda
el golpe en la espinilla.
Decidí
dar un paso más.
Puse
la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.
Aquello
ya no era inconformismo. Era vanguardia.
El
armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana
tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los
calcetines, realizar una expedición.
No
era un mueble. Era una instalación artística.
Pensé
incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.
Durante
un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a
acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer
lo que era: un armario en medio, molestando.
Comprendí
entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El
problema eran los límites de la habitación.
Si
dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que
traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la
vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.
Decidí
dormir dentro del armario.
Aparté
los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las
puertas.
Mi
revolución olía a naftalina.
Aquella
noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda
comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo
derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el
cambio.
Al
contrario.
Cada
hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución.
Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.
Había
triunfado.
La
costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía
conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el
primer día.
El
único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi
resistencia física.
A la
tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.
Dormí
tres días seguidos.
Cuando
desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y
la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de
elecciones.
Desde
entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su
interior.
A
veces me da un pequeño tirón en la espalda.
Y se
me pasa.
«Cuando amas, tienes
que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se
refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino
de rechazar su posesión y la inmovilidad)
Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.
BOTÓ
DE REPETICIÓ
Ella
sempre deia que no repetia amants.
—Les
segones parts solen ser pitjors.
Però
aquella nit ell va trucar.
No
va preguntar res. Ella tampoc.
Van
acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella
manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.
Quan
ell es va adormir, ella el va mirar una estona.
Després
va somriure.
Potser
tenia raó: les segones parts eren pitjors.
Per
això va decidir donar-li al botó de repetició.
