Érase una vez un hombre al que no le gustaba su cuerpo. Tan desagradable se encontraba que había eliminado de su casa espejos y todo aquello que pudiera reflejarlo. No quería verse vestido y, mucho menos, desnudo. Hasta llegó al extremo de ducharse con la ropa puesta. Nunca mostraba a los demás su aspecto, huyendo de cualquier acontecimiento social o de aquellos lugares donde pudiera ser visto por alguien. Desertar de sus semejantes le convirtió en un ser solitario. Tuvo la fortuna de encontrarse con un trabajo de vigilante nocturno con el que se ganaba la vida y que era un buen maridaje con su condición de eremita.
El desprecio que sentía por su cuerpo, su carácter esquivo y un empleo que no requería alardes sociolaborales, permitieron a aquél hombre distribuir el tiempo en actividades que embellecían su espíritu ya que la carcasa que transportaba sus órganos, no le importaba. Así se pasaba las noches leyendo, escribiendo y cuando descubrió la magia del llamado mundo virtual, de “La Red”, charlaba con quién quisiera leerlo. Fue entonces cuando supo que poseía un don: seducía con su escritura. Eran muchas las mujeres que se enamoraban de sus letras. Todas querían conocerle, vivir esas historias en primera persona pero siempre se encontraban con la misma respuesta: “No puede ser, soy horrible, espantoso y si no puedo ni soportar mi aspecto mucho menos lo podrás soportar tu” Y aunque todas las presuntas enamoradas repetían que el aspecto físico no era lo importante que lo fundamental era el interior que eso era lo que las había atraído, tras un tiempo la relación virtual se iba enfriando hasta que al final acababan por desaparecer.
A fuerza de repetirse esa situación el hombre al que no le gustaba su cuerpo confirmó que las palabras, aún apasionadas, que las promesas, aún grabadas a sangre y lágrimas, no tenían valor sino iban acompañadas de un físico. En esas disquisiciones estaba cuando apareció Ella.



