Aurora está recién divorciada o al menos eso es lo que dice un papel del juzgado que detalla una a una las reglas en las que se basará el juego de su vida de ahora en adelante. Después de casi dieciocho años de matrimonio se encuentra con el juicio de un pasado, la incertidumbre de un presente y el descubrimiento del futuro. Todo eso que administrar y, además, en libertad.
Aurora mantiene una relación desde antes de su divorcio con Andrés, un
hombre casado y con vocación y devoción de permanecer en ese estado. Él no fue
la causa de su ruptura aunque si el asidero con el que llegó a puerto cuando
naufragó su matrimonio. Ahora, arribada al muelle, la figura de Andrés ha
perdido el sentido que tuvo en aquella tortuosa travesía. Aurora busca ese
pedazo de vida que le hurtaron los años de unión, pide y proclama a los cuatro
vientos que le devuelvan los almanaques que prestó al cuidado de su marido, al
de sus hijos y a la lealtad de una causa
común frustrada. Andrés, que además de años le separa un mundo de Aurora, sabe
que no existe ninguna oficina de reintegro del tiempo perdido y que a lo máximo
que puede aspirar es a ser protagonista de su existencia. Y también sabe que es
necesario vivir para contarlo, engañarse para descubrir que los ciclos se
repiten y que no hay más verdad que la de los propios sentimientos defraudados.
La maldita, perversa y tozuda experiencia.
Aurora no es ajena a los cantos de sirena. A
ella, una joven mujer madura al que se suma el atractivo de su descaro, le
cantan con frecuencia y ella deja que suenen por si alguna música puede
bailarla en compañía. La de Andrés es
agradable pero porqué conformarse habiendo tantas y tan variadas.



