Una vez al año se nos da la oportunidad de volver a nuestro pasado. Solo una hora, pero un espacio de tiempo suficiente para cambiar aquello que no nos ha gustado o repetir aquello con lo que hemos gozado. Sin embargo pasamos la ocasión durmiendo.
Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
domingo, 30 de octubre de 2011
lunes, 24 de octubre de 2011
Presente
El cursor no deja de parpadear avisándome de que la hoja permanece en blanco. Lo miro sin verlo esperando que su cadencia me lleve a parir algo que contar. Solo me aparecen ideas inconexas. Pienso que debería escribir sobre la Navidad a la vez que superpongo de inmediato la opinión contraria. Demasiado pronto para empezar cualquier tema navideño, las cosas deben aparecer cuando les toca, me digo, por su cauce acostumbrado que en este caso es cuando se iluminan las luces de colores de felicitación de “El Corte Inglés”. Adelantarme a “El Corte Inglés” sería como ir contra el orden natural establecido. Tal vez el argumento para escribir lo encontraría entre mis recuerdos. Ese sería un buen tema pero también lo deshecho rápido. Unir la melancolía de un día lluvioso como el de hoy a la nostalgia de vivencias pasadas –no importa si mejores o peores- dejaría abierta la puerta a la depresión. Y antes que caer en esas profundidades prefiero lanzarme al vacío del presente.
viernes, 21 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
Lo que nace de un beso (y IV)
Me acerco buscándola, buscando ese centro hacia el que todo señala. Me arrodillo entre sus piernas y contemplo esa mínima oscuridad. Desnudo mi cintura y mis muslos. Compruebo mi excitación, pero no es sólo su cuerpo ni el acto de su entrega: se trata sobre todo del ritual, de ese encuentro con ella y este último ofrecimiento completo. Ella respira con fuerza, su cabello abatido sobre la espalda y la almohada, el rostro hundido en las sábanas. Continúo apretando su carne firme, esas nalgas espléndidas y abiertas, y con los pulgares aparto sus curvas y descubro más el rojo interior. Me tiendo, vibrando de placer, sobre su espalda, apoyando mis manos en la cama, guardando un delicado equilibrio sobre la deliciosa suavidad de su piel. Mi sexo, sin embargo, no busca su interior. No, no se trata de consumar nada. Queda atrapado entre sus glúteos, señalando endurecido hacia la concavidad delicada de su lomo. Sus nalgas se abren como algo tibio que envolviera mi placer. Jadeo, gimo sobre ella con los ojos cubiertos, vivo un instante- el instante exacto en que mi orgasmo escapa- la fantasía de hacerle el amor, el sexo fingido como nuestro encuentro o nuestros besos y transformo mi masturbación en algo mutuo y ella me ayuda con sus gestos fuertes, la contracción de todo su cuerpo al sentir que la riego con mi placer, sus brazos que sujeto con fuerza de violación, sus espasmos, durante los que crispa las nalgas como si recibiera latigazos.
Al apartarme, aún jadeante, mi sexo permanece unido a ella por lentas gotas blancas que se derraman sobre su vértice, entre las piernas. Relajo sus nalgas y juego con la caída lenta de la esperma por entre ellas. Ella, silenciosa, manchada, poseída.
Disfrutar teniéndote sin tenerte: eso es el placer eterno.
martes, 18 de octubre de 2011
Lo que nace de un beso (III)
Y por fin llegamos al hotel.
- Una sola noche –le digo al recepcionista.
La habitación es espaciosa. Corremos las cortinas y nos quedamos contemplando la cama: amplia y sin adornos, apenas un cabezal de esos antiguos de barrotes. Hay una sola mesilla y un jarrón de flores. Lo llena de agua y pone allí las flores que le he regalado. Cuando deja las flores, se desnuda con lentitud pero sin interrumpirse. Es como si continuase manejando las flores: la chaqueta rosada, la falda de suave cremallera, las medias, la celosía blanca y dúctil del portaligas, todo va cayendo sobre la cama con regularidad de nevada, en un silencio turbador. Se arrodilla frente a su propia ropa y, sin apartar las sábanas, se tiende desnuda por completo, bocabajo, el pelo suelto, separando hasta el infinito las piernas.
La contemplo perseverante, así tendida en la cama. Cierro los ojos. Los abro: esa pausa la ha transformado. La visión que ahora tengo de ella es totalmente distinta; su cuerpo parece un símbolo.
No encuentro obscenidad. Hallarla así, en esa posición abierta, las piernas casi hundidas, su última oscuridad iluminada y roja, sin que exista ni violencia ni fuerza. Muy al contrario: una inmensa ternura parece depositada sobre su desnudez, como un velo.
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