sábado, 30 de marzo de 2013

Demanda de divorcio




En sus más de 32 años como juez de familia jamás se encontró con una demanda así. Había resuelto divorcios con las peticiones más variopintas que siempre tenían el denominador común de repartirse las miserias. Pero la reclamación que estaba en sus manos era diferente. Ni siquiera era un divorcio. La demandante no solicitaba quedarse la vivienda conyugal para ella, ni que él la abandonase, ese no es el problema señoría podremos vivir juntos el resto de nuestras vidas,  decía el escrito. Tampoco pedía pensión alimenticia, ni compensatoria, tengo un  trabajo y suficientes recursos económicos para no necesitar pensión y sé que en caso necesario, él nunca me abandonaría, aseguraba.  No reclamaba la partición de los bienes en común: lo tenemos todo repartido,  lo suyo está a su nombre y lo mío también. Nunca hemos discutido por eso y no vamos a empezar ahora después de 30 años de matrimonio,  garantizaba. Y mis hijos ya son mayores y hace años que se fueron de casa. Nos vienen a visitar a menudo y ambos adoran a su padre. Yo estoy orgullosa de ello y procuro fomentar esa relación paterno-filial.

Mi problema o, mejor dicho, nuestro problema es que necesitamos separarnos, pero no para siempre -continuaba la demanda- Deseo separarme (y sé que mi marido también) para que nuestro matrimonio perdure. Sé que puede parecer una incongruencia pero así es. Mi marido y yo nos queremos y no pasa por nuestra cabeza romper nuestro matrimonio;  de ahí esta solicitud.  Es disparatado, lo sé pero piénselo un momento señoría. Como le he dicho (escrito) llevamos más de 30 años casados y puedo afirmar que no nos ha faltado de nada: unos hijos sanos e inteligentes; tenemos una situación económica desahogada y un trabajo que nos permitirá llegar a la jubilación sin sobresaltos. Le aseguro que nuestra existencia es feliz. Siempre nos hemos puesto de acuerdo en las decisiones que afectaban a nuestros hijos y economía y, en eso, gozamos de una total y completa autonomía sin tener que dar explicaciones el uno al otro. Esa plácida existencia se rompería  si se quebrantase la lealtad. Si empezásemos a mentirnos el uno al otro sobre el porqué de nuestras ausencias, si empezásemos a ocultar nuestros ordenadores con passwords o escondiésemos nuestros teléfonos móviles. No quiero que eso ocurra y para eso necesito que usted, señoría, me ayude en esta situación.

Nunca había dejado sin resolver una petición y aquella no iba a ser una excepción por extraña que fuera. Dentro del plazo establecido dictó Sentencia y declaro la separación de los cónyuges los fines de semana alternos, así como la mitad de las  vacaciones de Navidad,  el primer año del 24 al 31 de diciembre a las 20 horas y, el segundo, del día 1 al 6 de enero inclusive. En cuanto a las vacaciones de Semana Santa, los años impares los cónyuges la pasarán separados y, las vacaciones laborales de verano, se separarán durante un mínimo de 15 días. Nada se establece en cuanto a la designación del domicilio en esos períodos de separación, ni en cuanto a compensaciones económicas o pensiones alimenticias ya lo convendrán entre ellos. Lo que si se dispone –concluía la Sentencia- es que durante los períodos de separación ambos cónyuges quedan liberados de explicarse sus actividades ni de mútuo acuerdo.  

domingo, 24 de febrero de 2013

¿Por qué le llaman amistad cuando quieren decir sexo?


La amistad entre hombre y mujer es una manera de definir el “sexo sin compromiso”. Es mucho más decoroso vestir de amistad un calentón con un hombre o con una mujer que definirlo como simple polvo. Amparándose en la amistad, ellas y nosotros, retozamos sin la dependencia del sentimiento y, lo que es mejor, sin la promesa de exclusividad. Particularmente me produce risa cuando nosotros y, en mayor medida ellas, decimos muy serios: “es que para acostarme con alguien necesito sentir algo”. Siempre había pensado que ese “algo” se refería a un sentimiento de afectividad pero, con el paso del tiempo y viendo lo efímeras que son ciertas amistades, sé que es puro deseo sexual.  Y cuando este se esfuma o se pierde la tensión que produce la falta de sexo, se acaba la amistad. Eso es perfecto porque la brevedad hace aflorar la pasión e impide el sentimiento, algo tan engorroso que siempre provoca daños colaterales.

domingo, 10 de febrero de 2013

Al cruzar el portal...




Se estaba preguntando cómo había llegado hasta allí. No encontraba respuesta al porqué deambulaba con el coche tratando de encontrar un buen ángulo de visión de la entrada de aquella portería situada en una calle semipeatonal. Tal vez la pasión que le desbordaba el alma era la causa. O tal vez la de ella, una pasión desconocida para él que unas horas antes había visto reflejada en sus ojos y expresada en su cuerpo lleno de caricias de “te quiero”.  

Ahí estaba,  queriendo ver sin ser visto, intentando que su coche pasase desapercibido. Amparado en la oscuridad y en su propio yo irreconocible,  esperaba que ella apareciese con  el argumento que aliviase su miedo. Miedo a que la pasión le arrastrase a los misterios de un futuro desconocido e incierto. Un futuro que dependía de la verdad de ella.

La cobardía deseaba verla aparecer por aquél portal a lomos de la moto de Jaime y entrar en su domicilio. Ella le negaría cualquier relación que no fuese amistad, como si eso fuera posible en la intimidad de una habitación entre hombre y mujer. Esa sería la excusa para dejar aquella locura nada recomendable para un hombre maduro y aparentemente estable. Pero su interior se aferraba a la realidad de una ilusión y le empujaba a vivirla.  

Pasó una hora y otra y otra y no aparecía. El ulular del sonido de las ambulancias le sirvió para decidir que ya estaba bien la espera. Puso rumbo a su casa donde le esperaba el equilibrio. En su cara se dibujaba una sonrisa. Sabía que ella no había cruzado el portal con Jaime. No lo haría nunca, aunque de eso se enteró a la mañana siguiente cuando abrió la sección de sucesos del periódico y leyó la noticia del fallecimiento de una pareja al ser embestida por un camión la moto en que viajaban.

martes, 1 de enero de 2013

Me diste algo más que tu espalda...


 Lunes, martes, miércoles, jueves… Los días se habían convertido en nombres faltos de la esencia que los hacía únicos. Mayo, junio, julio, agosto… Los meses trascurrían sin alterar la monotonía de su caída en las hojas del calendario. 2009, 2010, 2011, 2012… Los años corrían empeñados en encontrar un sentido al vértigo de su número. Sin embargo nadie podía ganarle al Tiempo una imposible carrera. Su pulso continuaba inalterable a pesar de los esfuerzos de un inverosímil calendario por acabar con Él.

Nadie podía pensar que a tan poderoso caballero solo hacía falta darle la espalda para llenarlo del ímpetu que alumbra la esperanza. Nadie podía pensar que detuviera su curso por unas palabras paridas de la pasión desbordada… Ni tan siquiera yo que ando metido   en un convencional mundo de necesidades satisfechas y en el que no escatimo halagos que visten vanidades.  
¿Hay algo más irresistible que la belleza? ¿Existe algo más fuerte que la ilusión? Rotúndamente si. Las siguientes palabras:

“Te dí la espalda.

Nada más limpio y vulnerable que la espalda.

La mía es blanda, con millones de depresiones donde depositar besos; con miles de concavidades donde refugiar mimos; con cientos de resquicios donde abrigar roces; con decenas de grutas para reposar “te amos”; con más de una hendedura donde, simplemente, descansar. Con la curvatura perfecta para el discurrir de lágrimas, la comba perfecta por la que dejar resbalar suspiros y el cauce adecuado para ahogarlo en sudor.

Te dí la espalda y es lo mejor que puedo dar. La espalda, donde se cobija el alma y se resguarda el corazón, donde más duelen las puñaladas.

Te dí la espalda cuando aún tenía fatigada el alma, mutilado el corazón y sangrante la herida. Te dí lo que no soy y provoco” (Un regalo de “M” que hizo florecer mi otoño)

A mí sólo me cabe desear que en adelante os den muchas veces la espalda (pero no ésta)

domingo, 23 de diciembre de 2012

En un fin de semana de diciembre...


En un fin de semana de diciembre te puedes encontrar a Fito empezando la casa por el tejado,eso si, con sus Fitipaldis...









O puedes encontrarte con dos palomas. Las vi este domingo  en el cruce de dos calles en Barcelona. Me conmovió la escena. Una de las dos palomas yacía muerta aplastada por las ruedas de algún  coche. Junto a ella, impasible, otra paloma. Tal vez su compañero o su compañera. Tal vez su hijo o su madre o su padre. Lo cierto es que no se movió ni cuando otra paloma se acercó a ella como advirtiéndola que se apartase, que saliese de allí porque corría el peligro de seguir el mismo destino que la paloma muerta. Me pareció que hasta señalaba el cadáver como si le dijese que por mucho que siguiese junto a ella no podía hacer nada por su vida. Nada. Ni se inmutó. Permanecía con la cabeza erguida mirándonos a todos con un gesto de incredulidad, sin  creer el porqué no entendíamos que el instinto del amor es mucho más fuerte y primario que el instinto de supervivencia.