EL
CAPARAZÓN
Durante años guardé mi dolor
como se guardan los documentos importantes: en una carpeta, con separadores,
por fechas y con cierto orgullo administrativo.
Aquí, la primera decepción.
Aquí, aquella pérdida.
Aquí, el miedo.
Aquí, las noches en que uno descubre que la almohada también puede ser un
interrogatorio.
No voy a negar que el
sufrimiento me enseñó cosas. Me quitó arrogancia, me bajó del pedestal donde
uno se sube sin darse cuenta, me obligó a mirar a los demás con menos prisa y
más cuidado. Antes de sufrir, yo creía que la compasión era una palabra bonita.
Después supe que era una mano que no pregunta demasiado.
Pero también cometí un error:
confundí la herida con la identidad.
Empecé a presentarme ante la
vida como superviviente profesional. Casi me faltaba imprimir tarjetas: “Herido
con experiencia. Disponible para conversaciones profundas”. Tenía esa vanidad
discreta de quien cree que haberlo pasado mal le concede una especie de
doctorado moral sobre los demás.
Hasta que una mañana, haciendo
la cama, encontré debajo de la almohada una nota antigua. No decía nada
especial. Solo una frase escrita por mí años atrás: “Cuando todo esto pase,
volveré a vivir”.
Me quedé quieto, con la sábana
entre las manos.
¿Y si ya había pasado?
¿Y si el dolor había cumplido su trabajo y yo seguía obligándolo a fichar cada
mañana?
Entonces entendí algo bastante
incómodo, como casi todo lo que merece la pena entender: el sufrimiento puede
abrirte, sí, pero también puede convertirse en una habitación cerrada si te
acostumbras demasiado a sus muebles.
Aquel día no fui feliz de
golpe. No hubo música, ni revelación, ni una luz entrando por la ventana como
en los anuncios de yogures digestivos. Solo recogí la nota, la rompí en cuatro
pedazos y bajé a tirar la basura.
En el contenedor, entre
cartones, botellas y restos de una cena que ya no importaba, dejé también una
parte de mí que había confundido profundidad con peso.
Luego volví a casa más ligero.
No curado.
Solo menos obediente al dolor.
«El largo plazo es una guía
engañosa para los asuntos presentes.» (John Maynard Keynes
nacido el 5 de junio de 1883 es el autor de la frase. Muy útil para políticos y
gente que siempre llega tarde pero con mucha explicación)
Hoy hace 70 años que Elvis Presley presentaba su cadera contorsionista al mundo y lo escandalizaba ¡Cuánto nos faltaba por ver!
El gos que no bordava
Li deia gos perquè sempre
tornava.
Ell somreia, amb aquella
dignitat una mica trencada dels qui han llepat massa portes tancades.
Una nit va deixar de seguir-li
l’olor. No va bordar, no va mossegar, no va fer cap escena. Només va travessar
el carrer, lent, com si aprengués a caminar sense amo.
Ella el va cridar pel seu nom.
Ell es va girar.
I per primera vegada va
entendre que un gos de rastre també pot perdre algú expressament.

No hay comentarios:
Publicar un comentario