miércoles, 3 de junio de 2026

 

LA MOCIÓN QUE NO QUERÍA HACER LA MALETA


La agencia de viajes se llamaba Horizontes Democráticos, aunque desde fuera parecía más bien una gestoría triste. De esas donde uno entra a preguntar por un viaje a Praga y sale con la sensación de haber firmado una declaración de la renta.

Yo había entrado para mirar destinos baratos, sin mucho convencimiento. Más por entretener la tarde que por viajar a ninguna parte. En el escaparate había ofertas a Benidorm, Lisboa y Lourdes. Esta última, dadas las circunstancias del país, me pareció la más realista.

Dentro había cola. Tres asesores con traje oscuro, una señora que hojeaba un folleto de la Toscana y un hombre que sujetaba bajo el brazo una carpeta blanca con una palabra escrita en grande: Moción.

No hacía falta ser muy listo para entender que aquel hombre no iba a preguntar por un fin de semana romántico.

—Siguiente —dijo la chica del mostrador.

El hombre avanzó. Los asesores avanzaron con él, pero un poco por detrás, como si no quisieran aparecer demasiado en la foto de la responsabilidad.

—Querría información sobre un viaje —dijo.

La empleada, joven, con gafas y cara de haber visto ya demasiadas cosas para su edad, puso los dedos sobre el teclado.

—Destino.

El hombre dudó.

—Waterloo.

La señora de la Toscana levantó la vista del folleto. El silencio hizo lo suyo. Incluso la impresora, que estaba tragándose una hoja con dificultad, pareció detenerse por respeto o por vergüenza ajena.

—¿Waterloo, Bélgica? —preguntó la empleada.

—Sí. Bueno. No exactamente. Es una consulta.

—¿Quiere viajar o solo quiere que parezca que está dispuesto a viajar?

Uno de los asesores tosió. Tosió como se tose en política: para ganar tiempo, no aire.

—Mire —dijo el hombre—, yo necesito saber qué opciones hay para ir sin ir del todo.

La chica lo miró.

—Eso no lo tengo en el sistema.

—Pues debería. Es una necesidad bastante frecuente.

—¿Billete de ida y vuelta?

—Más bien de ida y titular.

La empleada tecleó algo. Luego miró la carpeta.

—¿Viaja con equipaje?

—Lo normal.

—¿Maleta?

—Insultos.

—¿Perdón?

—Insultos antiguos. Cosas dichas en mítines, entrevistas, ruedas de prensa. Ya sabe. Lo habitual.

—Eso cuenta como exceso de equipaje.

—No puede ser. En España siempre ha viajado gratis.

La chica respiró hondo. Se notaba que le pagaban poco para según qué conversaciones.

—Aquí me sale una incidencia. Si usted quiere negociar en Waterloo, no puede facturar según qué palabras y luego presentarse en el mostrador como si viniera con flores.

—No voy con flores. Voy con una moción.

—Peor me lo pone.

El hombre apretó la carpeta contra el pecho. Detrás, los asesores miraban los folletos con un interés repentino. Uno fingía leer una oferta de crucero por el Danubio. Otro observaba un mapa de Bélgica con la concentración de quien busca una salida de emergencia.

—Yo no puedo ir allí —dijo el hombre al fin—. Compréndalo. ¿Qué dirían los míos?

—No sé quiénes son los suyos hoy.

La frase cayó sobre el mostrador sin levantar la voz. Fue peor así.

La señora de la Toscana cerró el folleto despacio. Yo hice como que miraba una oferta a Oporto, pero me quedé escuchando, naturalmente. Uno tiene principios, pero tampoco hay que exagerar.

—Los míos son los míos —respondió él.

—Claro —dijo la empleada—. El problema es que para este destino el sistema pide coherencia mínima.

—¿Y eso cuánto cuesta?

—Muchísimo.

—Entonces descarte esa tarifa.

La chica giró la pantalla un poco hacia él.

—Hay otra opción más económica. Usted anuncia que quiere presentar una moción, pide apoyos por televisión, exige elecciones, dice que la culpa es del Gobierno, de Puigdemont, de los socios, de la aritmética parlamentaria y, si se complica mucho la tarde, hasta del tiempo. Luego espera a que alguien le diga que no, y ya puede explicar que no se dan las condiciones.

El hombre pareció aliviado.

—Esa opción me resulta familiar.

—Sí. Es la más contratada.

—¿Incluye rueda de prensa?

—Dos.

—¿Y gesto grave?

—De serie.

—Perfecto.

—Pero tiene un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—Que se nota.

Ahí el hombre dejó de sonreír. No mucho. Lo justo para que se le viera el cansancio. No el cansancio noble de quien ha trabajado demasiado, sino ese otro cansancio de quien lleva meses repitiendo una frase y empieza a sospechar que la frase ya no trabaja para él.

En ese momento entró un mensajero con casco de moto. Traía una carpeta amarilla.

—Paquete para el señor de Waterloo.

Nadie preguntó quién era. Todos lo sabíamos.

El hombre abrió la carpeta. Dentro había un espejo pequeño y una nota escrita a mano:

Las ofertas serias se hacen mirando a la cara.

Lo cerró enseguida.

—Esto es una provocación.

—Puede ser —dijo la empleada—. Pero también puede ser un espejo. A veces se parecen bastante.

Los asesores se movieron inquietos. Uno miró el reloj. Otro consultó el móvil. El tercero tenía la expresión de quien está calculando si todavía queda alguna salida por la puerta del baño.

—Lo pensaré —dijo el hombre, recogiendo su moción.

—¿Le reservo el billete?

—No. De momento seguiré pidiendo elecciones.

—¿Desde dónde?

—Desde donde pueda.

Y se marchó. La carpeta bajo el brazo, los asesores detrás, la cabeza alta y los pies quietos, que es una postura muy española para afrontar los viajes incómodos.

La empleada me miró entonces.

—¿Y usted?

—Yo venía a preguntar por un destino tranquilo.

—No me queda ninguno.

—¿Ni fuera de España?

—Fuera sí. Pero luego hay que volver.

Salí de la agencia sin comprar nada. En la acera hacía sol. Un sol vulgar, de miércoles, sin épica y sin comunicado oficial.

Al pasar junto al escaparate, vi reflejada la carpeta blanca del hombre alejándose calle abajo. Durante un segundo me pareció que la moción caminaba sola, arrastrando una maleta vacía, buscando un taxi hacia un aeropuerto donde nadie tuviera que embarcar de verdad.

Y pensé que quizá el problema no era Waterloo.

Quizá el problema era que aquí todo el mundo quiere llegar a alguna parte sin moverse del sitio.

«Nunca he pedido los adornos de los cargos; prefiero hacer guardia y trabajar como el soldado más humilde por la seguridad del emperador.» (El autor de la frase es Sejano que nació el 3 de junio del año 20 a. de C. Suena humilde, pero huele a ambición envuelta en uniforme limpio es decir, bien podría haberla suscrito Leire Díaz  o de su entorno. Adivinar quién es el emperador)

Michael Clarke baterista de The Birds nació el 3 de junio de 1946 y se fue a la habitación de al lado 27 años después. No me consta que pertenezca al excelso club de los 27 pero, en el más allá, no creo que le pidiesen acreditaciones. La canción que es de 1965 parece hecha compuesta por el mismo Nuñez Feijó: Gira, gira y gira.


L’ofici de girar

Quan la mare va morir, l’avi va deixar de reparar rellotges. Deia que el temps també es cansava de donar explicacions. Al taller, les agulles dormien en capses petites, com insectes de llautó. Un dia, la néta va entrar plorant perquè l’havien deixada. Ell va obrir un rellotge vell i li va donar una roda dentada.

—Guarda-la.

—Per què?

—Per recordar que tot gira, fins i tot el dolor.

Ella el va abraçar. A fora, la primavera feia veure que no sabia res.


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