jueves, 30 de julio de 2026

 

EL ERROR HUMANO

El escritor terminó el relato a las tres y diecisiete de la madrugada.

Lo leyó una vez. Luego otra. No encontró una sola falta de ortografía, los personajes actuaban con coherencia y el final cerraba la historia con una precisión que hasta a él le pareció sospechosa.

Las bases del premio prohibían expresamente el uso de inteligencia artificial. El jurado podía exigir borradores, historial de cambios y cualquier otra prueba de humanidad.

Preocupado, abrió de nuevo el archivo.

Escribió haber sin hache, confundió un porque con un por qué y colocó una coma entre el sujeto y el verbo. Después hizo que la protagonista, vegetariana desde la primera página, pidiera un filete poco hecho. Por último, sustituyó el final por una frase insípida:

«Y desde aquel día todo volvió a ser como antes».

Sonrió satisfecho. Aquello ya tenía imperfecciones, contradicciones, cansancio. Aquello parecía suyo.

El relato ganó el primer premio.

El jurado destacó «su extraordinaria autenticidad», «la emoción torpe pero sincera» y, sobre todo, «esas pequeñas grietas que solo puede cometer un ser humano».

Durante la ceremonia, el escritor subió al escenario, recogió el trofeo y agradeció el reconocimiento con la voz temblorosa.

Nadie supo que el discurso se lo había escrito una inteligencia artificial.

Era perfecto.

Por eso lo leyó mal.

«Només amb la llengua sobreviurem.» (Joan Triadú Nacido el 30 de julio de 1921 para ser escritor, pedagogo y crítico literario, activista cultural y resistente antifranquista. Solo con la frase se condensaba todo lo que fue)

Sean Moore cumple hoy 58 años y sin él la batería del grupo Manic Street Preachers (algo así como los maníacos predicadores de la calle) no sonaría o no lo haría igual. Por cierto, la canción del vídeo se inspira en la Guerra Civil espanyola y en los voluntarios galeses que combatieron en las brigadas internacionales.

L’herència de callar

L’avi mai no explicava la guerra. Només, quan algú deia «no n’hi ha per tant», apartava el plat i mirava els néts com si els comptés.

Una tarda, el petit tornà de l’escola amb un blau a la galta. Ningú havia vist res. Ningú volia embolics.

L’avi s’alçà lentament, es posà l’abric que reservava per als enterraments i anà a buscar el director.

—Avui és ell —digué abans de sortir—. Demà, potser, sereu vosaltres.

La família va entendre, massa tard, que el silenci també deixa descendència.



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