FE DE
ERRATAS
Mi abuela se quitó catorce años para
abrirse un perfil en una aplicación de citas.
—Pon sesenta y ocho —me ordenó.
—Pero tienes ochenta y dos.
—Por eso. A estas edades, la verdad
necesita maquillaje.
Escogimos una fotografía reciente,
aunque me obligó a recortarla para que no apareciese el andador. En la
descripción escribió: Viuda, independiente, aficionada al baile y dispuesta
a recuperar el tiempo perdido.
—Eso puede malinterpretarse —le advertí.
—Esa es la intención.
A la semana conoció a Julián. Decía
tener setenta y cuatro años, una prótesis de rodilla y unas manos que, según mi
abuela, no parecían jubiladas. Empezaron tomando café. Después llegaron los
boleros, las cenas con dos copas de vino y aquellas llamadas nocturnas que ella
contestaba encerrándose en su habitación.
Una mañana no durmió en casa.
Volvió al mediodía con el pelo revuelto,
la misma ropa y una sonrisa que no le veía desde que murió mi abuelo.
—¿Dónde estabas?
—En un hotel.
—¡Abuela!
—No grites, que todavía tengo resaca.
Tres meses después decidió confesarle la
verdad.
—Julián, te he engañado. Tengo ochenta y
dos años.
Él sacó la cartera y le mostró el carné
de identidad.
—Yo tengo ochenta y siete.
—¿Y por qué pusiste setenta y cuatro?
—Porque no quería acostarme con una
vieja.
Mi abuela se abrochó lentamente la
blusa.
—Pues acabas de hacerlo tres veces.
Julián sonrió con ese orgullo absurdo
que rejuvenece más que cualquier crema.
Desde entonces, cuando alguien le
pregunta la edad, mi abuela responde que depende.
—Para Hacienda, ochenta y dos. Para el
médico, demasiados. Y para Julián, esta noche vuelvo a cumplir dieciocho.
«La justicia sirve para armonizar los
corazones.» (La frase es de Fátima az-Zahra nacida el 27 de julio del 604. Para
ella la justicia es importante porque evita que el agravio, el resentimiento y
la desconfianza separen a las personas. Además de sus frases es importante en
el mundo islámico por ser la hija del Profeta Mahoma.)
Fred Mascherino integrado en la banda Taking Back Sunday cumple hoy 51 años; como el verano pasado y el pasado y el otro y el otro y más allá.
D’un altre any
Quan ella va tornar al poble, encara duia l’estiu
enganxat als cabells. Ell l’esperava al bar de sempre, amb la mateixa camisa i
una ferida nova.
—Arribes tard —va dir.
Ella va somriure com qui no ha marxat mai.
Van parlar del temps, dels amics, de la platja. No
van parlar d’ells.
En acomiadar-se, ella li va fer un petó a la galta.
Ell va quedar-se quiet, mirant la porta.
L’estiu havia tornat.
Ella, en canvi, ja era d’un altre any.

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