lunes, 20 de julio de 2026

 

PAN, CIRCO Y PRÓRROGA


Anoche ganó Espanya.

Esta mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que dentro cabía Portugal.

Ganamos todos.

Es la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no tocaron el balón.

Los jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después llegaron los demás para levantarlo políticamente.

El Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar cualquier cosa.

La oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.

La ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier otro día.

Los nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite alegrarse sin que se note demasiado.

En política no hay sentimientos.

Hay perífrasis.

Hoy los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo, unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.

Los jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.

El presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.

También la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.

La diferencia es sencilla.

Cuando lo hace el adversario es propaganda.

Cuando lo hacen los nuestros es patriotismo.

Mientras tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión bilateral para decidir quién conserva la peana.

Probablemente, después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Pero hoy Espanya estaba unida.

Lo repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase por la ventana y dudara.

La unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.

Después caduca.

Mañana volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse una bandera.

Volveremos a ser nosotros.

El fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha ganado.

En el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo; la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero aseguran que mantendrán la legislatura.

Los ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están revisando la jugada en Bruselas.

En el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.

Después de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes, presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.

Lo importante no es haber participado en la victoria.

Lo importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría producido.

Mañana cada partido utilizará la imagen.

El Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.

La derecha, una Espanya seria y competitiva.

La ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.

Los nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.

Y todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras los utilizan para hacer política.

Ese es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en aprovecharnos de lo mismo.

Juvenal lo habría entendido.

En Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos mejorado el sistema.

Ya no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.

El circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y cerveza oficial.

La distracción se ha privatizado.

Los beneficios también.

La emoción, en cambio, sigue siendo pública.

Ayer nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.

A mí no creo que me la dejen ni un fin de semana.

Debo de ser campeón en usufructo.

No culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido. También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una discusión para convertirse en una alegría.

El fútbol solo pone la pelota.

Somos nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.

Un delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.

El árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.

Al día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la Administración.

Pero con dos estrellas.

Esta noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una vez estuvimos unidos.

Nosotros regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de sobrevivir sin salir en el palco.

Ayer ganó la selección.

Hoy se han repartido la victoria quienes no jugaron.

Y nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.

El balón entró en la portería.

Nosotros volvimos a entrar en el redil.

Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.

 

El preu de la pluja

Quan el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.

El vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.

La plaça sencera començà a ballar, descalça, embogida.

Quan arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant sota la pluja.

Ningú no preguntà què havia cobrat el cel.


1 comentario: