PAN, CIRCO Y PRÓRROGA
Anoche
ganó Espanya.
Esta
mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades
autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que
dentro cabía Portugal.
Ganamos
todos.
Es
la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no
tocaron el balón.
Los
jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después
llegaron los demás para levantarlo políticamente.
El
Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir
cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que
necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar
cualquier cosa.
La
oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era
una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.
La
ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o
colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier
otro día.
Los
nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite
alegrarse sin que se note demasiado.
En
política no hay sentimientos.
Hay
perífrasis.
Hoy
los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo,
unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.
Los
jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes
resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.
El
presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría
absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.
También
la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría
exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se
apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.
La
diferencia es sencilla.
Cuando
lo hace el adversario es propaganda.
Cuando
lo hacen los nuestros es patriotismo.
Mientras
tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un
trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión
bilateral para decidir quién conserva la peana.
Probablemente,
después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete
copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.
Pero
hoy Espanya estaba unida.
Lo
repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase
por la ventana y dudara.
La
unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.
Después
caduca.
Mañana
volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los
impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse
una bandera.
Volveremos
a ser nosotros.
El
fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha
ganado.
En
el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo;
la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero
aseguran que mantendrán la legislatura.
Los
ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están
revisando la jugada en Bruselas.
En
el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.
Después
de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El
éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes,
presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.
Lo
importante no es haber participado en la victoria.
Lo
importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría
producido.
Mañana
cada partido utilizará la imagen.
El
Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.
La
derecha, una Espanya seria y competitiva.
La
ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.
Los
nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.
Y
todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras
los utilizan para hacer política.
Ese
es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en
aprovecharnos de lo mismo.
Juvenal
lo habría entendido.
En
Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos
mejorado el sistema.
Ya
no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.
El
circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los
patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y
cerveza oficial.
La
distracción se ha privatizado.
Los
beneficios también.
La
emoción, en cambio, sigue siendo pública.
Ayer
nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y
las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.
A mí
no creo que me la dejen ni un fin de semana.
Debo
de ser campeón en usufructo.
No
culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido.
También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una
discusión para convertirse en una alegría.
El
fútbol solo pone la pelota.
Somos
nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la
economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.
Un
delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.
El
árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.
Al
día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la
Administración.
Pero
con dos estrellas.
Esta
noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las
fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una
vez estuvimos unidos.
Nosotros
regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de
sobrevivir sin salir en el palco.
Ayer
ganó la selección.
Hoy
se han repartido la victoria quienes no jugaron.
Y
nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.
El
balón entró en la portería.
Nosotros
volvimos a entrar en el redil.
Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.
El preu de la pluja
Quan
el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els
núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.
El
vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una
nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.
La plaça sencera començà a
ballar, descalça, embogida.
Quan
arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant
sota la pluja.
Ningú no preguntà què havia
cobrat el cel.
Pan y circo! La música muy buena.
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