sábado, 29 de agosto de 2026

 

AMAR POR RIGUROSO TURNO


El corazón humano tiene varias habitaciones, pero la moral exige entregar las llaves de una antes de entrar en la siguiente.

Podemos enamorarnos muchas veces. Incluso queda bien decirlo cuando uno ha alcanzado cierta edad. Se cuenta durante una cena, con una copa en la mano y esa expresión de quien ha sobrevivido a varios naufragios sentimentales:

—He amado mucho.

Y los demás asienten con respeto. Algunos hasta sienten envidia. Qué hombre tan afortunado. Qué mujer tan intensa. Cuánta vida acumulada entre las sábanas y la memoria.

Eso sí: los amores deben haber ocurrido por riguroso turno.

Primero uno. Después otro. Más tarde un tercero. Puede uno prometer amor eterno cuatro veces, siempre que respete el orden cronológico. La eternidad, por lo visto, admite renovaciones.

El problema comienza cuando el corazón, que nunca ha estudiado Derecho, confunde los plazos. Entonces alguien se enamora antes de haber dejado de querer, o desea a otra persona mientras todavía comparte cama, hipoteca y contraseña de Netflix con la anterior.

Si es hombre, será mujeriego. También seductor, canalla o incorregible, palabras que a veces se pronuncian con una admiración clandestina.

Si es mujer, el diccionario despliega su sección de armas blancas: casquivana, ligera, promiscua y otras expresiones que suelen decir más de quien las utiliza que de quien las padece. Al hombre se le contabilizan conquistas; a la mujer, antecedentes.

No pretendo convertir la infidelidad en una rama de la antropología. La naturaleza puede explicar el deseo, pero no justifica la mentira. Que seamos capaces de amar a varias personas no nos autoriza a engañarlas. También somos capaces de robar un banco y no por eso deberíamos exigir una subvención evolutiva.

La cuestión es otra.

Una persona puede amar a tres parejas a lo largo de veinte años y ser considerada estable. Si las ama durante el mismo año, se convierte en una amenaza para la civilización occidental. El número no escandaliza. Escandaliza la coincidencia.

Tampoco importa demasiado si todos lo saben y lo aceptan. La sociedad sospecha de cualquier relación que no contenga una dosis razonable de sufrimiento clandestino. Tolera mejor una pareja monógama que se desprecia en silencio que tres personas que han aprendido a hablar sin mentirse. La infelicidad convencional siempre ha tenido mejor reputación que la felicidad sin licencia.

Quizá la monogamia no sea nuestra naturaleza, sino nuestra forma preferida de organizar el miedo: miedo a ser sustituidos, comparados, abandonados; miedo a que alguien descubra en otra persona lo que dejó de buscar en nosotros.

Y, sin embargo, elegimos. Porque la fidelidad no consiste en quedarse ciego ante los demás, sino en decidir qué hacemos con lo que vemos. No es ausencia de deseo. Es una promesa consciente, siempre que nadie la haya firmado bajo engaño.

El ser humano puede ser polígamo, poliándrico, monógamo o simplemente estar confundido. A veces todo ello antes del desayuno.

Pero la sociedad no le exige que ame una sola vez.

Solo le exige que haga cola.

«Que las olas me traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir» (Manuel Machado nacido el 29 de agosto de 1874 para ser poeta y hermano de Antonio. Ambos indolentes. Ambos libres. Ambos escépticos)

El 29 de agosto de 1989 Elton John publica su vigesímosegundo álbum Sleeping with the Past. En el vídeo una de las canciones más conocidas: escucharla sin sacrificio. Merece la pena.


LA MEITAT INTACTA

Quan ella va marxar, ell va deixar el seu costat del llit intacte, com si la fidelitat pogués consistir a no arrugar uns llençols. Cada nit dormia arrapat a la vora, castigant-se per un desig que havia confós amb amor.

Al cap d’un any, ella va tornar a buscar una capsa de fotografies.

—Encara m’esperes?

Ell va mirar el buit, tan ben conservat, i va negar amb el cap.

No l’esperava. Només havia après a conviure amb el sacrifici.

Aquella nit, per fi, dormí al mig.


No hay comentarios:

Publicar un comentario