viernes, 28 de agosto de 2026

 

EL DERECHO A ABURRIRSE


El otro día un niño dijo:

—Me aburro.

Y tres adultos se levantaron como si hubiera gritado «¡fuego!».

Uno propuso llevarlo al parque. Otro buscó en el móvil un taller de cerámica infantil. El tercero recordó que, a veinte minutos en coche, había una exposición interactiva sobre dinosaurios con realidad aumentada. Faltó llamar a Protección Civil.

El niño los miraba en silencio. Solo había comunicado un estado de ánimo, pero los mayores ya estaban organizando un dispositivo de emergencia.

Hoy el aburrimiento infantil parece una modalidad de abandono. Si un niño se aburre, alguien considera que sus padres no se esfuerzan lo suficiente, que los abuelos han perdido facultades recreativas o que el tío carece de imaginación. Hemos dejado de ser familiares para convertirnos en animadores socioculturales.

Hay niños con una agenda que haría llorar a un subsecretario: natación, inglés, robótica, teatro, música, fútbol y, cuando empiezan a mostrar síntomas de agotamiento, mindfulness.

Los apuntamos a mindfulness para que aprendan a no hacer nada, pero a una hora determinada, con monitor y cuota mensual.

Todo sea para evitar que se aburran.

Cuando yo era pequeño también me aburría. Supongo. No lo recuerdo porque el aburrimiento no dejaba fotografías. Nadie inmortalizaba aquellos momentos ni escribía debajo: «José Ángel, siete años, mirando una pared durante cuarenta minutos».

Si decía que me aburría, la respuesta solía ser:

—Pues abúrrete.

Entonces aquella frase me parecía de una crueldad extraordinaria. Ahora empiezo a pensar que era una concesión de libertad.

Nadie organizaba nada. Nadie me entregaba materiales reciclables para estimular mi creatividad. Nadie me preguntaba qué actividad prefería realizar para gestionar mis emociones. Tenía que buscarme la vida.

Y me la buscaba.

Convertía una caja de cartón en una fortaleza, una silla en un caballo y dos piedras en enemigos irreconciliables. A veces jugaba con otros niños. Otras veces daba patadas a una lata. También podía pasar un buen rato sin hacer absolutamente nada, que es una actividad mucho más difícil de lo que parece.

No digo que nuestra infancia fuera mejor. En muchas cosas fue peor. Tampoco pretendo confundir el aburrimiento con la soledad, el abandono o la falta de atención. Pero entre desentenderse de un niño y organizarle hasta el último minuto de su existencia debería quedar algún espacio vacío.

Una tarde sin programa.

Un rato sin pantallas.

Un tiempo en el que nadie le diga qué tiene que hacer con su tiempo.

Porque quizá de ese hueco no salga nada. O quizá salga un juego, una historia, una travesura, una pregunta incómoda o la primera conversación seria consigo mismo.

De adulto también me he aburrido. Mucho. Me he aburrido en reuniones, en conferencias, en películas excelentes según la crítica y en conversaciones que no se atrevían a terminar. Me han aburrido y, para ser justo, también he aburrido yo a otros con una eficacia bastante profesional.

Mi vida no ha sido una fiesta diaria. Por fortuna.

He tenido domingos largos, esperas inútiles, viajes interminables y sobremesas en las que el reloj parecía haberse quedado dormido. Y no me considero infeliz. Tal vez porque aprendí que no todos los minutos están obligados a justificar su existencia.

Me preocupa que criemos niños incapaces de soportar un silencio, una espera o una tarde sin acontecimientos. Adultos que necesiten estímulos constantes para no quedarse a solas con sus propios pensamientos. Personas que interpreten cualquier pausa como un fallo del sistema y cualquier rutina como una tragedia.

Por eso reivindico el derecho de los niños y las niñas a aburrirse. A decir «me aburro» sin que toda la familia se movilice para practicarle una reanimación recreativa.

La próxima vez que un niño pronuncie esas dos palabras, quizá deberíamos respirar hondo y contestar como antes:

—Pues abúrrete.

Si al cabo de un rato inventa algo, estupendo.

Y si continúa mirando la pared, dejémoslo tranquilo.

Puede que solo esté aprendiendo a vivir cuando nadie organiza la función.

 «I have a dream» (“He tenido un sueño”. Ese es el título del discurso que pronunció Martin Luther King el 28 de agosto de 1963. En él proclamaba un mundo en el que los hombres de piel negra y los de piel blanca pudiesen vivir en paz. Si, era un sueño porque la realidad es una pesadilla)

El 28 de agosto de 1964 el flamante premio nobel de literatura de 2016 Bob Dylan, inicia a los 4 miembros de The Beatles en el consumo de marihuana. Ellos, dos años más tarde componen una canción, más bien una "oda" a aquella noche.


UNA ALTRA MENA D’AMOR

Va entrar a l’habitació de la mà d’un poeta i amb una rialla estranya. Jo no sabia com es deia, però Ringo mirava el sostre com si el cel hagués baixat a saludar-lo.

La vaig tastar. De sobte, les parets van deixar de ser serioses i Paul anotava frases en un tovalló.

—Això acabarà en una cançó —va dir John.

Dos anys després, tothom va creure que Paul cantava a una dona.

Només nosaltres sabíem que aquella nit no havíem conegut cap noia, sinó una manera nova de perdre el cap.


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