BORRAR LA FOTO
He
pensado bastante en las fotografías.
En
esas fotografías familiares que uno va dejando por las redes sociales casi sin
darse cuenta: una comida, unas vacaciones, una boda, un niño que llega, una
mirada que no necesita pie de foto porque ya lo dice todo. Antes se guardaban
en álbumes y se enseñaban a las visitas después del café. Ahora las colgamos en
Instagram para que las vea medio planeta, incluida gente a la que no
invitaríamos ni a tomar el café.
Esther
González también tenía las suyas.
Una
mujer. Su mujer.
Un
hijo. Su hijo.
Una
familia, vaya.
Nada
especialmente revolucionario en España en 2026. Ni siquiera debería ser
necesario aclararlo. Pero lo aclaro porque resulta que Esther González,
futbolista española de élite, campeona del mundo, ha fichado por el Al Qadsiah
de Arabia Saudí y, coincidiendo con su llegada allí, esas fotografías
familiares han desaparecido de la primera línea de sus redes sociales.
No
sé si alguien se lo pidió.
No
sé si fue una recomendación del club, del representante, de un asesor, de un
abogado o del Espíritu Santo encargado de las relaciones públicas del fútbol
saudí.
Ella
no lo ha explicado.
Por
tanto, no voy a inventármelo.
Pero
existe una coincidencia de esas que te obligan, por lo menos, a levantar una
ceja: cambias Estados Unidos por Arabia Saudí y tu mujer y tu hijo desaparecen
de Instagram.
Debe
de ser cosa del algoritmo.
Ya
sabemos cómo son los algoritmos.
Muy
suyos.
Lo
curioso es que Esther sigue teniendo mujer. Y sigue teniendo hijo. Borrar una
fotografía no modifica el Registro Civil ni, afortunadamente, los afectos. La
realidad tiene esa mala costumbre de continuar existiendo aunque la elimines de
la pantalla.
Y
ahí es donde el asunto deja de parecerme una anécdota deportiva.
Porque
Arabia Saudí es un país donde las relaciones homosexuales están perseguidas. Un
país que quiere modernizar su imagen, organizar grandes acontecimientos
deportivos, fichar futbolistas, golfistas, entrenadores y estrellas
internacionales, mientras determinadas vidas continúan resultando incómodas
cuando salen en la fotografía.
Puedes
jugar al fútbol.
Puedes
marcar goles.
Puedes
ser campeona del mundo.
Puedes
ser una estrella.
Pero,
por favor, procura que tu biografía no moleste demasiado.
Es
una modernidad curiosa.
Algo
así como instalar la última versión del sistema operativo en un ordenador del
siglo pasado.
Y
quiero ser cuidadoso porque resulta muy fácil juzgar desde el sofá de casa,
donde uno puede querer a quien le dé la gana sin preguntarse si una fotografía
puede traerle problemas. Si Esther González ha retirado esas imágenes para
proteger a su familia o protegerse ella, puedo comprender el miedo.
Lo
que me cuesta bastante más comprender es el paso anterior.
Porque
nadie la ha deportado allí.
Ha
fichado.
Y
fichar significa elegir.
Ahí
empieza para mí la verdadera reflexión.
Todos
tenemos un precio.
No
nos engañemos.
Nos
gusta pensar que no, que somos hombres y mujeres de principios, sólidos como
una roca, inmunes al dinero, al poder y a las tentaciones. Hasta que alguien
coloca una cifra suficientemente grande encima de la mesa y descubrimos que
algunos principios eran sólidos, sí, pero tenían ruedas.
Yo
tampoco sé cuál sería mi precio.
Y
precisamente por eso procuro no ponerme demasiado solemne.
Pero
hay contratos que incluyen cláusulas que no aparecen escritas.
Te
pagan por jugar al fútbol y quizá también, indirectamente, por no enseñar
demasiado quién eres.
Te
pagan por tus goles, pero la factura puede incluir un pequeño descuento sobre
tu identidad.
Nada
grave.
Solo
unas fotografías.
Solo
tu mujer.
Solo
tu hijo.
Solo
una parte de tu vida.
Y
aquí aparece una paradoja especialmente amarga tratándose del fútbol femenino.
Durante
décadas las mujeres han luchado para poder jugar al fútbol. Para poder vivir
profesionalmente de él. Para ser visibles. Para que las televisiones
retransmitieran sus partidos. Para que los estadios se llenaran. Para que una
niña pudiera decir «quiero ser futbolista» sin que nadie le regalase una muñeca
para corregirle la vocación.
Visibilidad.
Esa
ha sido precisamente una de las grandes conquistas.
Y
ahora resulta que una futbolista alcanza un magnífico contrato profesional en
un país donde, para integrarse cómodamente, puede resultarle conveniente
hacerse invisible en aquello que forma parte esencial de su vida.
No
deja de tener cierta crueldad.
Hemos
conseguido que las mujeres sean visibles sobre el césped para pedirles después
que determinadas mujeres sean discretas fuera de él.
No
quiero convertir a Esther González en símbolo de todos los males.
Sería
demasiado fácil y seguramente injusto.
La
responsabilidad principal pertenece a una sociedad y a un sistema político que
consideran problemático aquello que en otros lugares hemos tardado siglos en
aceptar como normal: que dos personas adultas puedan amarse sin pedir permiso.
Pero
tampoco compro la teoría de que las decisiones individuales carecen siempre de
responsabilidad.
Somos
lo que elegimos cuando podemos elegir.
Especialmente
cuando nuestras elecciones tienen un valor público.
Un
futbolista que anuncia unas zapatillas sabe que está prestando su imagen para
vender zapatillas. Una estrella que ficha por una competición sabe también que,
además de jugar, presta una parte de su prestigio a quien la contrata.
Eso
es precisamente lo que busca Arabia Saudí con buena parte de sus inversiones
deportivas: que cuando pensemos en el país pensemos también en fútbol, grandes
competiciones, estadios, estrellas y modernidad.
Que
miremos el césped.
No
demasiado alrededor.
Por
eso las fotografías de Esther me parecen importantes.
Mucho
más importantes que un gol.
Porque
en esas imágenes borradas cabe toda la contradicción.
Una
mujer que ha conquistado la libertad suficiente para casarse con otra mujer
llega a un país donde ese matrimonio no existe jurídicamente como tal y donde
las relaciones entre personas del mismo sexo son perseguidas.
Y
para entrar en ese nuevo mundo, la familia desaparece de la pantalla.
Quizá
por prudencia.
Quizá
por miedo.
Quizá
por consejo.
Quizá
por dinero.
Probablemente
por una mezcla de cosas que desconocemos.
Pero
la fotografía ya está hecha aunque haya sido borrada.
Y no
me refiero a la de Instagram.
Me
refiero a esta otra:
una
extraordinaria futbolista posando sonriente con la camiseta de su nuevo equipo
mientras, fuera del encuadre, quedan su mujer y su hijo.
A
veces lo verdaderamente importante de una fotografía no es lo que aparece en
ella.
Es
aquello que, para poder hacerla, hemos tenido que sacar del encuadre.
«Lo que un hombre es se
compone de tres cosas: lo que posee de nacimiento, lo que recibe de su entorno
y, lo más importante, lo que consigue mediante su propio esfuerzo.» (Józef
Maria Bocheński nacido el 30 de agosto de 1902 fue fraile dominico, filósofo y
lógico polaco gracias a su entorno y a su propio esfuerzo. Supongo que de nacimiento lo estuvieron cuidando y alimentando, que no es poco)
Martin Jackson cumple hoy 68 años y hace 40 la canción de su grupo Swing Out Sister, Breakout, no hubiese sonado igual sin su batería.
La
porta ja era oberta
La
porta no estava tancada.
Ho
va descobrir després de trenta anys demanant permís per sortir.
Al
marit. Als fills. A la feina. Als pares morts, fins i tot.
Aquell
matí va omplir una maleta petita. Només roba, un llibre i aquell vestit vermell
que sempre havia considerat massa atrevit.
Abans
de marxar, va deixar una nota:
—No
busqueu culpables. He trigat massa a trobar-me.
Va
baixar al carrer.
Ningú
no la perseguia.
I
això, estranyament, va ser el que més li va doldre.

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