domingo, 30 de agosto de 2026

 

BORRAR LA FOTO


He pensado bastante en las fotografías.

En esas fotografías familiares que uno va dejando por las redes sociales casi sin darse cuenta: una comida, unas vacaciones, una boda, un niño que llega, una mirada que no necesita pie de foto porque ya lo dice todo. Antes se guardaban en álbumes y se enseñaban a las visitas después del café. Ahora las colgamos en Instagram para que las vea medio planeta, incluida gente a la que no invitaríamos ni a tomar el café.

Esther González también tenía las suyas.

Una mujer. Su mujer.

Un hijo. Su hijo.

Una familia, vaya.

Nada especialmente revolucionario en España en 2026. Ni siquiera debería ser necesario aclararlo. Pero lo aclaro porque resulta que Esther González, futbolista española de élite, campeona del mundo, ha fichado por el Al Qadsiah de Arabia Saudí y, coincidiendo con su llegada allí, esas fotografías familiares han desaparecido de la primera línea de sus redes sociales.

No sé si alguien se lo pidió.

No sé si fue una recomendación del club, del representante, de un asesor, de un abogado o del Espíritu Santo encargado de las relaciones públicas del fútbol saudí.

Ella no lo ha explicado.

Por tanto, no voy a inventármelo.

Pero existe una coincidencia de esas que te obligan, por lo menos, a levantar una ceja: cambias Estados Unidos por Arabia Saudí y tu mujer y tu hijo desaparecen de Instagram.

Debe de ser cosa del algoritmo.

Ya sabemos cómo son los algoritmos.

Muy suyos.

Lo curioso es que Esther sigue teniendo mujer. Y sigue teniendo hijo. Borrar una fotografía no modifica el Registro Civil ni, afortunadamente, los afectos. La realidad tiene esa mala costumbre de continuar existiendo aunque la elimines de la pantalla.

Y ahí es donde el asunto deja de parecerme una anécdota deportiva.

Porque Arabia Saudí es un país donde las relaciones homosexuales están perseguidas. Un país que quiere modernizar su imagen, organizar grandes acontecimientos deportivos, fichar futbolistas, golfistas, entrenadores y estrellas internacionales, mientras determinadas vidas continúan resultando incómodas cuando salen en la fotografía.

Puedes jugar al fútbol.

Puedes marcar goles.

Puedes ser campeona del mundo.

Puedes ser una estrella.

Pero, por favor, procura que tu biografía no moleste demasiado.

Es una modernidad curiosa.

Algo así como instalar la última versión del sistema operativo en un ordenador del siglo pasado.

Y quiero ser cuidadoso porque resulta muy fácil juzgar desde el sofá de casa, donde uno puede querer a quien le dé la gana sin preguntarse si una fotografía puede traerle problemas. Si Esther González ha retirado esas imágenes para proteger a su familia o protegerse ella, puedo comprender el miedo.

Lo que me cuesta bastante más comprender es el paso anterior.

Porque nadie la ha deportado allí.

Ha fichado.

Y fichar significa elegir.

Ahí empieza para mí la verdadera reflexión.

Todos tenemos un precio.

No nos engañemos.

Nos gusta pensar que no, que somos hombres y mujeres de principios, sólidos como una roca, inmunes al dinero, al poder y a las tentaciones. Hasta que alguien coloca una cifra suficientemente grande encima de la mesa y descubrimos que algunos principios eran sólidos, sí, pero tenían ruedas.

Yo tampoco sé cuál sería mi precio.

Y precisamente por eso procuro no ponerme demasiado solemne.

Pero hay contratos que incluyen cláusulas que no aparecen escritas.

Te pagan por jugar al fútbol y quizá también, indirectamente, por no enseñar demasiado quién eres.

Te pagan por tus goles, pero la factura puede incluir un pequeño descuento sobre tu identidad.

Nada grave.

Solo unas fotografías.

Solo tu mujer.

Solo tu hijo.

Solo una parte de tu vida.

Y aquí aparece una paradoja especialmente amarga tratándose del fútbol femenino.

Durante décadas las mujeres han luchado para poder jugar al fútbol. Para poder vivir profesionalmente de él. Para ser visibles. Para que las televisiones retransmitieran sus partidos. Para que los estadios se llenaran. Para que una niña pudiera decir «quiero ser futbolista» sin que nadie le regalase una muñeca para corregirle la vocación.

Visibilidad.

Esa ha sido precisamente una de las grandes conquistas.

Y ahora resulta que una futbolista alcanza un magnífico contrato profesional en un país donde, para integrarse cómodamente, puede resultarle conveniente hacerse invisible en aquello que forma parte esencial de su vida.

No deja de tener cierta crueldad.

Hemos conseguido que las mujeres sean visibles sobre el césped para pedirles después que determinadas mujeres sean discretas fuera de él.

No quiero convertir a Esther González en símbolo de todos los males.

Sería demasiado fácil y seguramente injusto.

La responsabilidad principal pertenece a una sociedad y a un sistema político que consideran problemático aquello que en otros lugares hemos tardado siglos en aceptar como normal: que dos personas adultas puedan amarse sin pedir permiso.

Pero tampoco compro la teoría de que las decisiones individuales carecen siempre de responsabilidad.

Somos lo que elegimos cuando podemos elegir.

Especialmente cuando nuestras elecciones tienen un valor público.

Un futbolista que anuncia unas zapatillas sabe que está prestando su imagen para vender zapatillas. Una estrella que ficha por una competición sabe también que, además de jugar, presta una parte de su prestigio a quien la contrata.

Eso es precisamente lo que busca Arabia Saudí con buena parte de sus inversiones deportivas: que cuando pensemos en el país pensemos también en fútbol, grandes competiciones, estadios, estrellas y modernidad.

Que miremos el césped.

No demasiado alrededor.

Por eso las fotografías de Esther me parecen importantes.

Mucho más importantes que un gol.

Porque en esas imágenes borradas cabe toda la contradicción.

Una mujer que ha conquistado la libertad suficiente para casarse con otra mujer llega a un país donde ese matrimonio no existe jurídicamente como tal y donde las relaciones entre personas del mismo sexo son perseguidas.

Y para entrar en ese nuevo mundo, la familia desaparece de la pantalla.

Quizá por prudencia.

Quizá por miedo.

Quizá por consejo.

Quizá por dinero.

Probablemente por una mezcla de cosas que desconocemos.

Pero la fotografía ya está hecha aunque haya sido borrada.

Y no me refiero a la de Instagram.

Me refiero a esta otra:

una extraordinaria futbolista posando sonriente con la camiseta de su nuevo equipo mientras, fuera del encuadre, quedan su mujer y su hijo.

A veces lo verdaderamente importante de una fotografía no es lo que aparece en ella.

Es aquello que, para poder hacerla, hemos tenido que sacar del encuadre.

«Lo que un hombre es se compone de tres cosas: lo que posee de nacimiento, lo que recibe de su entorno y, lo más importante, lo que consigue mediante su propio esfuerzo.» (Józef Maria Bocheński nacido el 30 de agosto de 1902 fue fraile dominico, filósofo y lógico polaco gracias a su entorno y a su propio esfuerzo. Supongo que de nacimiento lo estuvieron cuidando y alimentando, que no es poco)

Martin Jackson cumple hoy 68 años y hace 40 la canción de su grupo Swing Out Sister, Breakout, no hubiese sonado igual sin su batería.


La porta ja era oberta

La porta no estava tancada.

Ho va descobrir després de trenta anys demanant permís per sortir.

Al marit. Als fills. A la feina. Als pares morts, fins i tot.

Aquell matí va omplir una maleta petita. Només roba, un llibre i aquell vestit vermell que sempre havia considerat massa atrevit.

Abans de marxar, va deixar una nota:

—No busqueu culpables. He trigat massa a trobar-me.

Va baixar al carrer.

Ningú no la perseguia.

I això, estranyament, va ser el que més li va doldre.


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