domingo, 16 de agosto de 2026

 

DESPUÉS DEL MATCH

La aplicación dice que Clara y yo somos compatibles en un ochenta y siete por ciento.

No sé qué ha ocurrido con el trece restante. Tal vez ella madruga los domingos. Tal vez yo ronco. Tal vez uno de los dos considera que las croquetas congeladas son croquetas. Hay incompatibilidades que no deberían descubrirse cuando ya se ha firmado una hipoteca.

Hicimos match el martes a las once y treinta y siete de la noche. Lo sé porque la aplicación conserva la hora exacta. Antes, uno recordaba dónde había conocido a alguien: en una fiesta, en el trabajo, en el entierro de un pariente especialmente sociable. Ahora conservamos el momento administrativo en que dos desconocidos se autorizaron mutuamente a dirigirse la palabra.

Primero miré sus fotografías.

En una aparecía en la playa. En otra, abrazada a un perro. En la tercera sostenía una copa de vino y miraba hacia un lugar situado fuera del encuadre, como si allí estuviera esperándola el hombre que todavía no había encontrado. Amplié la imagen por si era yo.

No era.

Después leí su descripción:

«Me gusta viajar, reír y disfrutar de las pequeñas cosas».

Una declaración valiente. Hasta ahora no he conocido a nadie que confiese que detesta viajar, procura no reírse y solo disfruta de acontecimientos de gran envergadura.

Le escribí:

—Hola, Clara. ¿Qué tal?

Diez minutos después me respondió:

—Bien, ¿y tú?

Y así comenzó nuestra historia: dos seres humanos fingiendo que aquella conversación no había sido utilizada ya por varios millones de personas.

Durante tres días hablamos de cine, de restaurantes, de ciudades visitadas y de las virtudes del café sin azúcar. Ninguno mencionó sus neurosis, sus operaciones quirúrgicas ni a las personas que todavía viven dentro de nosotros sin pagar alquiler. En las aplicaciones uno no miente exactamente. Se limita a presentar la versión reformada de sí mismo, recién pintada y sin humedades visibles.

Al cuarto día le propuse vernos.

Clara eligió una cafetería céntrica, con terraza, camareros y mucha gente alrededor. Cuando llegó, vi que enviaba un mensaje antes de sentarse.

—Le he dicho a una amiga que ya estoy aquí —explicó.

Yo había avisado a un amigo para presumir de que tenía una cita. Ella había avisado a una amiga para que supiera dónde encontrarla si algo salía mal.

Los dos habíamos quedado con un desconocido, pero no acudíamos a la misma clase de peligro.

Aquello me quitó las ganas de hacer uno de mis chistes. Afortunadamente, solo durante unos minutos.

Había leído un estudio sobre lo que sucede después del match. Seiscientas sesenta y siete personas examinadas, una media de once citas presenciales, unos cuantos besos, relaciones sexuales con tres personas y apenas dos parejas estables. El amor convertido en un embudo estadístico.

Se lo conté.

—Entonces tú ¿por qué número vas? —preguntó Clara.

—Prefiero no saberlo.

—Eso dicen todos los que llevan mal la contabilidad.

Nos reímos.

No ocurrió nada extraordinario. No se detuvo el tráfico. Nadie empezó a tocar el violín. No descendió una luz sobre nuestra mesa para confirmar el ochenta y siete por ciento de compatibilidad.

Ella retiraba las aceitunas de la ensalada y las dejaba ordenadas en el borde del plato. Yo hablaba demasiado cuando estaba nervioso. En un momento se quedó callada, mirándome, y pensé que había perdido el interés.

—En persona pareces más cansado —dijo.

No era el cumplido que esperaba.

—Tú pareces menos segura.

Tampoco era el que esperaba ella.

Nos quedamos en silencio. Por primera vez durante la cita ninguno intentó venderse. Dos productos con el embalaje abierto, las instrucciones perdidas y alguna pieza sobrante.

A partir de ahí empezamos a hablar de verdad.

Me contó que llevaba dos años separada. Que al principio había entrado en la aplicación buscando amor, después sexo, más tarde conversación y últimamente ya no sabía muy bien qué buscaba. Yo le confesé que algunas noches deslizaba perfiles sin intención de conocer a nadie. Solo quería comprobar que todavía podía gustarle a una mujer situada a menos de veinte kilómetros.

La aplicación llamaba a eso «buscar pareja».

Nosotros lo llamamos sentirnos un poco menos solos.

Al despedirnos no hubo beso. Nos acercamos, dudamos y terminamos dándonos un abrazo lateral, esa maniobra torpe con la que dos cuerpos reconocen una posibilidad sin asumir todavía sus consecuencias.

Volví a casa convencido de que la cita había ido razonablemente bien. A los pocos minutos recibí su mensaje:

«Ya he llegado».

Nada más.

Estuve a punto de preguntarle si quería volver a verme, pero decidí esperar. No demasiado para no parecer frío. No tan poco para no parecer desesperado. El deseo contemporáneo exige dominar el cálculo infinitesimal.

La aplicación, mientras tanto, me mostró otros perfiles.

Una mujer que adoraba los atardeceres. Otra que buscaba a alguien «sin mochilas emocionales», como si a ciertas edades pudiéramos presentarnos únicamente con equipaje de mano. Una tercera tenía una compatibilidad del noventa y uno por ciento.

Cuatro puntos más que Clara.

Mi dedo se quedó suspendido sobre la pantalla.

Ahí comprendí el verdadero negocio. La aplicación no vive de que encontremos a alguien. Vive de que sospechemos que, un poco más abajo, existe alguien mejor. Más guapo, más divertido, más cercano, más disponible. Una persona sin silencios incómodos, sin aceitunas apartadas en el plato y sin un pasado que haya que aprender a respetar.

Cerré la aplicación y escribí a Clara:

«¿Volvemos a vernos?».

Tardó veintisiete minutos en responder. También lo sé porque, mientras aguardaba, miré el teléfono cuarenta y tres veces.

«Sí. Pero esta vez sin estadísticas».

Llevamos seis meses juntos.

La aplicación continúa instalada. Ninguno de los dos se ha atrevido a borrarla. No porque sigamos buscando, sino porque eliminarla sería reconocer que esto va en serio, y todavía conservamos esa prudencia sentimental de quienes han aprendido que el amor puede terminar incluso después de haber aceptado todas las condiciones de uso.

El otro día el teléfono me preguntó si deseaba reactivar las notificaciones.

Le respondí que no.

Porque el problema nunca fue conseguir un match. El problema empieza cuando encuentras a alguien y debes decidir si dejas de seguir buscando.

«El viejo prejuicio metafísico de que el hombre “siempre piensa” aún no ha desaparecido; yo creo que piensa muy poco y muy rara vez». (Wilhelm Wundt nacido el 16 de agosto de 1832 escribió esta frase para expresar algo que pienso yo... y eso que nací muchísimo más tarde que él)

Tim Faririss de la banda australiana INXS cumple hoy 69 años, una edad muy interesante si a quién necesitas por la noche está dispuesta a celebrar tu aniversario haciendo honor a los números. 

La porta oberta

El missatge encara dormia al telèfon:

—Et necessito aquesta nit.

Feia deu anys.

Quan ella va obrir, duia els cabells blancs, la mateixa olor de gessamí i una bata massa cordada. Ell alçà la mà, sense atrevir-se a tocar-la.

—Arribes tard.

—Ho sé.

Ella li posà dos dits als llavis. Després deixà la porta oberta i tornà cap a dins.

Ell no sabia si l’havia perdonat.

Però la casa començava a descordar-se el silenci.


No hay comentarios:

Publicar un comentario