sábado, 15 de agosto de 2026

 

LA VIDA COMPLETADA


La notificación apareció a las nueve y diecisiete de la mañana, justo después de que Marta firmara la compra de la empresa que llevaba diez años intentando adquirir.

ENHORABUENA, MARTA. HA COMPLETADO USTED SU VIDA.

Debajo, una barra verde ocupaba toda la pantalla.

Objetivos cumplidos: 47 de 47.
Progreso vital: 100 %.
Tiempo estimado restante: 30 años y 4 meses.

Marta pensó que era una broma del departamento de informática. Miró alrededor. Nadie parecía observarla. Al otro lado del cristal, los miembros del consejo descorchaban una botella de champán y ensayaban las sonrisas con las que aparecerían en la fotografía oficial.

Había instalado la aplicación a los veintitrés años, cuando todavía se llamaba Mi Futuro. Después cambió de nombre varias veces: LifePlan, Destino, Ítaca y, finalmente, Tú decides. La empresa propietaria había sido comprada por otra, después por un fondo de inversión y más tarde por una compañía aseguradora, pero sus propósitos sobrevivieron a todas las fusiones.

Licenciarse con buenas notas.

Conseguir un trabajo estable.

No depender económicamente de nadie.

Comprar una vivienda antes de los treinta y cinco.

Tener una hija.

Aprender a tocar el piano.

Visitar los cinco continentes.

Dejar de fumar.

Perdonar a su padre.

Separarse de Andrés antes de que el cariño se convirtiera en rencor.

Presidir una gran compañía antes de los cincuenta y cinco.

Los había cumplido todos.

Algunos, como dejar de fumar, le costaron tres intentos. Otros resultaron más fáciles de lo previsto. Perdonó a su padre después de muerto, circunstancia que simplificó bastante la conversación. En cuanto al piano, la aplicación consideró alcanzado el objetivo cuando interpretó Para Elisa sin equivocarse más de cinco veces.

El último era aquel que acababa de tachar: presidir la compañía.

—Lo has conseguido —le dijo su secretaria, entrando con una copa de champán—. Ya no te queda nada.

Marta miró el teléfono.

—Eso parece.

Durante la celebración recibió cuarenta y siete felicitaciones, tres abrazos sinceros y diecinueve abrazos corporativos. Pronunció unas palabras sobre el esfuerzo, la constancia y el trabajo en equipo. Los empleados aplaudieron. Los consejeros sonrieron. El fotógrafo le pidió que levantara un poco más la copa.

Aquella noche, al llegar a casa, la aplicación volvió a felicitarla.

No tiene objetivos pendientes.

Marta dejó el bolso sobre la mesa y abrió la nevera. Había media botella de champán, dos yogures caducados y un recipiente con quinoa. Pensó en brindar consigo misma, pero la idea le pareció excesivamente triste. Calentó la quinoa.

Después intentó añadir un nuevo objetivo.

Ser feliz.

La aplicación tardó unos segundos en responder.

Objetivo no cuantificable. Especifique indicadores verificables.

Probó de nuevo.

Enamorarme.

Indique fecha límite, duración estimada de la relación y grado de compromiso deseado.

Lo borró.

A la mañana siguiente llamó al servicio de asistencia.

—Es normal experimentar una sensación de vacío después de completar la vida —le explicó una voz extraordinariamente amable—. Disponemos de varios paquetes de ampliación.

—¿Ampliación de qué?

—De vida.

Le ofrecieron tres modalidades: Reinvención, Bienestar y Legado. La primera incluía aprender un idioma, cambiar de profesión y trasladarse a otro país. La segunda proponía meditar, eliminar el azúcar y alcanzar diez mil pasos diarios. Legado, la más cara, permitía escribir unas memorias, crear una fundación y plantar un árbol con una placa conmemorativa.

—¿Qué elige? —preguntó la voz.

Marta contrató Legado. Treinta años sin tareas le parecieron demasiados.

En menos de dieciocho meses escribió un libro que redactó un periodista, creó una fundación administrada por un sobrino y plantó un olivo en los jardines de la empresa. Durante la ceremonia, un concejal pronunció mal su apellido y el árbol se inclinó hacia un lado por culpa del viento.

La aplicación volvió a mostrar la barra verde.

Progreso vital: 100 %.

Marta empezó a sospechar que había confundido vivir con cumplir los requisitos de una subvención.

Abrió el armario donde guardaba las fotografías de sus viajes. En una aparecía delante del Taj Mahal; en otra, sobrevolando el Gran Cañón; en una tercera, abrazada a una tortuga en las Galápagos. Recordaba haber estado en todos aquellos lugares, pero no recordaba haberlos mirado. Durante los viajes había dedicado buena parte del tiempo a comprobar itinerarios, subir imágenes y registrar experiencias.

La tortuga, en cambio, parecía haber aprovechado bien la mañana.

Un domingo llamó a su hija.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó ella.

—No.

—Entonces, ¿por qué me llamas?

Marta iba a responder que una madre podía telefonear a su hija sin motivo, pero revisó mentalmente sus últimas conversaciones. Siempre había llamado para felicitarla, recordarle algo, organizar una comida o preguntarle por el trabajo.

—No quiero nada —dijo—. Solo hablar contigo.

Al otro lado se hizo un silencio desconfiado.

Hablaron durante casi dos horas. De cosas inútiles. De una vecina que paseaba un perro con abrigo, de la alergia de la niña, de una receta que nunca les salía igual que a la abuela. Su hija le contó que había pensado cambiar las cortinas del salón y Marta la escuchó como si estuvieran decidiendo el destino del mundo.

Al terminar, el teléfono vibró.

Actividad social detectada.
Duración: 117 minutos.
Calidad estimada del vínculo: 82 %.
¿Desea fijar una frecuencia semanal?

Marta desactivó la aplicación.

A la mañana siguiente volvió a activarla. Le inquietaba no saber qué debía hacer. La pantalla mostró de inmediato una advertencia:

Lleva 14 horas sin avanzar.

Ese mismo día salió del despacho antes de las cinco. No tenía cita médica, reunión ni compromiso. Su secretaria la miró con preocupación.

—¿Adónde vas?

Marta estuvo a punto de inventar una excusa.

—No lo sé.

Caminó sin rumbo hasta una cafetería en la que nunca había estado. Se sentó junto a la ventana. El camarero le entregó la carta.

—¿Qué desea?

La pregunta la incomodó. Durante años había sabido qué convenía, qué tocaba, qué faltaba y qué debía conseguir después. Pero nadie le había preguntado qué deseaba sin ofrecerle, al mismo tiempo, una casilla donde anotarlo.

Dejó el teléfono boca abajo.

—Todavía no lo sé.

El camarero se alejó sin exigirle una fecha límite.

Marta miró a la gente pasar, el reflejo del sol en los cristales y una servilleta que alguien había dejado arrugada sobre la mesa. El teléfono vibró varias veces. La aplicación quería saber si se encontraba bien, si necesitaba ayuda o si deseaba contratar un nuevo plan.

No lo tocó.

Todavía le quedaban treinta años y cuatro meses.

Por primera vez, no tuvo prisa en aprovecharlos.

«No hay soledad comparable a la que pesa sobre el corazón en medio de rostros interminables, sin una voz ni una palabra dirigida a nosotros.» (Thomas de Quincey como buen escritor romántico, lo hizo sobre la soledad. Con la frase exageró: seguro que la administración de hacienda británica se dirigió a él alguna vez. Nació el 15 agosto de 1785)

Y aunque la canción del vídeo es de la banda Opus, Live is Life la interpretó de maravilla Diego Armando Maradona.


El ball que faltava

Cada agost, en Miquel treia la Teresa a ballar quan sonava aquella cançó. No sabia anglès, però cridava el na-na-na com si n’hagués escrit la lletra.

Aquell any, ella arribà sola a la festa major. En sentir els primers acords, deixà la bossa damunt d’una cadira i estengué els braços davant del buit.

—Vinga, que comença.

Els joves van riure. Després, sense saber per què, tota la plaça cantà amb ella.

En acabar, la Teresa recollí la bossa.

—Ja ho veus, Miquel. Encara no saben que ballaven amb tu.




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